Período de gobierno: Desde la proclamación de Abderramán I hasta la instauración del Califato por Abderramán III
A mediados del siglo VIII se produjo una gran conmoción en el mundo musulmán. Los príncipes omeyas, orgullosos y sensuales, la familia en la que hasta entonces había recaído la dirección del Islam, y por lo tanto el cargo de califa, llegaron a despertar odios violentísimos entre las sectas más exaltadas, que deseaban devolver al Islam su primitiva pureza religiosa. Se esperaba un profeta y este fue Abu Abbas Abdala, biznieto de un primo hermano del profeta y del mártir Ali, que fue proclamado califa en la mezquita mayor de Cufa el 28 de noviembre de 749, trasladó la sede califal a Bagdad. Abu Abbas Abdala, el Sanguinario, encontró la ocasión de saciar una sed de venganza acumulada durante muchos años y varias generaciones.
El califa Abdala, aún antes de la caída del último califa omeya, Marwan II, procedió al exterminio implacable de todos los que llevaran su sangre, sin perdonar a niños y acudiendo a todo tipo de traiciones para conseguir que no quedase vivo ni un solo príncipe de la raza maldita. De este exterminio concienzudo se salvó un príncipe de veinte años, Abderramán, hijo de Muawiya y nieto del califa Hisam.
Abderramán, después de una peregrinación por África llena de riesgos que duró varios años, se refugió en tierras hispanas, siempre acompañado por su leal Badr, uno de estos fieles servidores de las grandes dinastías orientales. En África había encargado a Badr que viniese a España (pasó el estrecho en 754), a entrevistarse con los clientes de los omeyas, allanar con hábiles alianzas el camino y entregarles una carta, en la que el fugitivo príncipe les indicaba sus pretensiones al emirato.
Los clientes se aprestan a realizarlas, y para ello procuran primeramente entenderse con Sumayl, a cuyo fin van a Zaragoza con los qaysíes. Sumayl aceptó en principio, pero se retracta después, ofreciendo sólo una posición honrosa. Ante ello los omeyas se entienden con los yemenitas, y aprovechando la ocasión de encontrarse Yusuf y Sumayl en el norte, envían a buscar a Abderramán, quién desembarcó en Almuñecar el 13 de septiembre de 755, instalándose en Torrox.
El emir de Al Ándalus Yusuf y Sumayl harto ocupados en someter a los rebeldes de Zaragoza y en contener un alzamiento de los incansables vascones y viendo la ascendencia del omeya entre su tropa, intentó en vano negociar con el fugitivo. Abderramán consiguió el apoyo de yemeníes y berberiscos, derrotando al emir en la batalla de Alameda o de Mossara , delante de Córdoba, en mayo de 756, muriendo los qaysíes principales, y aunque le opusieron todavía alguna resistencia, aquel mismo año fue reconocido por Yusuf, siguiendo los consejos de Sumayl. El emirato independiente estaba fundado.
Independencia política: Aunque Abderramán I no se proclamó califa, estableció un emirato independiente que no reconocía la autoridad de los abasíes. Esto marcó el inicio de una etapa de autonomía política en Al-Ándalus. Abderramán I logró pacificar el territorio, sofocando rebeliones internas y consolidando su autoridad sobre los distintos grupos étnicos y tribales (árabes, bereberes y muladíes).
El Emirato de Córdoba mantuvo la herencia cultural y administrativa de los omeyas, sentando las bases para el posterior Califato de Córdoba, establecido por Abderramán III en 929. El Emirato de Córdoba fue un período crucial en la historia de Al-Ándalus, marcando el inicio de una etapa de esplendor cultural, político y económico bajo el dominio omeya.
| Reino | Periodo | Predecesor | Sucesor |
|---|---|---|---|
| Córdoba | 756-788 | Yusuf | Hisham I |
Abderramán I el Inmigrado, (731- 788) [Dayr Hanina (Damasco)-Córdoba]. Su padre fue Mu'awiya, uno de los hijos del califa omeya de Oriente, Hisham ibn 'Abd Al Malik, y su madre, una cautiva beréber llamada Rah y originaria de la tribu magribí de los Nafza. En 750, cuando apenas contaba veinte años de edad, Abderramán se libró de la matanza de Abu Futrus (Palestina), de la que fueron víctimas todos los familiares suyos que se acogieron a la falsa amnistía proclamada por Abu-l-Abbas, el primer califa abbasí.
Y un año después, a mediados de agosto de 755, y gracias a los buenos oficios que su fiel liberto desempeñó en la Península durante este lapso, Abderramán pudo pisar por vez primera tierra española en el puerto de Almuñécar, donde le trajeron y desembarcaron un grupo de adeptos salidos en su busca. Desde este puerto, y haciendo escala en Loja, se dirigió a la fortaleza de Torrox, donde le rindieron pleitesía los chundíes de Damasco, y permaneció unos seis meses dedicado a reclutar tropas y a ganar para su causa a todos aquellos personajes del momento que podían serle de utilidad en el futuro.
Allí le llegaron emisarios de Yusuf Al Fihrí -emir, a la sazón, de Al Ándalus- con una propuesta de paz tan tentadora como capciosa y en la que Abd al Rahmán solo vio la señal para romper abiertamente las hostilidades contra el emirato. Y, a tal efecto, pasó a Archidona, donde le reconocieron por soberano los del distrito de Palestina, y luego, a Sevilla, donde, en 12 de marzo de 756, recibió el juramento de fidelidad de los del chund de Emesa y se le unieron los contingentes yemeníes de la región.
Entonces vivió Al Ándalus un período de calma que fue bien aprovechado por Abderramán para reorganizar convenientemente su ejército, instituir registros fiscales, perfeccionar la división territorial de la Península y practicar una política conciliadora con sus enemigos de dentro y fuera de España, consultando con frecuencia a Yusuf y al sagaz Al Sumayl en los asuntos del gobierno, repartiendo con cierta equidad los cargos estatales entre los adeptos más significados de cada clan y tolerando que el nombre del califa abbasí Abu Cha'far Al Mansur se siguiera invocando cada viernes en las mezquitas del reino.
Efectivamente, en 758-59, y por efecto de una expropiación injusta, Yusuf Al Fihri se sintió ultrajado, y rompiendo el pacto de la obediencia, huyó a Mérida y allí consiguió reclutar un ejército de veinte mil hombres, entre beréberes y gentes comunes, con el que avanzó luego hacia Córdoba; mas le salieron al paso los gobernadores de Sevilla y Morón y le derrotaron, obligándole a escapar hacia tierras de Toledo, donde unos meses después, en noviembre de 759, fue asesinado por sus propios partidarios.
Sus biógrafos lo describen como un hombre alto, delgado, rubio, casi imberbe y tuerto, añadiendo que poseía gran cultura y elocuencia; que era muy enérgico en sus decisiones, muy activo para sus negocios y poco partidario de confiar la resolución de los problemas estatales a otro juicio que no fuese el propio, que amaba la caza y detestaba los placeres y los festines, y, finalmente, que tenía especial predilección por la poesía, habiendo salido de su pluma bellos y sentidos versos de irreprochable factura oriental, evocadores de su Siria idolatrada y remota.
En los primeros años de su reinado embelleció la sierra de Córdoba con una finca de recreo que denominó Al Rusafa en recuerdo al lugar donde había sido criado: La Rusafa de su abuelo Hisham, en Damasco. Más tarde, en 784-85, reedificó por completo el viejo Alcázar de los emires, cuya fábrica no le merecía ninguna garantía de fortaleza. Y, por último, en 787-88, inició la construcción de la primera Gran Aljama de la capital sobre el solar de la iglesia visigótica de San Vicente.
Abderramán murió en Córdoba el día 30 de septiembre de 788, a la edad de cincuenta y siete años, y fue enterrado en la Rawda del Alcázar. Su reinado duró treinta y dos años, y le sucedió en el trono su hijo Abu-l-Halid Hisham, al que se designa con el nombre de Hisham I.
| Reino | Periodo | Predecesor | Sucesor |
|---|---|---|---|
| Córdoba | 788-796 | Abderramán I | Al Hakam I |

Hisham I al Rida (757-796) [Córdoba-ibídem]. Segundo monarca omeya de la España musulmana, hijo de Abd Al Rahman I y de una esclava apellidada Halal. Ocupó el trono a la muerte de su padre, el cual le había nombrado su sucesor, prefiriéndole a su primogénito Sulayman y Abdallah, que le disputaron el poder no contentos con la elección realizada por su progenitor.
Esta lucha duró cerca de un año y finalizó con la sumisión de los dos príncipes rebeldes, los cuales abandonaron la Península y se trasladaron al norte de África: Sulayman obligado por Hisham, que le entregó, a cambio, una crecida suma en concepto de herencia paterna, y Abdallah por voluntad propia, tras de haber obtenido el perdón de su hermano y soberano. A esta lucha fratricida siguieron, en 788-9, dos sublevaciones consecutivas de signo yemení: la primera acaudillada por Sa'id, un hijo del célebre Al Husayn ibn Yahya Al Ansari, el que cerró las puertas de Zaragoza a Carlomagno, y la segunda, por Matruh ibn Sulayman Al Arabi, un supuesto triunfador de Roncesvalles.
El celo religioso de Hisham indujo, entonces, a llevar periódicamente la guerra santa a los territorios cristianos del septentrión peninsular mediante sucesivas aceifas o campañas estivales que le fueron sumamente provechosas. La primera de estas aceifas tuvo lugar en el verano de 791 y la realizaron dos cuerpos de ejército: uno capitaneado por Ubayd Allah ibn Uthmán, y otro, por Yusuf ibn Bujt.
La del año siguiente, ó 792, la dirigió el general Abd Al Malik ibn Abd Al Wahid ibn Mugit, el cual atacó Álava por segunda vez y con bastante éxito. A este mismo general se le encomendó el mando de la aceifa de 793; pero Abd Al Malik se dirigió, esta vez, contra el reino franco de Aquitania: atacó las plazas de Gerona y Narbona, las cuales fueron gravemente dañadas en sus defensas.
En este mismo año, los bereberes que poblaban la región de Takoronna (Serranía de Ronda) se sublevaron contra Hisham; pero fueron tan duramente castigados, que aquellas tierras tardaron más de siete años en repoblarse. En la aceifa de 795, Abd Al Karim vengó con creces el descalabro sufrido por su hermano en la campaña de Oviedo, pues atacó y se apoderó de Astorga y estuvo a punto de hacer prisionero a Alfonso II en los montes de Asturias.
De Hisham dicen los biógrafos árabes que tenía la tez blanca sonrosada, el pelo rojizo y la vista penetrante; que era fácil de palabra, despierto de entendimiento, enérgico, juicioso, valiente, justiciero, amante del bien y de la prosperidad de su pueblo y gran entusiasta de la guerra santa.
Terminó la construcción de la primitiva Gran Aljama de Córdoba, la obra iniciada por su padre, y erigió el primer alminar de la misma, así como también una dependencia destinada a lugar de ablución para los fieles y unida al muro oriental del templo.
| Reino | Periodo | Predecesor | Sucesor |
|---|---|---|---|
| Córdoba | 796-822 | Hisham I | Abderramán II |
Hijo y sucesor de Hisham I, el nieto del primer Abderramán era un árabe de pura raza, en el cual se reencarnaban por atavismo las cualidades de sus antepasados que vivían errantes por los desiertos de Siria. Era valiente con jactancia, vengativo, cruel y poeta, su musa es la venganza, inspiradora juntamente con el amor, de los juglares primitivos de la raza.
La historia de su largo reinado es un enojoso relato de todo tipo de rebeldías. Se inició con una revuelta de origen dinástico promovida, no por el primogénito desahuciado, Al Malik, sino por los hermanos del emir difunto, sus tíos Sulayman y Abdallah, pertinaces en su intento de obtener el trono de Córdoba; el primero fue vencido y muerto, y el segundo, tras intrigar en Zaragoza e ir a Aquisgrán a pedir apoyo a Carlomagno, se retiró como gobernador de Valencia en una semiautonomía.
En la frontera del nordeste, por su alejamiento de Córdoba y por su vecindad con los cristianos, hacía fácil la formación de estados independientes. Nobles bereberes esparcidos por el valle del Ebro, familias de árabes de raza que habían recibido tierras en la comarca, se iban aficionando a obrar por su cuenta, sin contar con los funcionarios de emir.
Al año siguiente del advenimiento del nuevo emir, Toledo la siempre rebelde capital visigoda, escuchó las sugestiones de Ubayd ibn Jamir y el poeta Girbib ibn Abdallah. Entonces al-Hakam dio el encargo de controlar a la ciudad rebelde a Amrús ibn Yusuf de Huesca. La rebelión fue sofocada, el mismo Amrús liquidó a los muladíes rebeldes mediante un ardid usado con frecuencia por los príncipes árabes.
Invitó a comer en su residencia a los rebeldes y los fue ejecutando conforme llegaban, arrojando los cadáveres a una zanja; de aquí el nombre que se conoce a esta operación: el de Jornada del Foso. Este escarmiento impresionó a sus súbditos. El número de los que allí murieron fue enorme y la ciudad permaneció durante algunos años en un silencio de muerte, pero pronto se volvió a rebelar en el 811 y en el 818.
Otro episodio del reinado de al-Hakam es la rebelión del Arrabal. El apresurado crecimiento de Córdoba improvisó, en la orilla izquierda del Guadalquivir, al otro lado del puente, un amplísimo arrabal, zona preferida por funcionarios y estudiantes. El pueblo se quejaba del oneroso sistema fiscal y de la tremenda represión que había desencadenado por una conjura tramada contra él.
Mandó crucificar a setenta y dos ciudadanos principales, entre ellos a algún afamado Alfaquí. Los Alfaquíes, con argumentos de tipo social y religioso, denunciaron la prepotencia de la guardia palatina, integrada por los "mudos" (mercenarios que desconocían las lenguas habladas en Córdoba).
El día 8-V-814 estalló la sublevación. El propio emir se vio acosado en palacio, el peligro fue gravísimo y al-Hakam se preparó para la muerte con la petulancia habitual. Su sangre fría y la intervención de un hijo del "al-Balansi", su primo Obaydalah le salvó a él y a la dinastía.
En el reinado de al-Hakam, la lucha contra los cristianos reviste aspectos de suma trascendencia. En el año 798, los pamploneses, eternos rebeldes, dieron muerte al gobernador omeya Mutarrif ibn Musa ibn Qasi y eligieron jefe a un Velasco, acaso el Basiliscus que emprendió el viaje a Aquisgrán como embajador de Alfonso II el Casto ante Carlomagno.
Mayor importancia tuvo la ocupación franca de Barcelona, que venía a iniciar en la marca Hispánica la formación del gran estado catalán. El año 801 se emprende la campaña con la decisión de ocupar Barcelona. Los contingentes francos arrasan la tierra, en tanto que núcleos godos al mando de Bera ponen sitio a la ciudad.
Los últimos días del emir, encerrado en el palacio, bajo la guardia de sus fieles "mudos", fueron sombríos y tristes. Durante ellos se preocupó de que el problema de la sucesión tuviese una solución a su gusto e hizo proclamar heredero al primogénito y predilecto de sus hijos, Abderramán. Cuando murió en 822, corrió por España una sensación de alivio.
Sin embargo los historiadores árabes tratan con benevolencia a este monarca, cuyas ásperas cualidades dieron al poder público una fuerza que le permitió contener por mucho tiempo el morbo de la dispersión. En un poema no desprovisto de fuerza expresiva, que muestra su obsesión por la unidad, escribió: "Como el sastre que se sirve de la aguja para empalmar trozos de tela, yo me he servido de la espada para reunir mis provincias desunidas".
| Reino | Periodo | Predecesor | Sucesor |
|---|---|---|---|
| Córdoba | 822-852 | Al-Hakam I | Muhammad I |
Abd al-Rahman II nació en Toledo en 792, hijo del emir Al-Hakam I y una concubina llamada Halawah. Criado en la corte cordobesa, recibió educación militar y política preparándose para suceder a su padre. Ascendió al trono en mayo de 822, a los 30 años, tras la muerte natural de Al-Hakam I.
Descrito como alto, de tez clara y ojos azules, heredó los rasgos norteafricanos de la dinastía omeya. Era culto, hablaba árabe clásico con elegancia y mostraba gran interés por las artes. Sin embargo, también era conocido por su carácter severo en asuntos de gobierno.
Tuvo al menos 12 hijos legítimos con varias esposas y concubinas. Su primogénito Muhammad (futuro Muhammad I) fue designado sucesor. Su favorita, la concubina Tarub, conspiraría más tarde contra él, posiblemente involucrada en su muerte.
Aunque musulmán devoto, mantuvo la política de tolerancia religiosa tradicional en Al-Ándalus. Sin embargo, el movimiento de los Mártires de Córdoba (850-852) puso a prueba esta política, obligándole a ejecutar a cristianos que blasfemaban públicamente contra el Islam.
Fue gran mecenas de las artes y ciencias. Patrocinó personalmente al músico Ziryab, quien introdujo innovaciones culturales desde Bagdad. Bajo su reinado, Córdoba se convirtió en centro de traducción de textos griegos al árabe.
Abd al-Rahman II gobernó Al-Ándalus durante 30 años (822-852), enfrentando rebeliones clave que marcaron su reinado. Su estrategia combinó represión militar con reformas administrativas para consolidar el poder omeya.
Liderada por Mahmud ibn Abd al-Jabbar (bereber) y Sulayman ibn Martín (muladí), duró 6 años. Tras sofocarla, se construyó la Alcazaba de Mérida como símbolo de control.
Hashim al-Darrab (converso) dirigió esta revuelta. Tras su muerte en 831, Toledo cayó en 837 tras un prolongado asedio, reforzando el dominio cordobés.
Musa ibn Musa (muladí) se rebeló en el valle del Ebro aliado con Pamplona. Aunque se sometió temporalmente (844-847), mantuvo autonomía hasta su muerte.
Disputa entre clanes árabes por el control de Murcia. Resultó en la destrucción de Ello (831) y la fundación de Murcia como nueva capital administrativa.
Entre 850-852, 48 cristianos provocaron su ejecución por blasfemia. Liderados por Eulogio y Álvaro, este movimiento desafió la tolerancia islámica hasta el final del reinado.
Realizó 12 expediciones contra territorios cristianos (823-848), con resultados desiguales. Destacan el saqueo de León (846) y la victoria sobre normandos en Tablada (844).
Transformó Córdoba en centro cultural del Mediterráneo. Patrocinó al músico Ziryab, quien revolucionó música, gastronomía y moda. Estableció relaciones diplomáticas con Bizancio y el norte de África.
Reorganizó el sistema fiscal, creó nuevos cargos palatinos e implementó un servicio postal eficiente siguiendo modelos abasíes.
Construyó la Alcazaba de Mérida (835), murallas de Sevilla (845), fundó Murcia (831) y amplió la Mezquita de Córdoba (833-848). Mejoró infraestructuras como el acueducto cordobés.
En sus últimos años aumentaron las conspiraciones palaciegas. Murió repentinamente el 22 de septiembre de 852 a los 60 años, posiblemente envenenado por su concubina Tarub. Fue enterrado al día siguiente en el Alcázar de Córdoba.
Su reinado de 30 años transformó Al-Ándalus de un emirato inestable a un estado consolidado. Las estructuras administrativas y culturales que desarrolló sentarían las bases para el posterior Califato de Córdoba.
| Reino | Periodo | Predecesor | Sucesor |
|---|---|---|---|
| Córdoba | 852-886 | Abderramán II | Al Mundir |
Muhammad I nació en Córdoba en 823, siendo hijo del emir Abd al-Rahman II y una concubina eslava llamada Buhayr, quien murió poco después del parto. Creció en el ambiente refinado de la corte omeya, recibiendo educación en:
Accedió al poder tras la repentina muerte de su padre en septiembre de 852, en circunstancias sospechosas:
Muhammad I (852-886) heredó un emirato en aparente estabilidad, pero rápidamente implementó medidas drásticas para centralizar el poder. Rompió con la tradición al marginar a mujeres y eunucos del harén real de las decisiones políticas, estableciendo un gobierno más personalista y menos influenciable por facciones palaciegas.
Reorganizó el sistema fiscal basándose en censos territoriales más precisos, siendo conocido por revisar personalmente las cuentas del tesoro. Creó nuevos cargos burocráticos directamente dependientes del emir y estableció un sistema de inspección (hisba) para controlar a los gobernadores provinciales.
Mantuvo inicialmente la tolerancia religiosa tradicional, pero endureció su postura tras los incidentes con los mártires mozárabes (850-859). Implementó un sistema de rehenes para garantizar la lealtad de las comunidades cristianas y judías, especialmente en ciudades conflictivas como Toledo.
Adoptó una política dual: por un lado confirmó privilegios a clanes poderosos como los Banu Qasi (Musa ibn Musa), pero por otro promovió la creación de una nueva nobleza de servicio leal directamente a la corona. Esta ambigüedad generaría futuras rebeliones.
Continuó el programa constructivo de su padre, completando la ampliación de la Mezquita de Córdoba (añadiendo la maqsura) y reformando el Alcázar (864). Favoreció el crecimiento de ciudades estratégicas como Badajoz, convertida en bastión contra las rebeliones del oeste.
Estableció un sistema de guarniciones militares (thaghr) en zonas fronterizas y revocó autonomías regionales. Su política de "tierra quemada" contra territorios rebeldes, aunque efectiva a corto plazo, generó resentimientos que explotarían bajo sus sucesores.
Su mayor logro fue preservar la unidad omeya, pero su gobierno marcó el inicio de la crisis que llevaría a la fitna del siglo X. Las contradicciones de su política -entre represión y negociación- dejaron problemas sin resolver que Abd al-Rahman III debería enfrentar décadas después.
Muhammad I heredó de su padre el conflicto con los mozárabes que buscaban el martirio público. Inicialmente intentó medidas conciliatorias:
Estas acciones, combinadas con presión sobre la jerarquía eclesiástica mozárabe, lograron extinguir el movimiento hacia 860.
Toledo, con importante población cristiana, aprovechó la sucesión para rebelarse:
Muhammad alternó represión militar con concesiones políticas, estableciendo finalmente un gobierno directo en 875.
Frente a sectas heterodoxas:
Mantuvo la tradicional protección (dhimma) pero:
Su reinado marcó un punto de inflexión:
La ciudad más rebelde de Al-Ándalus desafió abiertamente a Muhammad I:
Los "Reyes del Valle del Ebro" crearon un estado autónomo:
El "Gallego" creó un reino independiente en Extremadura:
El más peligroso enemigo del emirato:
Estas rebeliones demostraron la debilidad creciente del emirato, obligando a Muhammad I a:
Muhammad I continuó la política de aceifas anuales contra el norte peninsular:
Lucha por el control del valle del Ebro contra los Banu Qasi:
Operaciones contra el reino astur-leonés:
Muhammad I transformó el ejército omeya:
Muhammad I falleció el 4 de agosto de 886 en Córdoba a los 63 años de edad, tras 34 años de reinado. Su muerte ocurrió en medio de:
Su reinado marcó un punto de inflexión:
Innovaciones que perdurarían:
A pesar de los conflictos:
Le sucedió su hijo Al-Mundhir (886-888) quien heredó:
Fue enterrado en la Rawda (panteón real) del Alcázar cordobés. Su figura ha sido revalorizada por historiadores modernos como:
| Reino | Periodo | Predecesor | Sucesor |
|---|---|---|---|
| Córdoba | 852-886 | Muhammad I | Abdallah I |
Al-Mundhir (844-888) [Córdoba-Bobastro]. Sexto soberano de la dinastía hispano-omeya, hijo de Muhammad I y de una esclava, probablemente cristiana, llamada Ailo.
Desde muy joven, parece que mostró especial inclinación por el arte bélico, y, cuando por exigencias del protocolo le llegó el momento de tomar el mando oficial de alguna que otra aceifa o expedición veraniega de guerra, no se avino a convertirse en una figura meramente decorativa, que airease su investidura de príncipe heredero por la liza de turno, y fue un combatiente más a la hora de la batalla. De esta suerte, no necesitó mucho tiempo para transformarse en un auténtico y aguerrido caudillo, al que las tropas reales querían y admiraban, no tanto por su condición principesca como por su valor, intrepidez y don de mando, y su padre, dándose cuenta de que tenía en Al Mundhir el mejor general de la corona, optó pronto por encomendarle de manera sistemática la dirección de toda campaña importante que las circunstancias obligaban a emprender al ejército omeya, y el príncipe tuvo ocasión de añadir a su hoja de servicios algunos nuevos hechos de armas que contribuyeron de modo notable a la solidificación de su prestigio.
Sin embargo, Al Mundhir no estaba llamado a consagrarse en definitiva como un gran guerrero, y dos veces que tuvo al alcance de la mano sendas victorias señeras que podían haber hecho cambiar radicalmente el curso de los acontecimientos, el hado se encargó de trocárselas: por un trono, la una, y por el descanso eterno, la otra.
En 886 un rebelde andaluz se adueñó de Alhama, y Umar ibn Hafsún se apresuró a hacer causa común con el mismo, yendo acto seguido a encerrarse con él en dicha fortaleza, por lo que Muhammad I no titubeó en enviar a Al Mundhir contra los insurrectos, el cual los sometió a un estrecho cerco durante dos meses y les rechazó con éxito en una salida que hicieron a la desesperada; mas, cuando la rendición de los rebeldes era inminente, Al Mundhir recibió la noticia de que su padre acababa de morir en la capital, y hubo de resignarse a levantar el sitio y a regresar con toda urgencia a Córdoba, donde fue proclamado con la máxima solemnidad nuevo soberano en 9 de agosto de 886, mientras el mayor enemigo que tenía la corona a la sazón, el gran Ibn Hafsún, se volvía sano y salvo a su querida Bobastro, rehacía tranquilamente sus efectivos, se ponía otra vez en compaña y conseguía ocupar, por último y casi sin opugnación, las importantes plazas de Priego y de Iznajar.
En un principio, la reacción que produjeron en Al Mundhir estas pérdidas con que se abría su reinado no fue todo lo intensa que era de esperar en un hombre de su temple, ya que se conformó con enviar contra el rebelde, durante el verano de 887, a algunos cuerpos de caballería, que recuperaron Iznajar y ahuyentaron a los insurrectos de la comarca hacia el sector de Lucena. Mas, cuando tuvo ocasión de comprobar los menguados éxitos alcanzados por sus generales, reaccionó de manera harto diferente, pues, comprendiendo que su ausencia de los campos de batalla se hacía sentir demasiado, se dedicó a ir personalmente a combatir al muladí y a sus prosélitos.
En la primavera de 888, se puso en campaña, tomó la plaza fuerte de Archidona, a continuación tres fortalezas de la sierra de Priego y cercó finalmente Bobastro, donde se hallaba a la sazón Ibn Hafsún, el cual se apresuró a pedirle la amnistía y le manifestó deseo de irse a vivir a Córdoba acompañado de sus familiares.
Inmediatamente Al Mundhir, dando muestras de poseer un gran caudal de bondad y nobleza, concedió a Umar el perdón que solicitaba y, por añadidura, le colmó de regalos para sus hijos y le dio entrada en el séquito regio, tras de lo cual ordenó que el ejército emprendiera el camino de regreso a Córdoba y él lo hizo continuación, en compañía de Ibn Hafsún; pero la sumisión de este era solo una farsa: hábilmente interpretada por el muladí para librarse del grave peligro que se le había venido encima en un momento, y la primer noche de jornada huyó del lado del monarca y se volvió a Bobastro, donde perseveró en la rebeldía.
Cuando el soberano descubrió la estratagema, juró por su vida que no concedería tregua alguna a Ibn Hafsún hasta tenerle en sus manos vivo o muerto, y marchó otra vez contra la plaza de Bobastro, a la que sometió a durísimo cerco. Pocos días después se sintió enfermo y mandó aviso a su hermano Abdallah para que viniese de Córdoba con toda urgencia y se encargase de la dirección del sitio.
El 29 de junio de 888, cuando ya Ibn Hafsún se encontraba en situación verdaderamente crítica, Al Mundhir falleció, víctima probablemente de los turbios manejos de su citado hermano Abdallah, que acababa de incorporarse al campamento. Y su cadáver fue trasladado unos días después a Córdoba, donde se le dio sepultura en el panteón dinástico o Rawda del Alcázar.
Al Mundhir era, según sus biógrafos, de color moreno bronceado, alto, de cabello crespo y barba poblada, y con pequeñas picaduras de viruela en su faz. Poseía todas las buenas cualidades que podía ambicionar un príncipe, y quienes conocieron su valor y arrojo están de acuerdo en que le habría bastado un año más de vida para dejar Al Ándalus totalmente pacificado. Su sucesor fue, precisamente, su hermano Abdallah.
| Reino | Periodo | Predecesor | Sucesor |
|---|---|---|---|
| Córdoba | 888-912 | Al Mundir I | Abderramán III |

Abdallah (844-912) [Córdoba- ibídem]. Séptimo monarca omeya de la España musulmana, hijo de Muhammad y de una esclava franca o española, apodada Ushar (?). Ocupó el trono a la edad de cuarenta y cuatro años, cuando murió el soberano Al Mundhir, su hermano, y durante su reinado todo Al Ándalus fue escenario de importantes insurrecciones que dejaron exhaustas las arcas del Estado omeya e hicieron que la fragmentación del poder real, ya iniciada en los días de Muhammad I, fuera en aumento y alcanzase proporciones insospechadas.
La principal causa de estas insurrecciones fue el desenlace poco feliz que, para las armas omeyas, tuvo la campaña emprendida por Al Mundhir contra Umar ibn Hafsún durante el verano del 888 con carácter de definitiva, y así habría sido, en efecto, si una grave dolencia que se apoderó de dicho monarca, cuando este tenía ya estrechamente cercado a Umar en Bobastro, no hubiera dado ocasión a Abdallah -que había llegado urgentemente de Córdoba con el fin de hacerse cargo de la dirección del sitio para precipitar la muerte del enfermo por medio de un veneno y tomar las riendas del poder; mas a Abdallah, para reemplazar con eficacia a su víctima, le hacía falta, primordialmente, un prestigio de caudillo valeroso e intrépido, semejante al que Al Mundhir se había venido ganando en los campos de batalla, y, sin tal prestigio, le fue totalmente imposible al fratricida mantener, no ya el elevado grado de moral de victoria que las tropas reales poseían a la sazón, sino ni siquiera la adhesión de estas; el ejército desertó en masa una vez que supo la muerte de su caudillo y soberano, e Ibn Hafsún, al ver que le dejaban el campo libre, cayó con sus huestes sobre el campamento abandonado, y se hizo preciso que Abdallah le notificara que deseaba vivir en paz con él en lo futuro, para que el jefe muladí le dejara llevarse a Córdoba el cadáver de Al Mundhir con la sola escolta de medio centenar escaso de eunucos y oficiales palatinos, que era lo único que restaba ya de los poderosos contingentes reales.
Este desastre, sin precedentes en los anales de los omeyas españoles, obligó a Abdallah, tan pronto como tomó oficialmente posesión del trono, a contemporizar más de lo prudente con los principales jefes muladíes del momento y, a la par que se apresuró a confirmar en sus prerrogativas de príncipes vasallos a los Banu Qasi y a los Banu Marwán dio a Ibn Hafsún el gobierno de Reyyo (Málaga), como recompensa por haberse abstenido de atacar el cortejo fúnebre de Al Mundhir.
Estas concesiones, que eran en parte hijas de la impotencia, vinieron a disipar en absoluto el miedo al exterminio que los muladíes andaluces, principalmente, habían sentido ante las continuas y certeras ofensivas de Al Mundhir, y mientras, los que vivían en el campo tomaron nuevos bríos y pasaron a la disidencia instigados en secreto por el gran Ibn Hafsún; los que habitaban en las ciudades se contentaron, por el momento, con procurarse el predominio político de las mismas.
Por fortuna para Abdallah, el elemento árabe de la península, al verse arrollado en todas partes por el muladí, se alzó en defensa de sus privilegios, y otro tanto hicieron los bereberes. Y aunque estos alzamientos no vinieron a fortalecer el poder real, sino que, por el contrario, se tradujeron en nuevas rebeldías, tuvieron la virtud cuando menos, de dividir el frente enemigo. De esta suerte, casi todo Al Ándalus quedó fuera de la soberanía de Abdallah pocos meses después de haber subido este al trono; Tudela y Tarazona eran feudo del mulad Muhammad ibn Lope, el jefe, por entonces, de los Banu Qasi; Huesca y Lérida pertenecían al también muladi Ibn Tawil; el distrito entero de Santaver estaba en manos del bereber Musa ibn Zennún, como asimismo la ciudad de Toledo; Murcia y Lorca obedecían al muladi Daysam ibn Ishaq.
Abdallah, que poseía un cierto sentido para la política, no se atemorizó, sin embargo, ante semejante panorama, y, comprendiendo que su regia persona no correría gran peligro en tanto persistiesen las querellas entre los diferentes grupos raciales que poblaban Al Ándalus, procuró por medio de intrigas que tales querellas, lejos de disminuir, fueran en aumento, mientras él se ocupaba en reorganizar los ejércitos reales y hacía que estos ganasen algo de moral, lanzándolos contra algún que otro rebelde aislado y de poca monta, sobre el que estuviese de antemano garantizado el triunfo sin exponer demasiado. Esta política del monarca fue dando paulatinamente sus frutos, y así, en 889, cuando Abdallah no había aún cumplido un año de permanencia en el trono, surgieron en Elvira y Sevilla sendos conflictos entre árabes y muladíes que derivaron bien pronto en una lucha a muerte entre ambos bandos.
En Elvira, fueron los muladíes quienes provocaron el conflicto al alzarse contra el señor árabe de la provincia, el qaysi Yahya ibn Suqala, ya citado, y asesinarle, luego de haberle arrebatado Montejícar, que era la fortaleza donde tenía establecido su cuartel de operaciones. La reacción árabe no se hizo esperar, y se entabló entonces una lucha feroz entre ambos bandos que fue casi siempre favorable al sucesor de Yahya en la jefatura de los qaysíes, Sawwar ibn Hamdún Al Muharibí, pues este reconquistó Montejícar, derrotó e hizo prisionero al gobernador omeya de la provincia, Cha'd ibn 'Abd Al Gafir Al Jalidí -que había salido contra él en apoyo de los muladíes-, y consiguió, además, constituir una fuerte liga con los árabes de Calatrava, Jaén y Revyo, con la cual suscitó los recelos de Abdallah, y el monarca, para apaciguarlo, le concedió nuevos privilegios so pretexto de que diera libertad a Cha'd y cesase en su lucha contra los muladíes de su distrito, sin perjuicio de que empleara la poderosa fuerza que había reunido en combatir a los vasallos de Ibn Hafsun más próximos a Elvira.
Esta hábil maniobra del monarca no satisfizo en modo alguno a los muladíes iliberitanos, ya que tales vasallos de Ibn Hafsun eran tan españoles como ellos, y, alzándose de nuevo, sorprendieron a Sawwar, diezmaron sus hombres y le obligaron a buscar refugio en la fortaleza de la Alhambra; pero una salida a la desesperada del jefe qaysí costó la vida a más de diez mil conversos en el curso de una memorable batalla que se llamó «de la Ciudad» (waq'at Al madina). No terminaron aquí los triunfos de Sawwar, pues se apuntó todavía una sonada victoria sobre el propio Ibn Hafsún, que había pasado a Elvira en auxilio de sus hermanos de raza y hubo de volverse a Bobastro lleno de despecho por haber sufrido una de sus primeras derrotas; mas los días del qaysi ya estaban contados, y poco después, al año justo de haber sucedido a Ibn Suqala, cayó en una emboscada que le tendió Ibn Al Marra, lugarteniente de Ibn Hafsún, y fue muerto.
El omeya Abdallah fue, en lo físico, un hombre más bien grueso y de regular estatura, que tenía la tez blanca sonrosada; los ojos, azules; la nariz, un tanto respingada, y los cabellos, rubios tirando a rojizos. Y en lo intelectual, un varón de excelente cultura y elocuente conversación, muy versado en ciencias religiosas y buen cultivador de la poesía árabe. Huyó en todo momento del lujo, del vino y de los placeres terrenos y usó de gran mesura tanto en sus vestidos como en sus modales. No fue indiferente a la opinión pública y principalmente a la de la capital, y le gustó recibir en persona las quejas de los cordobeses contra los abusos de poder de sus funcionarios y gentes de su corte, por lo que abrió con este fin, en el Alcázar de Córdoba, una puerta que fue llamada "de la Justicia", donde se sentaba una vez por semana para dar audiencia a los oprimidos.
Abdallah murió en la noche del 14 al 15 de octubre de 912, a los sesenta y ocho años de edad y veinticuatro de reinado, y se le dio sepultura en la Rawda o panteón real del Alcázar de Córdoba, igual que a sus antepasados. Le sucedió su nieto Abu-l-Mutarrif Abderramán o Abderramán III que, desde tiempo antes, ostentaba la investidura de príncipe heredero.