
Carlos II el Malo, rey de Navarra (1332-1387; 1349-1387). Hijo de Felipe III el Noble y de doña Juana II, ha sido caracterizado como un hombre de «genio aventurero, inquieto, ardiente, impetuoso, iracundo, vengativo y voltario... muy semejante al de sus coetáneos Pedro [IV] el Ceremonioso y Pedro [I] el Cruel» (Campión). Sucedió a su madre cuando solo tenía diecisiete años, y juró los fueros de Navarra el 27 de junio de 1350. Su reinado presenta dos facetas, que muchas veces se entremezclan: la política navarra con respecto a Francia, y su posición ante los problemas hispanos.
Carlos II casó (1352) con Juana, hija de Juan II de Francia, y solicitó de su suegro la concesión de los condados de Champagne y Brie y ducado de Angulema, que habían sido cedidos por Juana II de Navarra al rey de Francia Felipe IV de Valois. Las pretensiones del navarro eran difíciles de atender, pues Juan II había entregado aquellos territorios a Carlos de España, nieto de Fernando de la Cerda y condestable de Francia; como solución, los partidarios de Carlos II asesinaron a don Carlos de España en el castillo de l'Aygle (1353), siendo procesado el navarro, que más tarde consiguió el perdón por medio de su tía doña Juana, reina viuda de Carlos I el Calvo, y de su hermana doña Blanca, reina viuda de Felipe IV de Valois.
Ante su fracaso en la corte francesa, Carlos II se relacionó con los ingleses (1354), y Juan II atacó las posesiones navarras de Normandía en represalia. El monarca francés sorprendió al navarro en Rouen, cuando asistía a un banquete dado por el delfín, y lo apresó (1355). Felipe, hermano de Carlos II, con la ayuda inglesa, devasta las tierras de Normandía, mientras el príncipe de Gales atacaba por el sur de Francia hasta llegar a encontrarse con el ejército enemigo en la batalla de Poitiers (19-IX-1356), donde fue derrotado y preso Juan II. El delfín, encargado del gobierno del reino durante el cautiverio de su padre, aseguró la prisión de Carlos II, que recobró la libertad mediante una hábil estratagema de algunos caballeros navarros y normandos (noviembre 1357). Carlos II se reconcilió con el delfín, ayudándole en la represión de la «Jacquerie» (1358).
Pero la amistad del delfín y Carlos II se rompió pronto, pues el navarro se puso en relación con los sublevados de París, que lo aclamaron como gobernador (1358); expulsado de la ciudad, se dedicó a saquear sus alrededores, hasta que, por la paz de Bretigny, firmada entre los reyes de Inglaterra y Francia (8-V-1360), recuperó sus posesiones de Normandía; poco después (octubre 1360), prestaba vasallaje a Juan II por el condado de Evreux y determinadas plazas.
La muerte de Felipe (1361), duque de Borgoña, enfrentó nuevamente a Juan II de Francia y Carlos II el Malo, pues ambos pretendían heredarle; aquel, como nieto de Juana, tercera hermana de Otón IV de Borgoña; este, como nieto de Margarita, primera hermana del mismo Otón IV. Pero el ducado borgoñés se incorporó a la corona francesa, porque Juan II se presentó, más que como descendiente de Otón IV, como dueño de unos territorios desgajados de su reino antiguamente. La guerra privó al navarro de sus posesiones de Normandía, devastadas por las tropas de Beltrán Duguesclín, que poco más tarde derrotaba un ejército anglo-navarro-normando en la batalla de Cocherel (16-V-1364). Esta batalla representa uno de los más duros golpes recibidos por la causa navarra en Francia, pues las posesiones normandas de Carlos II el Malo se perdieron, y el condado de Longueville, que había pertenecido a Felipe de Navarra hasta su muerte (1364), pasó a las manos de Beltrán Duguesclín. Es más, al año siguiente (1365), los reyes de Aragón y Francia firmaron un pacto para repartirse el reino de Navarra; pero, merced a la intervención de la reina doña Juana, hermana del monarca francés Carlos V el Sabio, se firmó el tratado de Vernon (1366), por el que el rey de Francia entregaba al navarro ciertas tierras de Normandía a cambio de su renuncia a los condados de Champagne y Brie y derechos sobre el ducado de Bretaña, con tal que el francés le entregase Montpellier.
Pero Montpellier no lo consiguió Carlos II hasta que, rotas las treguas entre Francia e Inglaterra, cedió sus derechos al condado de Longueville y las ciudades de Mantes y Meulan (1371). Sin embargo, las posesiones navarras de Normandía y Montpellier pasaron pronto a manos de los franceses, que en 1377 reducían aquellas, exceptuando Cherbourg, y al año siguiente entraban en Montpellier (1378). Incluso fue apresado el infante don Carlos -el futuro rey de Navarra Carlos III el Noble- juntamente con sus hermanos Pedro y María, por Carlos V el Sabio, que lo retuvo hasta que, muerto el monarca francés (1380), Juan I de Castilla consiguió (1383) de Carlos VII, nuevo rey de Francia, la libertad del infante navarro, que anteriormente (1375) había casado con doña Leonor, hermana del castellano.
La política de Carlos II el Malo con respecto a los reinos ibéricos estuvo íntimamente relacionada con su política francesa. Se alía siempre con el Estado o fracción política amiga de Inglaterra, y, por consiguiente, enemiga de Francia. Cuando todavía no habían comenzado sus diferencias con el monarca francés, confirmó en Burgos y Montblanc las treguas y paces que Navarra había firmado con los reyes de Castilla y Aragón (1351). Aun mientras estuvo prisionero del monarca francés, su hermano Luis, que se había encargado del Gobierno del reino, evitó comprometerse en las luchas de Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, permaneciendo neutral, a pesar de que sus simpatías se inclinaban hacia el último.
Años más tarde, Carlos II el Malo medió entre estos monarcas para establecer la paz (1361), pero Pedro I de Castilla supo atraer al navarro a su bando, estableciendo ambos en Soria una liga ofensiva y defensiva, que obligó a Carlos II a declarar la guerra a Aragón (1362). El navarro, forzado por las circunstancias de intervenir en la lucha, prontamente comenzó gestiones con el aragonés en Sos para firmar la paz, lograda mediante los acuerdos de Uncastillo (1363), que estipulaban el matrimonio de doña Juana, hermana de Carlos II, con Juan [I], heredero de Pedro IV. Estas negociaciones, a las que asistió Enrique [II] de Trastámara, se ocultaron a los castellanos mediante la continuación de las luchas entre navarros y aragoneses, hasta que, por las vistas y tratado de Sos (1364), Carlos II y Pedro IV se comprometieron a no hacer la paz ni tregua con Castilla por separado. Los pactos de Sos, así como antes los de Uncastillo, fueron sancionados por Enrique [II], al que protegían navarros y aragoneses. Poco después, Enrique entraba en la Rioja, y se proclamaba en Burgos rey de Castilla, mientras Pedro I se encaminaba a Bayona.
Pero los pactos establecidos entre los reyes de Francia y Aragón Aragón (1365) para repartirse el reino de Navarra obligaron a Carlos II el Malo a relacionarse con Pedro I de Castilla y el príncipe de Gales, alejándose del aragonés y de Carlos V el Sabio. El castellano, forzado por las circunstancias, firmaba el pacto de Libourne (1366), cerca de Burdeos, por el que entregaba a Carlos II parte de la Rioja, Álava y Guipúzcoa, a cambio de una ayuda militar y el permiso para que tropas inglesas atravesasen Navarra camino de Castilla, donde combatirían a Enrique II.
Frente a este tratado con Pedro I de Castilla, Carlos II el Malo firmó poco después otro, en Santa Cruz de Campezo, con Enrique II, obligándose a no permitir el tránsito por territorio navarro de los ingleses aliados de Pedro I.
Cuando los auxiliares de Pedro I de Castilla se acercaron a las fronteras de Navarra, Carlos II ordenó que trescientas lanzas se uniesen al Príncipe Negro y facilitasen su expedición, mientras él se constituía prisionero en el castillo de Borja, con el fin de verse impedido para prestar la ayuda que le reclamaría el de Trastamara. Ambos extremos se cumplieron tal como lo había previsto Carlos II, y Pedro I derrotó a su hermanastro en la batalla de Nájera (6-IV-1367), recuperando el trono. El navarro consiguió su libertad (1367) mediante una estratagema./p>
Los pretendientes castellanos no cumplieron las promesas que habían hecho a sus respectivos aliados, y Pedro IV de Aragón, el príncipe de Gales y Carlos II de Navarra se reunieron en Tarbes para fijar su política respecto a Castilla, asistiendo a las reuniones embajadores de Pedro I y de Enrique II. Las reuniones de Tarbes continuaron en Olorón: el rey de Navarra exigía Guipúzcoa, Álava y Rioja; el de Aragón, el reino de Murcia, y el príncipe de Gales, el señorío de Vizcaya. Carlos II incorporó (1368?) las tierras deseadas, pero, poco después de la muerte de Pedro I de Castilla, Enrique II comenzó, al parecer, gestiones para recuperarlas. El caso es que Carlos II el Malo y Pedro IV de Aragón se confederaron en Tortosa (1370) contra Enrique II de Castilla y cualquier otro rey, a excepción de los de Francia e Inglaterra, acordando que ninguno de los dos pudiese hacer la paz sin voluntad y consentimiento del otro. El monarca navarro, que no había podido asistir personalmente a las vistas, juró y confirmó el pacto de Tortosa en Cherbourg, el día 9 de abril de 1370.
Enrique II, aprovechando las ausencias del navarro, intentó conquistar las tierras de Rioja, Álava y Guipúzcoa. Pero la reina gobernadora de Navarra consiguió llevar las diferencias entre castellanos y navarros ante el I papa Gregorio XI, que se hizo cargo de las fortalezas emplazadas en tales tierras. El cardenal legado Guido, encargado por el pontífice, dictó fallo en Santo Domingo de la Calzada (1372), ordenando la restitución de aquellas tierras a Castilla y la unión matrimonial del infante Carlos [III] de Navarra con doña Leonor, hija de Enrique II, que se efectuó posteriormente (1375) en Soria.
Sin embargo, el fallo del cardenal legado no fue bien acogido en la corte de Carlos II el Malo, que en 1378 pretendió apoderarse de Logroño, sobornando al castellano. La reacción de Enrique II fue rápida, pues seguidamente envió contra Navarra al infante Juan [I], que saqueó las tierras de Larraga y Artajona, así como los alrededores de Pamplona, quemando el archivo real conservado en el castillo de Tiebas. Carlos II, que en aquellos momentos estaba luchando contra el rey de Francia, se vio obligado a pedir la paz a Enrique II, la cual se firmó en Briones (1379). Los tratados suscritos en Briones motivaron la presencia de contingentes navarros, al mando del infante Carlos [III], en las luchas sostenidas por Juan II para ocupar el trono de Portugal, y, posteriormente, para defenderse de las pretensiones a la posesión de la corona castellana, formuladas por las hijas de Pedro I de Castilla y sus maridos (1385).
Durante el reinado de Carlos II, el infante don Luis, su hermano, emprendió una expedición a tierras de Albania para recuperar los dominios de su mujer la duquesa Juana de Durazzo; los navarros se extendieron más tarde a la Grecia continental y, por último, a Morea o principado de Acaya, donde la compañía navarra logró fundar, en 1383, un dominio que se sostuvo más o menos independiente hasta 1402.
Carlos II el Malo, que había comenzado su reinado ajusticiando a unos sediciosos, terminó su gobierno castigando a unos amotinados contra los regidores y gobernantes de Pamplona. Enfermo de lepra, falleció el día 1 de enero de 1387, siendo enterrado en la catedral de Pamplona.
Casó (1353) con doña Juana, hija de Juan II, rey de Francia. De este matrimonio nacieron: Carlos III el Noble (1361); Felipe, que murió niño; Pedro, conde de Montaing, en Normandía, que casó con Catalina de Aleson, hija de Pedro, conde de Aleson; María, casada con Alonso de Aragón, conde de Denia, primo de Pedro IV de Aragón; Juana, casada primeramente con Juan, duque de Bretaña, y luego con Enrique IV, rey de Inglaterra; Blanca, muerta en Olite a los catorce años, y Bona. Fue hijo ilegítimo de Carlos II, don Leonel de Navarra, nacido de Catalina de Lizaso.