Los recientes sucesos, la debilidad de la monarquía, los peligros militares que amagaban muy seriamente a la España cristiana, persuadirían a Alfonso III de la necesidad de fundir los intereses de la corona y los de Navarra, la región más lejana, mediante una alianza matrimonial, como dice expresamente la Crónica de Silos. Balparda. Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros. Madrid. 1924. Libro II, p. 328; Cotarelo, Alfonso III el Magno, p. 145; Abad de Silos t. I, pp. 127, 128.
La boda del joven Alfonso con Jimena parece haber constituido, aun en días de importantes acontecimientos, un acontecimiento feliz, del que todos, en la corte asturiana como en los condados navarros, se prometían óptimos frutos. Jimena era parienta de Sancho Garcés, pronto rey de Navarra: descendía de Iñigo Jiménez o de Vela Jiménez. Casándose con Jimena, Alfonso creaba, por tanto, un lazo consanguíneo entre la corte de Oviedo y la indispensable oligarquía familiar dominante en todo el Norte castellano vascón. Pero ese matrimonio no aplacó los deseos de independencia que sentían los condes navarros. Probablemente debía de ser ya imposible evitar que surgiera en esta región un nuevo reino. Pero uno de los efectos inmediatos del enlace entre el rey Alfonso y Jimena parece haber sido el acercamiento de los Beni Cassi al monarca asturiano.
Desde la derrota de Albelda, los Beni Cassi no habían dejado pasar ocasión de mostrar hostilidad hacia el rey de Oviedo, manteniéndose siempre, por lo demás, amigos de los condes navarros. Muza b. Muza había muerto en 862, la reconciliación de sus hijos, Ismael y Fortunio, con Alfonso III fue tan cabal, que el rey asturiano les entregó a su hijo Ordoño para que se lo educasen, un episodio que hace mucha luz sobre el alto grado de intimidad moral que a veces alcanzaban las relaciones entre cristianos y árabes. La amistad con el rey de Oviedo y la antigua asociación con los Arista y los Jiménez permitió a los Beni Cassi acometer empresas militares de gran aliento contra Muhammad I. Ismael lbn Muza dio un golpe audaz apoderándose de Zaragoza en 872, suceso que, naturalmente, alarmó al temible emir y le obligó a movilizar tropa numerosa, con la que trató de recuperar la capital del Ebro al año siguiente. Zaragoza, sin embargo, continuó en poder de Muza.
En 876 y 883 volvió Muhammad a intentar la reconquista de la ciudad, poniéndole sitio, que tuvo que levantar. En vista de la tenaz resistencia de Ismael lbn Muza en Zaragoza, el ejército el emir trató de quebrar el poder de los Beni Cassi en Tudela. Pero Fortún también rechazó a Muhammad. Las buenas relaciones con los Beni Cassi y la guerra que estos sostenían con Muhammad resguardaron por algún tiempo a los territorios cristianos de correrías y agresiones. La situación cambió cuando Muhammad Ibn Lope, hijo de Lope Ibn Muza de Toledo, señor de Viguera, se declaró por los moros -cuentan que por envidia de sus tíos Ismael y Fortún- contra Alfonso el Magno y contra su propia familia. Esta infidencia tuvo por primer efecto que Al Mundir I, hijo de Muhammad penetrara al frente de las fuerzas musulmanas en las zonas de fortificaciones de Álava y Castilla, episodio a que hemos de referirnos nuevamente después.
La deslealtad de Muhammad Ibn Muza había tenido, asimismo, consecuencias trascendentales para la familia de los Beni Cassi. En las campañas de fines de 882 y principios de 883, el joven Muhammad hizo prisioneros a sus tíos Fortún e Ismael y se adueñó de los castillos de Valtierra y San Esteban de Degio. En realidad, vino a heredar todos los dominios de su poderosa familia, y aunque sus relaciones con la corte asturiana fueron al principio tirantes, más tarde reanudó con Alfonso III la alianza que tuvieron con él sus tíos. Muhammad Ibn Lope fue muerto el año 898, defendiendo Zaragoza contra los Tochibíes y el emir Abdallah I. El hijo de Muhammad, Lope b. Muhammad, desató los lazos que últimamente habían unido a los Beni Cassi con los reyes cristianos y fue en toda su política hechura del emir.
En los días de Abderramán III, la cuenca del Ebro experimenta las mudanzas que sacudieron a toda España, y se afianzan allí los intereses puramente árabes. La hegemonía en la región pertenecería en lo sucesivo a los Tochibíes de Daroca y Calatayud. De las campañas de Muhammad Ibn Lope, los territorios cristianos de Navarra habían salido menguados; y Alfonso el Magno no se conformaba con las pérdidas sufridas por la monarquía cristiana en este sector. En consecuencia, comenzó en 903 la guerra para recuperar las tierras de la Navarra occidental. El rey asturiano pudo reconquistar San Esteban de Degio, sin duda en colaboración con quien enseguida sería rey de Navarra, Sancho Garcés, ya eminente como caudillo, a un tiempo, del interés vascón y de la causa cristiana. Esta cooperación entre el rey de Oviedo y el caudillo navarro no se interrumpiría al convertirse Sancho Garcés en rey, según veremos.
Alfonso no pudo quizás, oponerse a la creación del reino de Navarra. Antes bien, todo indica que Sancho Garcés llegó a ser rey con su asentimiento, conforme dijimos en lugar anterior. Acaso participase Alfonso del sentimiento de que era necesario un nuevo reino, es decir, un gobierno fuerte y centralizado en la frontera oriental de la monarquía, donde no había autoridad ni concierto. Además, su enlace con Jimena, que le emparentaba con la familia de donde saldría el rey navarro, disminuiría en su ánimo el efecto de la desmembración.
Sancho Garcés parece haber sido proclamado rey el año 905 sin dificultad ni oposición. Ante todo, la nueva monarquía se justificaba en la fuerza y preeminencia militar del candidato al trono. El monje de Abelda señala las hazañas de Sancho Garcés. Campeón contra las gentes ismaelitas, llevó muchas veces el estrago a las tierras de los sarracenos. Se apoderó por la parte de Cantabria de todos los castillos, desde la ciudad de Nájera hasta Tudela. Poseyó toda la tierra de Degio, con sus fortalezas, sometió a su autoridad la ciudad de Pamplona y asimismo tomó todo el territorio de Aragón
El nuevo rey es proclamado por los suyos según la costumbre germánica: levantándolo sobre un pesado escudo de hierro, justamente como los godos, después de derrotados por el emperador bizantino Teodosio, hicieron rey a Alarico, en Moesia, el año 382.
En ambos casos, un caudillo militar pasa a ser rey en virtud de exigencias de la guerra. Razones militares aconsejaron los godos sustituir a sus duques por un soberano; y Sancho Garcés debería esencialmente su exaltación al trono de Navarra a causas análogas. Herry Pirenne, Muhammad and Charlemagne. Londres, 1939, p. 24.
Factor subsidiario, aunque positivo, en el cambio que comentamos sería también el parentesco de Sancho Garcés, el conde Raimundo de Pallars y Ribagorza, con cuyos dominios vino a limitar el reino de Navarra. Por último, mencionemos que la reina Jimena animaba en la corte de Alfonso la tendencia desmembradora favor de sus hijos y parientes, y de esta influencia desintegradora no ofrece duda que se lucró Sancho Garcés, como se lucraron, aunque con menos gloria, los hijos que ella tuvo con el rey Magno.
Fue destino de este Alfonso comenzar a reinar con los principales condes cristianos sublevados y acabar destronado en la villa de Boides, el año 909, víctima de su mujer y de sus hijos. Sancho Garcés inicia su reinado con dos rasgos bien marcados: estrecha amistad con su pariente el rey de Oviedo y franca hostilidad hacia los Arista de Pamplona y los sarracenos vecinos suyos, los Beni Cassi de Tudela y los Al Tawil de Huesca. El conflicto con Lub, o Lope b. Muhammad, ensangrentó en 907 las tierras Navarras; y en esta invasión de los dominios de Sancho Garcés halló la muerte el último Beni Cassi con interés para esta historia.
La alianza de Pamplona con Oviedo y León fue más firme que nunca. La inteligencia era tanto más necesaria cuanto que la crisis de las instituciones cristianas coincidía con la ascensión al emirato cordobés del insigne Abderramán III. Si habían de sobrevivir, los cristianos no podían disipar energías en la desunión, como se vio en Valdejunquera. En 921 Abderramán invadió Navarra, y derrotó a las armas cristianas en ese lugar, entre Estella y Pamplona. Pero los cristianos se rehicieron pronto del descalabro. Sancho Garcés castigó duramente al enemigo en una serie de campañas. Y en estas operaciones tuvo el apoyo de Ordoño II, quien al tiempo que Sancho Garcés tomaba Viguera, conquistaba la importantísima posición de Nájera después de un enérgico asedio. Diríase que el rey leonés reconocía es la aparición del nuevo reino navarro la delimitación de una esfera de influencia, pues en seguida entregaba Nájera al rey de Pamplona. Cerró la amistad el casamiento de una hija de Sancho Garcés con Ordoño.
La conquista de Nájera permitió al rey navarro asentar la corte en esta plaza fronteriza, y con ello cesaron las formidables acometidas con que el Islam castigó hasta entonces por este flanco a Álava y Castilla. El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. 1, p. 128.
Como dice el Albeldense, Sancho Garcés no solo se hace independiente del rey asturiano, sino que se anexa las comarcas de Pamplona y Aragón, y con todas esas tierras forma su reino, aspirando de añadidura a conquistar la región del Ebro que perteneció a la Tarraconense romana. La nueva monarquía Navarra se extendía pues, por los territorios vascones de España, o sea la Navarra moderna y la Rioja Baja, más buena parte del Alto Aragón hasta el río Esera. Por Occidente, la frontera con el reino neogodo de León era aproximadamente la misma que en la actualidad separa a las provincias de Álava y Guipúzcoa de la de Navarra.
Ramos-Oliveira, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. I págs. 311-327.