Al Ándalus

Califato de Córdoba (929–1031)

Máximo esplendor político y cultural de al-Ándalus, con 8 califas omeyas y 4 hamudíes durante la fitna (guerra civil). Centro del saber medieval con la biblioteca de Al-Hakam II.

Nota: Tras la abolición del califato en 1031, al-Ándalus se fragmentó en los reinos de taifas, coincidiendo con el reinado de Fernando I en León.

La civilización del califato de Córdoba en la época de Abderramán III (1885)

En 750 fue entronizado en Damasco, el primer califa de la familia Abbasí que, tras asesinar a su antecesor en el cargo Marwan II, inició una cruenta persecución contra los Omeya, de la cual solo escapó el príncipe Abderramán I. Refugiado en la Península Ibérica, en 756 este se proclamó emir y fundador de la dinastía omeya que reinó en Al Ándalus hasta 1031 y uno de sus descendientes, Abderramán III, creó en 929 el Califato de Córdoba.

Aunque los omeyas españoles habían detentado dignidades modestas, como las de emir amir o rey malik, a pesar de su plena independencia respecto a la corte de Bagdad la adopción de los títulos supremos de califa y de amir al mu´minin (príncipe de los creyentes) constituyó un acto que simbolizaba el poder alcanzado por la casa real andalusí. Sí como miembro del linaje marwaní Abderramán III se consideraba heredero legítimo de la institución califal contra los abasíes y los fatimíes, con esta decisión política hacia frente a la decadencia del califato de Bagdad, como a la expansión por el N. de África y creciente prestigio de estos últimos, cuyo caudillo Ubaid Allah había sido poco antes reconocido como califa de la Ifriqiya. Paralelamente proclamaba ante sus súbditos la definitiva consolidación de su autoridad soberana, tras acabar con la guerra civil, la conflictividad social y la multiplicidad de poderes independientes que habían caracterizado el territorio de Al Ándalus durante varias décadas.

A partir de entonces el califa de Córdoba se erigió en monarca autocrático, jefe espiritual y personal que presidía personalmente la oración solemne de los viernes, juzgaba en última instancia, acuñaba monedas en su propio nombre, decidía sobre el gasto público y, principalmente dirigía la política exterior y militar. También desde aquel momento el fausto y la ostentación se convirtieron en signos visibles de la soberanía y mediante un ceremonial cada vez más complejo, como afirma E. Levi-Provençal,.

el califa se convertirá en un personaje lejano y misterioso, que solo será entrevisto en ocasiones muy especiales, cuando se digne a mostrarse entre un deslumbrante cortejo para recibir las aclamaciones populares

Este monarca, asimismo, instituyó la tradición oriental del laqab (sobrenombre), de manera que a los nombres de su rango añadió el título honorífico de Al Nasir li-din Allah (el que combate victoriosamente por la religión de Allah), costumbre adoptada por todos sus sucesores.

En la historia de la España musulmana el llamado por los historiadores s. del Califato de Córdoba representó la etapa de apogeo, caracterizada por una estabilidad política y una prosperidad económica sin precedentes desde la conquista en 711, sostenidas gracias al éxito logrado en las diversas iniciativas militares y diplomáticas desarrolladas respecto a los reinos cristianos del N. peninsular y los emiratos africanos del MagreIbn

El largo reinado de Abderramán III al Nasir (912-961) permitió la elaboración y desarrollo de una política coherente, durante los primeros veinticinco años años destinada a recuperar todos los territorios musulmanes que se habían independizado de la autoridad del emir cordobés. El resto de su mandato lo ocupó en crear unas estructuras de gobierno que marcaron la historia del Al Ándalus hasta el inicio de la fitna y que perduró incluso en los reinos de taifas hasta la invasión de los almorávides. A su éxito en la contención del avance reconquistador de los reinos cristianos peninsulares sumó una flexible política africanista, cuyo objetivo era mantener el equilibrio entre los distintos estados independientes y substraerlos de la influencia fatimí, que tendrá importantes consecuencias al unir definitivamente el destino histórico de Al Ándalus con el MagreIbn

Su hijo, Al Hakam II al Mustansir (961-976) prosiguió las directrices por él marcadas y, con la colaboración de su general Galib, fortificó Gormaz (Soria) como baluarte contra los castellanos (968), venció a los normandos en Alcacer do Sal (966 y 971) y recuperó las plazas africanas de Tánger, Tetuán y Arcila, imponiendo la hegemonía de los reinos vasallos omeyas sobre los fatimíes. Su prestigio se manifestó en la sucesión de embajadas que fueron recibidas en Córdoba, como las catalanas, Navarras, castellanas, leonesas y gallegas, además de las enviadas por el basileus bizantino Juan Tzimisces (972) y el emperador romano-germánico Otón II (974).

La ascensión al poder de Hisam II al Mu´ayyad (976-1009) y (1010-1013) señaló el comienzo del poder efectivo de hayib Ibn Abi Amir al Mansur (Almanzor para los cristianos) y los clientes amiríes más que la continuidad de la soberanía omeya. Usurpador de casi totalidad las competencias del califa y autotitulado rey malik, sin embargo, su política tanto interior como exterior no fue sino una intensificación de la iniciada por Abderramán III desde 940.

Durante su mandato la actividad militar defensiva desarrollada respecto a los reinos de N. dio paso a continuadas iniciativas ofensivas, más de cincuenta, de considerables efectos devastadores y propagandísticos: Zamora (981), Simancas (983), Sepúlveda (984), Barcelona (985), Coimbra (987), León (988) , Clunia (994), Santiago de Compostela (997), Cervera (1000) y San Millán de la Cogolla (1002). Erigido en árbitro de la situación hispánica, en 982 sometió a Sancho II Garcés Abarca de Navarra, en 984 a Ramiro III de León -Vermudo II pidió su ayuda para recuperar el trono perdido- y en 990 al conde castellano García Fernández. Respecto a África su política fue también continuista y prefirió la consecución de vasallajes a las conquistas, emprendiendo acciones bélicas solo contra las rebeliones de Buluggin en Ceuta (980) y de Zirí Atiya en Fez (998).

A su muerte le sucedió su hijo Abd al Malik al Muzaffar (1102-1008), quien heredó los títulos acumulados por su padre y prosiguió la táctica de las aceifas anuales, aunque perdida ya la iniciativa musulmana: Coimbra y Cataluña (1003), Asturias (1005), Clunia (1007) y Castilla (1008), además de la mediación del caíd mozárabe de Córdoba en la cuestión de la regencia leonesa (1004). Su fallecimiento favoreció el acceso al poder de su hermano Abderramán Sanchuelo (1008-1009), quien se hizo nombrar oficialmente heredero del califa Hisam II, emprendió una profunda tarea de berberización socio-cultural y fracasó en la campaña iniciada en invierno contra León.

Estas decisiones precipitaron los acontecimientos, cuando los descontentos dirigidos por la madre de Abd al Malik -deseosa de vengar la muerte de su hijo- designaron califa a Muhammad II al Madhi (1009), bisnieto de Abderramán III que con la ayuda de la población cordobesa tomó el alcázar y consiguió la abdicación de Hisam II, mientras sus soldados asesinaban a Abderramán Sanchuelo cerca de la ciudad.

Los bereberes respondieron con la elección de su propio candidato, el poeta Sulayman al Mustain y, aliados con Sancho García de Castilla, entraron en Córdoba en 1009 tras derrotar a Muhammad II , quien huyó a Toledo. Este último recabó los servicios del ejército de la frontera media, al mando del general Wadih y de las mesnadas del conde de Barcelona Ramón Borrell y de su hermano Armengol de Urgel, con los cuales derrotó a sus enemigos y recuperó Córdoba en 1010.

Sin embargo, su reinado duró solo 49 días y aquel mismo año, tras la derrota de sus tropas por los bereberes, que obligaron a los catalanes a retirarse, fue asesinado por su chambelán, quien repuso a Hisam II en el trono. Este prosiguió su mandato durante los tres años siguientes, aunque el poder real fue esta vez ejercido por su hayib, el general Wadih quien, sin éxito, trató de que los bereberes abandonasen la rebelión y jurasen fidelidad al nuevo califa.

En 1013 se entregó finalmente la capital y, sin que se tengan noticias de como murió Hisam II, Sulayman fue proclamado califa por segunda vez. Entregó a sus seguidores las provincias de Elvira (los Sanhaga), Zaragoza, Jaén (los Banu Birzal y Banu Ifran), Sidonia (los Banu Dammar), Morón (los Azdaga), Ceuta (los Banu Hammud) y Tánger, las cuales se convirtieron en territorios independientes que solo de forma nominal reconocían la soberanía de Sulayman, circunscrita a la ciudad de Córdoba, en lo que constituía un antecedente de los reyes de taifas muluk Al tawa´if. Precisamente fue uno de estos beneficiarios de los favores de Sulayman, Alí Hammud de Ceuta, quien se erigió en portavoz de la disidencia y, con el apoyo de los amiríes y los hachemíes almerienses, conquistó Córdoba y ejecutó al califa en represalia por el asesinato de su antecesor Hisam II.

De esta manera se constituyó la nueva dinastía de los hammudíes, durante cuyo reinado a Alí Hammud al Nasir li. din Allah (1016-1018) sucedieron los califas Qasim Hammud (1018-1021 y 1023) y Yahya Ali Hammud (1021-1023). En aquel último año la población cordobesa, desilusionada con el gobierno hammudí, proclamó califa al omeya Abderramán V al Mustazhir, depuesto a los 46 días por Muhammad III al Muktafi, quien huyó de la urbe cuando esta fue asaltada por el ejército del hammudí Yahya Ali, que subió al trono por segunda vez (1025-1027).

Instituciones del califato

Entre las distintas instituciones del califato de Córdoba una ha interesado especialmente a los historiadores, la de hayib o ministro de Estado, cuya correspondencia con Oriente equivalía más al cargo de un único y poderoso visir que al de chambelán o mayordomo del palacio abbasí. Sin embargo, a diferencia de estos, en el de hayib andalusí recaían delegaciones de la autoridad real y constituía la magistratura más elevada del reino con la del gran caíd, en detrimento de las funciones de los visires.

Su máximo interés radica en las consecuencias que esta institución tuvo en la historia de Al Ándalus cuando Almanzor procedió a la usurpación de todos los poderes califales, con excepción de los meramente nominales y, para apoderarse de los instrumentos del Estado, manipuló al titular legítimo de la soberanía cordobesa y favoreció a la clientela amirí y a los bereberes que habían llegado masivamente para formar parte de su ejército. Este hecho socavó irreversiblemente las bases de la legitimidad califal y originó tensiones sociales en un pueblo que había alcanzado sus mayores niveles de cohesión durante el reinado de Abderramán III y poseía conciencia de su pertenencia a una comunidad específica dentro del Islam.

El último califa de la dinastía omeya fue Hisam III al Mu´tadd (1027-1031), quien no entró en Córdoba hasta 1029 y cuyos abusos provocaron su derrocamiento y encarcelamiento por parte de los notables de la ciudad que, reunidos en asamblea bajo la presidencia de Abu l-Hazm Gawhar, decidieron abolir definitivamente el califato y substituirlo por un consejo de gobierno (30-XI-1031).

De esta forma se cerró el periodo de mayor esplendor y prestigio del Islam andalusí. Durante el reinado de este último, la administración jidmat al jilafa había quedado rígidamente centralizada, con la creación de una secretaría de Estado bajo la autoridad de cuatro dignatarios con el rango de visires. Además, el soberano disponía para su servicio personal de un secretario particular katib jass, al que dictaba las decisiones o respuestas que habían de transmitirse a los altos funcionarios estatales de Córdoba o de las provincias.

Como la organización administrativa, la financiera constituía una transposición de las instituciones contemporáneas de los países musulmanes de Oriente, aunque su estructura fue haciéndose poco a poco más compleja. Bajo la dirección del tesorero mayor jazim Al mal o sahib Al majzun, la casi totalidad de sus recursos provenían del cobro de los tributos de vasallaje y de los impuestos directos e indirectos, más bien legales o extralegales, en un periodo caracterizado por el aumento sostenido de la renta, lo cual permitió al Califato cordobés convertirse, según los cronistas, en el más rico de cuantos existían en el Islam.

Para hacer frente a los crecientes gastos estatales Abderramán III emprendió una reforma de los instrumentos de pago e inició la acuñación de las primeras monedas de oro hispano-omeyas, con emisión simultánea de dinares y dirhemes de metal puro en la ceca oficial cuya dirección fue confiada al sahib Al sikka. Respecto a la reorganización territorial, la pacificación del país permitió normalizar la distribución provincial tal y como existía en los primeros tiempos de la dinastía y conseguir que recuperase su función dentro la estructura estatal, de manera que Al Ándalus quedó dividida en 21 coras (Kuwar), sin contar los territorios fronterizos, gobernadas por valíes nombrados directamente por el califa.

Las marcas, zonas de protección contra los reinos cristianos, quedaron en este periodo reducidas a dos, la marca superior o extrema al thagr Al a´la, con capital en Zaragoza, y al media o próxima al thagr Al awsat en Medinaceli (Soria).

El ejército califal se componía de escasos contingentes permanentes y de los suministrados por leva en las distintas coras, según su cifra de población, contexto geográfico, estado de pacificación y composición étnica, además de los voluntarios o refuerzos extraordinarios reclutados para la guerra santa yihad . Sin embargo, su importancia fue cada vez más secundaria frente a la preponderancia adquirida por los mercenarios norteafricanos, sobre todo durante el reinado de Al Hakam II.

Almanzor dio una amplitud definitiva al proceso de bereberización de las tropas califales al proceder a una completa reorganización del ejército, substituyendo la tradicional división tribal de los aynad sirios por unidades que agrupaban a contingentes de diversa procedencia, de forma que los magrebíes desplazaron a la aristocracia árabe en la hegemonía militar que esta había detentado desde la conquista.

Esta medida culminaba la política iniciada por Abderramán III tras la derrota de Alhandega (940), pero incluía la novedad de proceder a su financiación mediante un gravamen fiscal para todos los andalusíes, incluidos los de linaje árabe. El ejército así constituido formaba un cuerpo ofensivo de probada eficacia, pero también un instrumento de represión interna cuya fidelidad, del tipo personal o clientelar, se aseguraba mediante la concesión de toda clase de beneficios y privilegios y, sobre todo, de participación en el poder.

La política amirí tuvo graves consecuencias a medio plazo, como fue el empobrecimiento de amplios sectores de la población, cada vez más indiferentes hacia sus gobernantes y definitivamente ajenos a una clase guerrera que pronto se convertirá en el árbitro de la situación política. Por otra parte, la llegada masiva de contingentes étnicos foráneos rompió el difícil equilibrio alcanzado en las primeras décadas del Califato entre los distintos clanes árabes, secularmente enfrentados, los bereberes, casi totalmente hispanizados, los muladíes, cuyo número no cesó de crecer durante este periodo y los mozárabes tributarios, a quienes se permitió conservar su lengua, costumbres, religión y organización eclesiástica, política de tolerancia que también alcanzó a las comunidades judías, importantes en las principales ciudades.

Además como rasgos específicos del siglo X pueden señalarse el aumento de la inmigración de campesinos marroquíes respecto a la procedente de otras zonas del Magreb, el desarrollo del comercio de esclavos (negros y eslavos) y el surgimiento de una clase media urbana entre la aristocracia árabe jassa y el proletariado rural y ciudadano amma.

Paralelamente la hegemonía religiosa del malikismo, asentada desde principios del siglo IX, presentó las primeras fisuras ante la expansión de las doctrinas ascético-heréticas mu´tazil, isma´ili y shi´i, además de la elaborada por Ibn Masarra. El expurgo de la biblioteca de al Hakam II, realizado por Almanzor y los alfaquíes ortodoxos, simbolizó esta ruptura en la tolerancia socio-religiosa que había caracterizado los reinados de los dos primeros califas omeyas y marcó el inicio de la decadencia de la floreciente civilización por aquellos creada.

Vida cultural

Todos los cronistas coinciden en señalar a al Hakam II como el más culto de todos los soberanos omeyas, un musharik, es decir, una persona cuyo saber abarcaba los más variados ámbitos del conocimiento. Mandó comprar y copiar numerosos manuscritos en Oriente y reunió una de las más importantes bibliotecas de su tiempo, con cerca de cuatrocientos mil volúmenes, reseñados en catálogo. Mecenas del filólogo armenio Abu Alí al Qali, autor de la antología de los Amali, del poeta bagdalí al Muhammad y de los cronistas qairawaníes Muhammad Harith al Jushani y Muhammad Yusuf al Warraq, durante su reinado numerosos eruditos orientales se instalaron en Córdoba.

Interior de la mezquita de Córdoba

Su antecesor, Abderramán III, había destacado también como mecenas de la cultura y gracias a su iniciativa surgió la historiografía califal representada por Ahmad Muhammad Musa al Razi y su hijo Isa, cronistas oficiales de la dinastía omeya y creadores de una escuela formada por Mu´awiya Hisam Al Sahabanisi, al Hasan Muhammad Mufarrich, Ibn al Qutiyya, al Jushani, Ibn al Faradi e Ibn Idari.

La cultura científica alcanzó también un desarrollo considerable y la astronomía, siempre sospechosa para los alfaquíes, pudo desarrollarse sin obstáculos gracias a la protección de al Hakam II con su principal representante en Maslama al Mayriti, adaptador de las tablas astronómicas de al Jwarizmi. La constitución de una ciencia médica específicamente hispano-musulmana data también de aquel momento, cuando la traducción de la Materia Médica de Dioscórides, cuyo manuscrito había regalado a Abderramán III el emperador bizantino Constantino VII, propició una excepcional acumulación de saberes farmacológicos y botánicos. En esta escuela práctica se formaron los más afamados médicos andalusíes de las décadas siguientes: Abderramán Ishaq al Haitham, Muhammad al Kattan, Samayun y, especialmente, Abu l´Qasim Jalaf al Zahrawi, el célebre Abulcasis traducido al latín por Gerardo de Cremona.

Sin embargo, es el arte de aquel periodo la principal manifestación cultural legada por el califato cordobés y la mejor muestra del poder político y desarrollo económico que este llegó a alcanzar. Desde el eclecticismo y la asimilación este desarrolló recursos y formas expresivas específicas, que le distinguen del arte islámico de su tiempo y del realizado en Al Ándalus en los periodos inmediatamente anteriores y posteriores.

Si la arquitectura religiosa alcanza su máxima expresión con la ampliación de la mezquita de Córdoba ordenada por al Hakam II y la militar tiene en los castillos de Gormaz (Soria), Tarifa (Cádiz) y Baños de la Encina (Jaén) sus mejores ejemplos, el conjunto urbano de Madinat Al Zahra (Córdoba) constituye un compendio de fórmulas de representación y propaganda del Estado califal en sus distintas instancias civil, religiosa y militar.

Muchos de los elementos decorativos que aparecen en estos edificios se repiten en el arte mobiliario, representado por las arquetas y botes de marfil trabajadas en los talleres de Córdoba y Madinat Al Zahra, los objetos de bronce (ciervos de los museos arqueológicos de Madrid y Córdoba) y las telas o tapices (seda de Hisam II del Instituto Valencia de Don Juan, Madrid), además de las labores en cuero, cerámica, cristal y orfebrería.

La ciudad califal de Córdoba, con una aglomeración que alcanzó un perímetro de 22,5 Km. , una población calculada entre los cien mil y el medio millón de h. y una muralla de 4 Km. de longitud y siete puertas, se convirtió en la urbe más floreciente de Europa y en la única que podía rivalizar con Constantinopla y Bagdad.

Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, T. IV págs. 1942-1944.
Califato hammudí

Todavía en la segunda decena del siglo XI parece pujante la tendencia, que poco a poco se apagó, de que los opuestos grupos y distintas taifas debían justificarse reconociendo a un califa propio. Así hizo el eslavo Muyahid, deseando afianzar su autonomía en Denia, donde proclamó a un oscuro príncipe omeya, llegado en su niñez a Al Ándalus desde Egipto, Abdallah al Muayti; contra esta proclamación que duró poco más de un año, desde diciembre de 1014 hasta que Muyahid desterró a su califa al Magreb, reaccionaron los otros eslavos y especialmente Jayran, entonces ya señor de Almería, y que aún buscó una ilusoria restauración de Hisam II en Córdoba, posiblemente fallecido en 1013 y ahora, tres años después, por primera y no única vez, resucitado.

Tales pretensiones de Jayran y otros Eslavos se unieron con los intereses de Ali Hammud, quien, a pesar de haber sido favorecido en 1013 por el entonces califa de Córdoba Mustain con el gobierno de Ceuta, se alzó allí, cruzó el Estrecho al comenzar el año 1016 y marchó contra Córdoba, donde entró el 1 de julio, apoyado por los Eslavos afectos a Jayran y por algunos bereberes, incluso por los ziríes ya granadinos.

Mustain fue asesinado, de Hisam II -se dijo entonces- no halló Ali Hammud sino el cadáver, y se hizo proclamar califa a su vez. Con esto una nueva dinastía, la Hammudí, sustituyó a la omeya. Los hammudíes se decían descendientes de los Idrisíes, fundadores de un reino en Fez en el siglo VIII, y que procedían de Alí, yerno del profeta Mahoma, aunque ya siglos después se hallaban muy berberizados y habían entrado en la órbita de la intervención omeya en el norte de África.

Todas las regiones de Al Ándalus reconocieron en principio a Ali Hammud, que adoptó el título insigne de al Nasir, menos Muyahid de Denia, y tampoco Jayran, que volvió al Levante y en Játiva alzó el 10-IV-1018, a un bisnieto de Abderramán III, llamado también Abderramán IV, a quien se le asigna el ordinal IV, y que tomó el título de al Murtada. A su partido se unió Mundir Yahya, de Zaragoza, y una especie de coalición andalusí-eslava, con Valencia, Tortosa y Alpuente, pareció funcionar frente al predominio beréber de Córdoba y Granada. En la lucha contra los Ziríes pereció Abderramán IV, poco después, abandonado por sus partidarios, Jayran y Mundir.

Ali Hammud fue asesinado por sus propios criados en Córdoba, el 21-III o el 17-IV-1018. Le sucedió su hermano Qasim Hammud, hasta entonces gobernador de Sevilla, que procuró conciliarse a los Eslavos levantinos, y especialmente a Zuhayr, más de nada le sirvió, antes bien los bereberes se inclinaron de forma mayoritaria por reconocer en su lugar a su sobrino Yahya Ali Hammud, quien desde 1019 parece haberse instalado en Málaga, pretendiendo el califato, que logró el 12-VIII-1021, aunque solo dieciocho meses pudo mantenerse en Córdoba, adonde tornó al Qasim, también por poco tiempo, porque los cordobeses se libraron de los dos Hamudíes al finalizar octubre de 1023, y volvieron a entronizar a los omeyas en la persona de Abderramán V al Mustazir, 17-I-1024, sustituido por otro omeya, Muhammad III al Muktafi, expulsado seis meses después.

Entretanto, también Sevilla se declaró independiente, a finales de 1023, y ya no quiso tener nada que ver con los pretendientes al califato de Córdoba. Todavía en Córdoba se produjo una última y breve restauración hammudí, y Yahya al Mutali ocupó allí el califato durante 1025, antes de partir definitivamente hacia su más seguro enclave de Málaga, en II-III-1026. En Málaga y Algeciras se concentró desde entonces el poder hammudí, para ser -pese a los grandes títulos que aún conservaron- una taifa más.

Los Hamudíes fueron alejados definitivamente de Córdoba por los Eslavos, cuyos líderes, Jayran de Almería , y Muyahid de Denia, se presentaron allí aún, a intervenir en la apagada metrópolis, pero Jayran solo permaneció un mes, más o menos, hasta los últimos días de 19-VI-1026, y poco después partió también Muyahid de Denia, quedando los cordobeses desorganizados y muy asustados por si volvían los bereberes, mientras procuraban encontrar a un candidato que despertara alguna adhesión más general, para lo cual incluso despacharon embajadas a los señores de distintos territorios, decidiendo al cabo proclamar a Hisam III, ya que los bereberes habían matado a su hermano [al Murtada] y que sentía contra estos la misma [animadversión] que los cordobeses.

Este Hisam, tercer califa omeya de este nombre en Córdoba, titulado al Mutadd, se encontraba en Alpuente cuando fue proclamado, el domingo 5-VI-1027, y allí se quedó durante más de dos años y medio hasta que al cabo entró en su capital, causando desde el principio una pobre impresión, signo de la decadencia de su Casa; sus actos de gobierno manifestaron gran torpeza, y fue depuesto por sus súbditos el martes 12-XI-1031, después de que aún se alzara pretendiendo su lugar otro príncipe omeya, tataranieto de Abderramán III, llamado Umayya; pero la hora de esta dinastía había llegado a su fin, como se manifiesta en la solemne pluma del cronista Ibn Hayyan, cuyo relato emociona precisamente por la desesperada impasibilidad con que traza los últimos pasos -oficiales- de una época, en realidad clausurada ya antes por su destino fatal.

Luego todos de acuerdo destronaron a Hisam y abolieron el califato de una vez, porque no había otra alternativa, y expulsaron a los omeyas marwaníes. La ciudad entonces otorgó autoridad a los visires... Los cordobeses hicieron llegar a Hisam III al Mu´tadd y a Umayya un comunicado de que ninguno de ellos siguiera en el alcázar ni tampoco en Córdoba, pues por decisión unánime habían destronado a todos los omeyas... Los visires y la gente pasaron la noche en la Aljama, y decidieron terminar con el asunto de Hisam III, siendo llevado al castillo de Ibn al Saraf, y sin retirarle del cargo con un destronamiento oficial, ni testificar que era incapaz de desempeñar el califato, y sin que la comunidad de retirara el juramento de fidelidad que les obligaba, según lo establecido, y que Dios hizo que descuidaran, en parte por indiferencia y en parte por olvido... Se pregonó por los zocos y arrabales que no quedara en Córdoba ningún omeya y que nadie les diera cobijo... A partir de ese momento, la guerra civil fitna se hizo más amplia y más profunda. Cada uno saltó sobre el poder en su lugar, y los arráeces y señores levantiscos de Al Ándalus fueron dueños absolutos del territorio y de los castillos que tenían a su alcance, ambicionando cada uno de ellos lo de los demás.

Córdoba, que se había quedado sola, aferrada al califato como poder central, abolido este, se convirtió en una taifa más, y desde entonces no solo de hecho, sino también de derecho, más de treinta Estados autónomos convivieron en Al Ándalus, sometidos a diversas reunificaciones parciales y a nuevas fragmentaciones, más o menos localizado o esporádicos, hasta que los almorávides, desde 1090, emprendan la tarea de reconstruir el Al Ándalus un Estado unificado.

Viguera Molins, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, T. VIII-I págs. 35-37.

Abderramán III Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 962-973Abdallah IAl Hakam II

Abderramán III, al-Nasir li- din Allah, (891-961) [Córdoba ibídem]. Octavo soberano omeya de Al Ándalus y el primero de ellos que tomó el título de califa. Nació el día 7 de enero de 891, y fueron sus padres el príncipe Muhammad, el desgraciado hijo primogénito del monarca Abdallah, y una cautiva franca, o mejor vascona, apodada Muzna; a su vez, Muhammad había nacido de la princesa Iñiga, hija de Fortún el Tuerto y nieta, por tanto, del reyezuelo vascón Iñigo Arista, lo que quiere decir que por las venas de Abderramán corrió, cuando menos, tanta sangre española como asiática. El trágico fin de Muhammad, asesinado por su hermano Al Mutarrif en 28 de enero del 891, hizo que la predilección de Abdallah fuera, desde entonces, el hijo de su malogrado heredero, y el pequeño Abderramán creció y se educó al pie del solio real por voluntad expresa de su abuelo, que no tardó en designar su sucesor y hacerse acompañar de él en las fiestas cortesanas donde, a veces, le obligaba a ocupar el trono, en lugar suyo, para recibir las felicitaciones de los altos cargos del Estado. Tales personajes tenían puestas sus esperanzas en el joven príncipe, seguros de que a él iría a parar la autoridad, y así, cuando murió Abdallah, nadie se atrevió a disputar el poder a Abderramán, y este fue proclamado soberano de Al Ándalus, a los veintiún años de edad, el mismo día -15 de octubre de 912- en que se celebraron las exequias de su abuelo. Una vez en el trono, el joven monarca se propuso restaurar la autoridad y el prestigio de la dinastía omeya en todo Al Ándalus, y encauzó inmediatamente sus actividades hacia este fin.

Campañas en zonas fronterizas

Dos victorias iniciales la derrota del cabecilla beréber Al Fath ibn Musa ibn Zemún por tierras de Calatrava, a finales del 912, y la toma de Écija, a principios del 913- que se apuntaron los ejércitos reales sobre sus enemigos, fueron sendos acicates que lanzaron a Abderramán hacia la consecución de sus propósitos y, en la primavera del 913, mandó en persona la primera de las campañas encaminadas a terminar con las dos grandes endemias que corroían la España musulmana del momento: la rebelión andaluza y los principados independientes. Esta campaña, llamada de Monteleón, supuso para el omeya la rendición de los principales cabecillas muladíes de los distritos de Jaén y Elvira -Said ibn Hudhayl, Ibn Al Shaliya, Ibn Attaf, los Banu Habil, etcétera y la ocupación en estas zonas de unas setenta plazas fuertes de primera categoría y hasta trescientas fortalezas más, entre castillos, torres y alcazabas, de importancia secundaria. En diciembre del mismo año, y por efecto de desavenencias surgidas entre los últimos miembros de los Banu Hachchach, fue ocupada Sevilla por el hachib Badr en nombre de Abderramán III. Este, al siguiente año, realizó una fructífera campaña por tierras de Reyyo y Algeciras e inició sus ataques a las posesiones de Umar ibn Hafsun, al cual derrotó ante los muros del castillo de Ojén.

Sometimiento de Hafsun

Desde entonces, y aparte de otras campañas que se realizaron en 916 y dieron por fruto las sumisiones de Valencia y Tudmir en el Este y las de Niebla, Mérida y Santarém en el Oeste, las aceifas o campañas estivales se sucedieron por las expresadas tierras del mediodía peninsular, primero contra el campeón de la independencia (española, y luego, desde que Umat murió en septiembre del 917, contra sus hijos, hasta que el último de ellos, Haís ibn 'Umar, se vio forzado a rendir Bobastro, la cuna misma de la rebelión andaluza, en enero de 928. Entre tanto, habían sido sometidos ya los demás sediciosos de la región, todos los señores que se daban aires en ella de príncipes independientes e incluso el estado federativo de los marinos de Pechina, por lo que la ocupación de Bobastro no solo señalaba el término anhelado de la rebelión andaluza, sino también el restablecimiento de la soberanía omeya en toda Andalucía.

Por tales motivos, el júbilo que se apoderó de Abderramán cuando le notificaron la capitulación de Bobastro fue inmenso; pero después este júbilo se trocó en salvaje espíritu de venganza que impelió al soberano a visitar la fortaleza contra la que se habían estrellado los mejores ímpetus de sus mayores, hollar todas las dependencias de la misma y proceder, por último, a la exhumación infamante del cadáver de Ibn Hafsún para que fuese trasladado a Córdoba y expuesto al desprecio y a las maldiciones de los musulmanes.

Adopción título califal

Una vez de vuelta a la capital, Abderramán quiso subrayar ante sus súbditos la definitiva consolidación de su autoridad soberana, que ya ningún agitador podría disputarle, dentro de las fronteras del reino, sin exponerse a su implacable rigor, y, a tal efecto, al comenzar el año 929, tomó la decisión más significativa de su carrera política: ordenar que se le llamase en las cartas a él dirigidas y se le invocase en los almimbares con los títulos supremos de «califa» (jalifa) y «príncipe de los creyentes» (amir almu' minín), y que se le asignase desde entonces el laqab o sobrenombre honorífico de Al Nasir li-din Allah, «el que combate victoriosamente por la religión de Allah». En consecuencia, y conforme a estas órdenes, los predicadores de todas las aljamas de Al Ándalus comenzaron a hacer la invocación en favor del califa Abderramán Al Nasir li-dín Allah, príncipe de los creyentes, siendo el primer sermón público o jutba en que se hicieron votos por la vida y salud de Abderramán, dando a este los expresados títulos supremos, el que se pronunció desde el púlpito de la Gran Aljama de la capital el viernes 16 de enero del año de referencia. Sin embargo, al flamante califa quedaban todavía muchos días de lucha contra sus enemigos del interior para que, no ya la soberanía espiritual que acababa de adjudicarse, sino su mera soberanía terrena fuera una realidad tangible en todo Al Ándalus, aun cercenando del mismo toda la Marca superior en la que Abderramán había tenido que contentarse, desde el día de su entronización, con ejercer una especie de protectorado sobre el gobernador semi-independiente de Zaragoza, Muhammad el Tuerto, para que el tuchi-bí siguiera contrarrestando los ataques, cada vez más inofensivos ya, de los Banu Qasi de Tudela, de los Banu-l-Tawwil de Huesca y de los Banu Zenún de Santaver. Por de pronto, Al Nasir hubo de proceder personalmente, en el mismo año 929, a la sumisión de los principados de Beja y Ocsonoba, en tanto que otras fuerzas omeyas conquistaban Játiva y Sagunto; luego, en 930, obligó al último príncipe de los Banu Marwán de Badajoz a rendir esta plaza tras algunos meses de asedio, y, finalmente, dos años después -los mismos que la tuvo cercada-, hizo doblegarse a su voluntad a la ciudad de Toledo. A partir de este momento, sí puede decirse que todos los territorios de la España musulmana de aquella época, con la única excepción ya señalada de los correspondientes a la Marca superior, quedaron reintegrados a Córdoba y pagaron sus tributos con toda normalidad al Estado omeya, el cual se convirtió pronto en el más rico, probablemente, de toda Europa.

Expansión del califato

Mucha fue la actividad desplegada durante todo el reinado de Abderramán por los reyes cristianos de la Península contra Al Ándalus, y mucha, igualmente, la que el soberano cordobés desplegó contra la España cristiana de su época. Así, el 19 de agosto del año 913 Ordoño II atacó Évora, que fue tomada y entregada a la matanza, en la que perecieron el gobernador musulmán y unos setecientos hombres de la guarnición; dos días después, Ordoño abandonó la plaza y se volvió a sus tierras, llevándose cautivos cerca de cuatro mil mujeres y niños. Un año o dos más tarde, el monarca leonés atacó el castillo de Alanje, en la región de Mérida, e hizo correr a la guarnición y a la población musulmanas de la fortaleza la misma suerte que a las de Evora. Con estas audaces incursiones, Ordoño sembró el pánico entre las poblaciones del Algarve, y hubo señor musulmán, concretamente el príncipe Abdallah, de los Banu Marwán de Badajoz, que para atraerse la clemencia del rey cristiano, le envió un tributo importantísimo. La reacción del soberano omeya no se hizo esperar y, en el verano de 916, encomendó a su general Ibn Abí Abda el mando de una aceifa por tierras de León, la cual resultó particularmente provechosa para las tropas cordobesas y fue la primera que las mismas realizaron contra los territorios cristianos de la Península bajo la égida de Abderramán III. Al siguiente verano, el mismo general Ibn Abi Abda trató de apoderarse de la posición leonesa de San Esteban de Gormaz, en el valle del Duero; mas tanto él como la inmensa mayoría de sus soldados, perdieron la vida en el curso de una memorable batalla que hubieron de librar contra las huestes de Ordoño, ante las puertas mismas de dicha plaza, el día 4 de septiembre de 917.

Luego, el rey leonés ajustó una alianza con Sancho Garcés I de Navarra y, en la primavera del 918, se dirigió a tomar Talavera, sobre el Tajo, mientras el soberano de Pamplona atacaba el feudo de los Banu Qasi, sus vecinos, y asolaba los alrededores de Nájera, Tudela y Valtierra. Unos meses más tarde, en agosto de 918, el hachib Bard ibn Ahmad, infligió a Ordoño una derrota de consideración cerca de una localidad llamada Mitonia o Mudania, cuya situación se desconoce. En el verano de 919, el general Ishaq ibn Muhammad Al Qurashí desbarató los contingentes del rey leonés cuando este trataba de adentrarse nuevamente por los territorios musulmanes. Al siguiente año (920), Abderramán se decidió a salir personalmente contra Ordoño y Sancho y llevó a feliz término la célebre «campaña de Muez», que duró tres meses y cuyas fases principales fueron: el saqueo e incendio de Osma (8 de julio); la toma y desmantelamiento de San Esteban de Gormaz, al día siguiente; la ocupación de las fortalezas de Carcar y Calahorra días más tarde; el sangriento descalabro de navarros y leoneses en el valle de Junquera o célebre derrota de Valdejunquera el día 26, y, por último, la conquista al asalto del castillo de Muez, del que tomó nombre la campaña, el día 29. En 921, Ordoño II hizo una profunda incursión por territorio musulmán sin ser molestado por las fuerzas del gobierno de Córdoba. En 923, el monarca leonés se adueñó de Nájera, mientras Sancho Garcés I atacaba a los últimos miembros de los Banu Qasi en el castillo de Viguera. Al año siguiente, Abderramán emprendió por sí mismo una aceifa de castigo contra el rey navarro y, durante ella, saqueó e incendió los castillos de Peralta, Falces, Tafalla y Carcastillo, derrotó e hizo huir a Sancho Garcés en el valle del Irati, atacó Pamplona, cuya ciudadela fue ocupada, saqueados sus barrios e incendiada su cate- dral, y finalmente, bajó contra la vieja fortaleza musulmana de Sajra Qays (Azagra), que destruyó y emprendió el camino de regreso a sus dominios por Tudela.

En 932, tras un período de inactividad por ambas partes de siete años los mismos que disiparon las luchas dinásticas en León, Ramiro II se adueñó de Madrid. Al siguiente año las tropas musulmanas fueron derrotadas por este mismo rey leonés ante los muros de Osma. En 934, Ramiro quedó cercado en Osma, en tanto que Abderramán III marchó contra Burgos y algunas otras fortalezas y las desmanteló. En 937, el gobernador de Zaragoza, Mohammad ibn Hashim, un nieto de Muhammad el Tuerto, concertó una alianza con León y Navarra y Al Nasir marchó inmediatamente contra el rebelde y le hizo volver a la obediencia, luego de rescatar dicha plaza. Dos años después, el día 1 de agosto del 939, el califa sufrió el gravísimo desastre del foso (jandaq) de Simancas, donde los contingentes leoneses de Ramiro II, los castellanos del conde Fernán González y los navarros de la reina Toda o Tota se cubrieron de gloria.

Desde 940 a 945 menudearon las incursiones de los musulmanes por tierras de León y Galicia, de las que volvían repletos de botín. En 946, el cuartel de operaciones de la Marca media de Al Ándalus fue trasladado desde Toledo a la vieja fortaleza de Medinaceli, que había estado abandonada durante mucho tiempo y hubo de ser previamente reconstruida. Desde 947 a 954 se registraron algunas expediciones más de los musulmanes al sector gallego, una a tierras salmantinas y el descalabro infligido, hacia el 950 por las huestes de Ramiro II a un ejército omeya en Talavera. En julio de 956, una coalición de oficiales fronterizos musulmanes hizo más de diez mil muertos a los cristianos al atacar por sorpresa un fuerte de incierta localización; Ordoño III, el rey leonés de entonces, bajó a saquear Lisboa, y su suegro Fernán González obtuvo un buen éxito sobre los musulmanes cerca de San Esteban de Gormaz. Al siguiente año, Al Nasir concertó un ventajoso tratado con Ordoño y el conde castellano; mas, en seguida, murió el rey de León, y su hermano y sucesor, Sancho el Craso, se negó a ratificar las cláusulas del documento, por lo que el califa ordenó proseguir la lucha, y Sancho sufrió un serio descalabro, ya en 957, que le supuso la pérdida del trono leonés y el salir hacia Navarra para colocarse bajo la protección de su abuela Toda.

Y poco tiempo después, y a consecuencia de haberse decidido la reina navarra a emprender el camino de Córdoba con su hijo García I y su nieto Sancho para rendir solemne homenaje al califa y pedir a este ayuda militar, Al Nasir envió un ejército contra Zamora, que fue ocupada, coadyuvando a que Sancho I recobrase el trono leonés en 960 y terminó siendo el árbitro de los decadentes Estados cristianos de la Península, los cuales fueron desde entonces tributarios suyos hasta que murió. Por lo que respecta a las relaciones entre Córdoba y Barcelona por esta época, parece ser que, por lo general, fueron amistosas, si bien la plaza de Tarragona fue recuperada por los musulmanes en los últimos días de Al Nasir y sin que se sepa a ciencia cierta qué circunstancias concurrieron en el suceso.

Luchas contra los fatimíes

Otra faceta interesante del reinado de Al Nasir, la constituyó la gran actividad política y guerrera que este soberano se vio forzado a desarrollar en el septentrión africano para librar a la España musulmana de la amenaza fatimí; mas, para exponer aquí dicha actividad, se haría preciso relatar también las innumerables luchas que tuvieron lugar por esta época en el Magrib entre fatimíes, idrisíes y beréberes, y, a la postre se llegaría a la conclusión de que Abderramán, mediante la práctica de una política tan audaz como atinada y oportunista, no solo logró inmiscuirse en los asuntos de África y atraer hacia la órbita omeya un buen número de partidarios con bastante antelación al único intento de los fatimíes contra Al Ándalus, el saqueo de Almería, en 955, por los soldados del califa Al Mu'izz, sino que consiguió, además, posesionarse de Ceuta (927) y Tánger (951), las plazas marítimas más importantes del litoral africano en el Estrecho.

Organización política y social

El primero y más grande de los califas cordobeses tuvo la tez blanca y algo sonrosada; las facciones, regulares y componiendo un rostro atractivo; los ojos, azul oscuro y muy vivos; los cabellos, rubios tirando a rojizos, que se teñía de negro para disimular su brillo leonado, y el cuerpo, un tanto deforme: recio y largo tronco y corto de piernas. A causa de esta imperfección corporal cuando montaba a caballo parecía de talla aventajada, aunque sus talones apenas bajaban un palmo de la silla; mas de pie, resultaba bastante bajo y rechoncho. Sus biógrafos dicen de él que atesoraba los mejores dones intelectuales y morales, y que sus cualidades predominantes eran una inteligencia realista y metódica y una tenacidad a prueba de todo contratiempo. Siempre se manifestó como un hombre de ideas amplias y de ambiciosos proyectos al que no cuadraba la general estrechez de miras de los cortesanos que formaban su camarilla. En materia religiosa, fue el más tolerante de los príncipes de su dinastía, y los cristianos y los judíos de Al Ándalus llevaron una vida tranquila y próspera bajo su reinado y le devolvieron, en afecto y fidelidad, las simpatías que por ellos manifestó. Poseyó un sentido exacto de la majestad real y se impuso a sí mismo una etiqueta tiránica que le obligó a vivir apartado del pueblo y a no presentarse a sus súbditos sino en muy contadas ocasiones y rodeado siempre de gran fausto y ostentación, según un protocolo que se hizo cada vez más pomposo y teatral, a medida que fueron aumentando las posibilidades económicas del Estado omeya. En razón de este aumento, se fue incrementando también el capítulo de obras públicas y ello dio ocasión a Abderramán para dar a conocer su mucha capacidad creadora. Esta empezó a traslucirse en ciertas construcciones de poca monta que el soberano realizó en Córdoba durante la primera década de su reinado; luego, se fue haciendo cada vez más visible en obras cordobesas de mayor categoría, tales como las de la Dar Al Sikka o Ceca a fines del 928 y las de la Dar Al Rawda o «Casa del jardín florido», dentro del Alcázar, algo más tarde, y terminó por manifestarse totalmente en la fundación de Madinat Al Zahra en 936, en la de las atarazanas de Tortosa en 944-45, en las obras que llevó a cabo Al Nasir en la Mezquita de Córdoba, y, por último, en las que implicó la restauración de la Aljama de Tarragona y la construcción del castillo de Tarifa en 960. Por otra parte, el progre sivo mejoramiento de los ingresos estatales permitió al califa incrementar también la cantidad de siervos y libertos que se movían en torno suyo, tanto en su vida privada como en la oficial, y los saqaliba o esclavos afectos a su casa civil llegaron a alcanzar, en sus días, un número considerable y comenzaron a formar en Córdoba una clase social super-privilegiada, que no tardaría mucho en desempeñar un papel nefasto en la política de Al Ándalus.

Finalmente, en los últimos años de Al Nasir, se reanudaron las relaciones diplomáticas entre Córdoba y Bizancio, y los reyes de Francia, Alemania e Italia solicitaron la alianza del Califa cordobés, y hubo intercambio de embajadores con tal motivo. Abderramán murió en Córdoba el 15 de octubre de 961, en pleno apogeo de su fama y de su poderío, y fue inhumado en la Rawda del Alcázar, junto a sus antepasados. Le sucedió su hijo Abu-l-'Así Al Hakam o Al Hakam II Al Mustansir bi-llah.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E

Al Hakam II Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 962-973Abderramán IIIHisam II

Al-Hakam II, al-Mustansir bi-llah, califa de Córdoba (915-976) Al Mustansir bi-llah [Córdoba-ibidem]. Noveno soberano de la dinastía hispano omeya y segundo califa de la España musulmana. Su padre fue Abderramán III Al Nasir li-Din Allah, al cual sucedió en el trono, y su madre, una concubina, apellidada Murchana, de la que no se sabe gran cosa.

Recibió la investidura de príncipe heredero cuando era aún de corta edad; mas la longevidad de su progenitor dilató sobremanera su advenimiento y le permitió prepararse concienzudamente para el ejercicio del Poder y adquirir una directa y larga experiencia en los asuntos del reino, la cual no pasó desapercibida de Abderramán, que pidió al príncipe su opinión personal en algunas ocasiones sobre la oportunidad de ciertas decisiones gubernamentales y terminó por asociarlo a la dirección de los asuntos públicos.

Por fin, acaeció el óbito de Al Nasir en 16 de octubre de 961, y al Hakam, ya en plena madurez de edad y conocimientos, fue proclamado califa y subió al trono con el título honorífico de Al Mustansir bi-llah, el que busca la ayuda victoriosa de Allah . Desde los primeros instantes, no le fue nada difícil continuar la política de su padre, tanto en Al Ándalus como en el Magrib occidental, porque la misma no tenía secreto alguno para él, ni ceñirse al severo protocolo instituido por su antecesor y al que ya estaba acostumbrado totalmente.

Y en esta línea de conducta se mantuvo durante los quince años que duró su reinado, el cual vino a ser, de esta suerte, una feliz prolongación del de Abderramán III y uno de los más pacíficos y fecundos de los omeyas españoles, pues Al Hakam no se limitó a recoger y atesorar los cuantiosos frutos de toda índole que el atinado gobierno de su padre le había de proporcionar, sino que, guiado por la afición que demostró toda su vida por las letras, las ciencias y las artes, empleó buena parte de los recursos del Estado en elevar el nivel cultural de sus súbditos y en hacer de Córdoba, metrópoli entonces de las actividades espirituales del reino, el centro del saber occidental y la más culta ciudad de Europa, sin exceptuar Roma.

Relaciones con los reinos cristianos

Una de las primeras cuestiones que afrontó Al Hakam al hacerse cargo del Poder fue la concerniente a las relaciones entre Córdoba y los reinos cristianos de la Península. Estas relaciones eran, a la sazón, algo tirantes a consecuencia de que ni Sancho I de León ni García Sánchez I de Navarra se daban prisa por cumplir los tratados que habían concertado un año antes con Abderramán III para procurarse la ayuda militar de este en las luchas que sostuvieron contra Ordoño IV y el conde Fernán González y de las que salieron victoriosos gracias, precisamente, al concurso de Al Nasir.

Por tales tratados, Sancho venía obligado a la entrega de diez plazas fuertes de la frontera a los musulmanes, y García, a enviar a Córdoba al conde castellano, que retenía prisionero desde 960. Al Hakam hizo las oportunas reclamaciones y amenazó a los reyes cristianos, romper el pacto de amistad que los unía si no cambiaban de parecer; mas ni el leonés ni el navarro, que conocían el carácter pacífico del nuevo califa, tomaron en consideración tal amenaza y se mantuvieron en su actitud.

A poco, García concedió la libertad al conde castellano, y este marchó a Burgos, se apoderó de su yerno, Ordoño IV, le expulsó hacia Al Ándalus y se dedicó, por último, a hacer correrías con sus huestes por el territorio musulmán. Ordoño, entre tanto, había llegado a Medinaceli y demandado permiso al comandante omeya de la plaza, el general Galib, para trasladarse a Córdoba con el fin de implorar el auxilio del califa. Y, días más tarde, el ex monarca leonés y Galib tomaron el camino de la capital, por indicación expresa de Al Hakam, para ser recibidos por este.

A Córdoba llegaron el 8 de abril de 962, y Ordoño fue alojado en el fastuoso palacio de Al Na'ura, junto con veinte señores que le acompañaban, y se le dispensó un trato de verdadera excepción. Y el califa le concedió, dos días después, una audiencia deslumbradora en Madinat Al Zahra y le prometió que el ejército omeya le ayudaría a recobrar su trono si él se comprometía, por su parte, a mantener relaciones pacíficas con Córdoba, a no aliarse con Fernán González contra los musulmanes y a no tomar resolución alguna de importancia sin pedir antes opinión a una especie de consejo de tutela que estaría integrado por el juez mozárabe de Córdoba, Walid; el obispo de la misma, Asbag Ibn Abdallah Ibn Nabil, y el metropolitano de Sevilla, Ubayd Allah Ibn Qasim.

La noticia de tal acuerdo llegó pronto a oídos de Sancho I, y este se apresuró a enviar a Córdoba una embajada, que se encargó de testimoniar al califa que el rey leonés le reconocía como soberano y que estaba dispuesto a cumplir escrupulosamente las cláusulas del tratado que había firmado con Al Nasir.

Al Hakam, ganado por la idea de una paz perdurable, anuló seguidamente el convenio concertado con Ordoño, y, desde entonces, nadie se volvió a ocupar del rey exiliado, que terminó, al parecer, sus días en Córdoba, antes de finalizar el año 962, y en la más completa oscuridad. Al enterarse Sancho que la causa principal de sus temores, Ordoño IV, había desaparecido, se retractó de sus promesas y ajustó una alianza con el conde de Castilla, el rey de Navarra y los condes de Barcelona, Borrell y Miró, por lo cual el califa se vio forzado, muy a pesar suyo, a declararle la guerra.

Al Hakam en persona dirigió, en el verano del 963, la primera campaña contra los aliados cristianos, y en el curso de la misma se apoderó de la plaza fuerte de San Esteban de Gormaz, sobre el Duero, y obligó a Fernán González a pedir una paz, que pronto fue rota por el castellano, por lo que las tropas musulmanas le atacaron de nuevo y le arrebataron la plaza de Atienza.

Al mismo tiempo, el gobernador de Zaragoza, Yahya Ibn Muhammad Al Tuchibí, atacó a García Sánchez I en sus propios dominios y le derrotó. Luego, los generales omeyas Galib y Sa'id ganaron al vascón la fortaleza de Calahorra, donde se dio asiento a una nutrida guarnición musulmana. Y, por último, el califa ordenó la construcción del castillo de Gormaz, algo más arriba de San Esteban, y estableció en él tropas permanentes, que vinieron a dar mayores seguridades a la línea fronteriza de Al Ándalus por este sector.

En 965 ó 966, Sancho I murió envenenado y le sucedió su hijo Ramiro III, de tres años de edad, bajo la tutela de Elvira, hermana del difunto; mas los principales señores leoneses del momento no se mostraron conformes con esta regencia y, tras de romper con su pequeño soberano, se dieron prisa por declararse vasallos de Córdoba.

En 970 murieron Fernán González y García Sánchez I, y sus sucesores respectivos, Garci Fernández y Sancho Abarca, se apresuraron también a rendir pleitesía al califa cordobés, con lo que la paz se enseñoreó de la Península, y por la capital de Al Ándalus desfilaron cada año no pocas embajadas enviadas por los príncipes cristianos, que prestaban periódicamente homenaje a Al Hakam II.

Esta época de sosiego tuvo su fin, sin embargo, en el verano del 974, por efectos de un cambio brusco de actitud del conde Garci Fernández, el cual atacó inesperadamente la plaza fuerte de Deza, en la actual provincia de Soria, aprovechándose de que Galib, el temido comandante omeya de la frontera media, se encontraba, a la sazón, en el MagriIbn Al verano siguiente el castellano puso cerco a la fortaleza de Gormaz, asistido por fuertes contingentes gallegos y vascones que habían hecho causa común con él.

Entonces el general Galib, que había sido devuelto poco antes a su plaza de Medinaceli, salió de la misma en auxilio de los sitiados, y otro tanto hicieron los gobernadores musulmanes de Zaragoza y de Lérida: ganaron primeramente Barahona; luego, Berlanga, y el 28 de junio sostuvieron, ante los muros de Gormaz, un duro encuentro con los cristianos, que resultó desastroso para estos. A continuación, Galib invadió la tierras castellanas e infligió un nuevo descalabro a Garci Fernández, en Langa, mientras el gobernador de Zaragoza perseguía a las tropas vasconas y las derrotaba en Estercuel, un lugar próximo a Tudela. Este duro castigo sirvió para aplacar un tanto el espíritu belicista de los señores cristianos; y el año siguiente, último del reinado de Al Hakam, transcurrió absolutamente tranquilo, pues ya no se registró actividad guerrera alguna entre los cristianos y musulmanes hasta los días del califa Hisham II al Muayyad.

Los piratas daneses

Otra cuestión a la que tuvo que hacer frente Al Hakam II la planteó, el año 966. la aparición, en aguas del Atlántico, de una nutrida flota de piratas daneses, a los que Ricardo I, duque de Normandía y nieto de Rollon, había encaminado hacia España con el fin de desembarazarse de la insoportable presencia de los mismos.

Los daneses, a bordo de 28 navíos, irrumpieron en el litoral de la comarca de Qasr Abi Danis, hoy Alcácer do Sal, al sur de Portugal, y luego invadieron los llanos de Lisboa, en los cuales tuvieron un sangriento encuentro con las tropas musulmanas; mas la escuadra omeya del océano, que había sido movilizada con toda rapidez contra los intrusos, logró alcanzar a los barcos piratas en la desembocadura del río Silves, destruyó a muchos de ellos y rescató a los cautivos musulmanes que en ellos se transportaban, tras de lo cual se reintegró a la base marítima, Sevilla, de donde había salido.

Cinco años más tarde, en 971, las naves danesas fueron vistas otra vez a lo largo de las costas españolas, y Al Hakam dio orden a la escuadra del Mediterráneo de reunirse en Sevilla con la del Atlántico, en previsión de cualquier contingencia; pero los piratas retornaron a sus tierras sin intentar, a lo que parece, nuevos desembarcos. Y las poblaciones marítimas de Al Ándalus volvieron a la tranquilidad sin más contratiempos.

Conflictos en África

Por último, los asuntos de África constituyeron otra cuestión a la que Al Hakam tuyo que dedicar también buena parte de su tiempo, tanto por la trascendental importancia que la misma encerraba, como por respetar, en absoluto, la línea de conducta que había seguido su padre y antecesor.

Al ocupar al Hakam el trono de la España musulmana, Norte-África presentaba un panorama poco prometedor para Córdoba, pues el prestigio de los omeyas se había rebajado bastante allende el estrecho, a consecuencia de las campañas que el general fatimí Chawhar había desarrollado con pleno éxito en el Magrib, con miras a debilitar el poderío de los zanata; los bereberes, que se venían sintiendo atraídos por la órbita cordobesa, tal vez porque los sinhaya, sus enemigos seculares, estaban entregados en cuerpo y alma a la causa shi'i.

Ceuta y Tánger, las dos plazas más importantes de la costa africana en el Estrecho, permanecían aún bajo la soberanía omeya; mas la segunda estaba aprestándose a romper las ligaduras que la unían a Córdoba. y no transcurrió mucho tiempo sin que fuera esta ruptura una realidad, ya que los tangerinos, en fecha un poco posterior al advenimiento de Al Hakam, consiguieron expulsar de su ciudad a la guarnición española que la ocupaba desde 951.

Esta pérdida, no pesó, sin embargo, gran cosa en el ánimo del segundo califa cordobés, y, aprovechándose de que Chawhar se hallaba empeñado a la sazón en la conquista de Egipto, proporcionó importantes subsidios a Muhammad Ibn al Jayr, el jefe zanata del momento, para que pusiera en pie de guerra un ejército poderoso y atacase los dominios de los vasallos fatimíes.

Por su parte, el califa fatimí Al Mu'iz consiguió que el jefe de los sinhaya, Ziri Ibn Manad Al Talgatí, se aprestara a poner freno a los desmanes de Muhammad y enviase a su hijo, Abu-l-Futuh Buluggin, contra los zanata. Y a mediados de febrero de 971, Abu-l-Futuh logró una victoria tan aplastante sobre el jefe zanata, que este se vio forzado a darse muerte con su propia espada para no caer en manos de su enemigo.

La decepción que produjo en Al Hakam el descalabro de sus vasallos del Magrib fue inmensa, mas no duradera, pues un inesperado acontecimiento hizo cambiar de súbito el cariz de la cuestión: un oficial fatimí de origen español, Ibn Al Ándalusi, celoso de la ascendencia cada vez mayor que tenía Zirí sobre Al Muizz, rechazó la soberanía de este, hizo causa común con los zanata y se incorporó a los omeyas españoles y en julio del 971, Zirí y una buena parte de sus sinhayas sucumbieron a manos de Ibn Al Ándalusí, que envió a Al Hakam los trofeos de tan sonada victoria y, entre ellos, la cabeza del jefe sinhaya.

Poco después, el ex oficial de Al Mu'iz se fue a residir a Córdoba, y el califa fatimí aprovechó la ausencia de este caudillo para lanzar, por segunda vez, a los sinhaya contra les zanata, los cuales fueron exterminados a millares, por lo que la influencia cordobesa sufrió un nuevo eclipse. Entre tanto, el general Chawhar habla conquistado, en 969, la plaza egipcia de Fustat y levantado, junto a ella, la ciudad de El Cairo (al-Qahira = la Triunfadora, a la que el califa Al Mu'iz decidió trasladarse con toda su corte, a fines del 971.

Desde aquel instante, la Berbería oriental quedó convertida en una simple provincia del imperio shi'i, gobernada por el sinhaya Abu-l-Futut Buluggin en nombre de los fatimíes. Y estos empezaron a desentenderse del Magreb, que quedó prácticamente a merced de la acción de los omeyas.

Entonces, un príncipe idrisí, Al Hasán Ibn Gannún, señor de Arcila, de Al Basr y de Hachar Al Nasar, que abrigaba desde tiempo la idea de liberarse toda tutela política y había ampliado sus dominios por la llanura marroquí del Garb y por las montañas situadas al norte del valle del río Lucus, y ejercía mando efectivo sobre Tetuán y Tánger, comenzó a dar muestras que estaba firmemente decidido a disputar a Córdoba el predominio de las tierras magrebíes y a devolver su perdido brillo a los blasones de su familia. Y como Al Hakam, por su parte, no estaba dispuesto a dejar perder la magnífica ocasión que le había deparado la retirada fatimí para rehabilitar el prestigio de los omeyas entre los marroquíes, la intervención armada de Córdoba en los asuntos africanos no se hizo esperar por mucho tiempo.

En efecto, en agosto del 972, el almirante de la flota omeya del Mediterráneo, Ibn Al Rumahis, reconquistó Tánger, mientras que el general Muhammad Ibn Qasim Ibn Tumlus, que había pasado a Ceuta al frente de algunos contingentes regulares, dispersaba a las fuerzas del idrisí en el camino de esta ciudad a Tetuán y, tras de avanzar hacia la costa atlántica, lograba entrar en Arcila; pero, unos meses después, a finales del 972, al Hasán reaccionó y dio muerte a Ibn Tumlus y a más de millar y medio de soldados españoles en el curso de una batalla que se desarrolló en Mahrán, una localidad no identificada todavía del Fahs de Tánger.

Para vengar este desastre, pasó a África inmediatamente el general Galib, que consiguió cercar, de momento, al príncipe idrisí en Hachar al Nasr; luego, le llegó una fuerte remesa de oro con la cual se ganó a los señores de la comarca que eran satélites de Al Hasán; a continuación, en octubre del 973, recibió los refuerzos de un ejército reclutado en la Marca superior y mandado por Yahya Ibn Muhammad Al Tuchibí, el gobernador de Zaragoza, y, por último, en marzo del 974, obligó a capitular a Ibn Gannún.

Este y sus familiares pasaron a Córdoba con Galib para prestar homenaje al califa, y Al Hakam dio una fiesta en Al Zara en honor de los idrisíes y dispuso que fueran después instalados en la capital como grandes señores y se le señalasen pensiones para que vivieran con lujo y holgura. A Galib le confirió un título similar al de mariscal y le volvió a enviar a su puesto de mando de Medinaceli. Y a Yahya Al Tuchibí le dio el mando de las tropas omeyas de ocupación en Marruecos.

A finales del 975, se repatriaron estas tropas por lo costoso que resultaba sostenerlas allende el Estrecho, y se sustituyeron por otras reclutadas en el mismo Magrib y que se pusieron bajo el mando de Ibn Al Ándalusí, el antiguo oficial de los fatimíes, y de su hermano Yahya. Y, finalmente, a Ibn Gannún hubo que hacerle salir de Al Ándalus rumbo a Oriente, en unión de sus familiares, porque su estancia en Córdoba comenzó a hacerse algo molesta para Al Hakam, además de no poco gravosa.

Organización socio-cultural

La semblanza física que hacen de Al Hakam sus biógrafos es como sigue: cabello rubio rojizo, ojos grandes y negros, nariz aguileña, mandíbulas bastante salientes, tronco fornido, piernas cortas, brazos demasiado largos y voz fuerte. Fue virtuoso, instruido y liberal, y su inquietud por la cultura le indujo a reunir tal colección de libros sobre las diferentes ramas del saber, que su biblioteca, a decir de los bibliófilos posteriores que la recordaban, llegó a ser una verdadera maravilla, de cuya posesión soberano alguno de la tierra ha podido vanagloriarse antes ni después de él. Los libros los pagaba a altos precios, por lo que no le fue difícil conseguir que llegaran a sus manos obras preciosas de todos los países.

Su ejemplar devoción unida a un exceso de ingenuidad, le hicieron concebir el quimérico proyecto de prohibir el uso del vino en sus Estados, y de arrancar de ellos todas las viñas; pero hubo de abandonar tal propósito cuando le evidenciaron que se hacían también bebidas espirituosas de los higos y de otros frutos. Emprendió en la capital no pocas obras destinadas a embellecerla y a darle carácter de auténtica metrópoli de la España musulmana. Y amplió la Mezquita de Córdoba con tanta esplendidez y arte que, desde entonces y por propio derecho, el nombre de Al Hakam II quedó íntimamente unido al del monumento y prevalecerá así, en tanto reste una huella de la que fue gran aljama del Occidente islámico.

Los últimos días de su vida transcurrieron para Al Hakam bajo el sufrimiento de un ataque de hemiplejía que le impidió toda actividad. En 5 de febrero del 976, decidió hacer que se prestara juramento de fidelidad, en calidad de heredero presunto del trono de Al Ándalus, a su hijo único, el príncipe Hisam. Y el 1 de octubre del mismo año murió el segundo gran califa cordobés, a la edad de sesenta y un años, y fue enterrado en la Rawda del Alcázar de Córdoba junto a los restos de sus mayores.

Y el califato pasó a manos del aludido príncipe heredero, que ocupó el trono con el nombre de Hisham II Al Mu'ayyad y que tenía a la sazón la edad de once años, por lo cual se hizo necesaria la formación de un Consejo de regencia que fue constituido por Abu-l-Hasán Cha'far Ibn 'Uthmán Al Mushafí, el primer ministro del difunto califa, y por Almanzor, un ambicioso e intrigante funcionario del Gobierno omeya que desempeñaba entonces el cargo de inspector general de las tropas mercenarias acuarteladas en Córdoba y que no tardaría mucho tiempo en convertirse en el omnipotente Almanzor.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 322-325.

Hisam II Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 976-1009/1010-13Al Hakam IIMuhammad II

Hisam II Al Mu'ayyad (965-1032) [Córdoba ibidem]. Décimo monarca de la casa hispano-omeya y tercer califa de Al Ándalus. Era hijo de Al Hakam II Al Mustansir bi-llah y de una cautiva de origen vascón apodada Subh o Chafar. indistintamente. En 2 de abril del 976, al día siguiente de morir su padre, fue solemnemente entronizado en el Alcázar de Córdoba con el título honorífico de laqab de "Al Muayyad billah", el que recibe la asistencia victoriosa de Allah: más como solo contaba unos once años de edad a la sazón, quedó sujeto a un consejo de regencia. Este consejo lo constituyeron Abu-l-Hasán Chafar ibn Uthman Al Mushafi, que hasta el día de antes había sido ministro de Al Hakam II, y Abu Amir Muhammad ibn Abi Amir Al Ma'afiri, el futuro Almanzor, que desempeñaba por entonces el cargo de inspector general de las tropas mercenarias de Córdoba. Y ambos se arrogaron la tutela política de Hisham, confabulados con la madre de este, la citada Subh, la cual era amante de Ibn Abi Amir, protegido suyo, o estaba ya en trance de serlo.

La primera preocupación que tuvieron estos principales e intrigantes personajes de aquellos días fue la de conocer cómo reaccionaban los habitantes de la capital ante tan descarada maniobra, y decidieron proceder sin pérdida de tiempo a la presentación oficial de Hisham al pueblo para saber a qué atenerse. El día 8 de octubre, seis después de su entronización, el pequeño califa desfiló por las calles de Córdoba, vestido de ricas sedas y montado en un caballo enjaezado con gran magnificencia, en medio de un deslumbrador cortejo, y por todas partes recibió elocuentes muestras de afecto y simpatía, con lo que sus tutores se sintieron satisfechos y se determinaron a dar rienda suelta a sus ambiciones. Y aquel mismo día supieron los cordobeses que Hisham, en gracia a la solemnidad de la fecha, les eximía de un impuesto sumamente impopular que venía gravando el aceite, y confería, cómo no, el título de hachib, el más alto del Estado a Chafar Al Mushafi, y el de visir a Ibn Abi 'Amir, que quedaba como adjunto de Abu-l-Hasán para administrar el reino.

A partir de aquel instante, Abu 'Amir empezó a poner en práctica un vasto plan de intrigas que había de llevarle en breve plazo a la conquista de la jefatura de Al Ándalus, y así, en 29 de marzo del 978, consiguió que Al Mushafi fuera destituido y sometido a prisión, en tanto que él se quedaba para sí el título de hachib y las prerrogativas correspondientes del primer ministro. Entonces se acordó Abu 'Amir de que el pequeño Hisham había llegado al trono con fama de poseer un buen caudal de inteligencia y excelentes disposiciones para el estudio, lo que hacía presumir que, al alcanzar la mayoría de edad, estaría en inmejorables condiciones para tomar las riendas del Poder y regir los destinos de Al Ándalus con la misma autonomía e idéntica destreza que su padre o que su abuelo Y como semejante porvenir no era, precisamente, el que mejor se aventa con los ambiciosos planes del flamante hachib, este se propuso malograr la formación del diminuto califa sin provocar los recelos de la poderosa Subh y, a tal fin, intensificó el lujo y las comodidades alrededor de Hisham, le dio ocasión de iniciarse en todos los placeres sensuales y, por último, encomendó al tiempo la misión de trocar tales iniciaciones en hábitos y los hábitos en vicios. Y cuando Subh llegó a descubrir el terrible juego de Ibn Abi Amir, se encontró con que su hijo se había convertido en un jovenzuelo entontecido y esclavizado por todos los vicios, ayuno de carácter y de voluntad y sin el menor residuo de potencia viril que le permitiera asegurar la continuación de la dinastía.

Desde entonces, Hisham no fue otra cosa que un simple títere que había de moverse según se le antojaba al tramoyista de turno. Y Almanzor, Abd Al Malik Al Muzaffar y Abderramán Sanchuelo, los tres dictadores Al amiríes, pudieron, sucesivamente, gobernar la España musulmana, con plena libertad de acción y de criterio, sin que ni una sola vez siquiera intentara el califa manumitirse de ellos. Luego, cuando Muhammad II Al Mahdí se alzó contra Sanchuelo y dio en tierra con el último Al 'amirí, en febrero del 1009, Hisham hubo de abdicar en favor de Muhammad II, y este lo instala secretamente, y bajo fuerte vigilancia, en una casa de la capital con solo una concubina y dos sirvientas por toda compañía.

Un poco más tarde, en 26 de abril del mismo año, murió oficialmente el califa destronado, y su cadáver recibió sepultura en la Rawda del Alcázar de Córdoba; más, por suerte para Hisham, que seguía viviendo en su secreto escondrijo, todo fue una burda estratagema política de su pariente, Muhammad II, que no se atrevía a decretar su asesinato. En 23 de julio de 1010, murió Muhammad en manos de los sicarios del eslavo Wadih y fue repuesto en el trono Hisham II, el cual recuperó al mismo tiempo su vieja condición de títere v pasó a depender, primeramente, del citado jefe eslavo, y luego, del cordobés Ibn Wada'a hasta que, en 9 de mayo de 1013, Sulayman Al Mustainn se apoderó de Córdoba, tras de tenerla sitiada alrededor de treinta meses, y desposeyó de la soberanía al desgraciado hijo de Al Hakam II.

A partir de este momento, la figura del tercer califa español desaparece de la escena política de Al Ándalus, y ningún cronista logra dar una versión convincente de cómo terminó Hisham sus días. Según unos, logró evadirse de prisión y escapar a Oriente. donde acabó sus días de modo oscuro; según otros, fue condenado a muerte por orden de Al Mustain, y, finalmente, no faltan historiadores que aseguren que Hisham fue estrangulado por orden y propia iniciativa de Muhammad ibn Sulayman, un hijo de Al Mustain, en 18 de mayo de 1013, y que, para ocultar el crimen se hizo correr la noticia de que se le había facilitado la fuga y había marchado a Almería, en donde vivió cierto tiempo ejerciendo el mísero oficio de aguador antes de morir. Ninguna de estas noticias puede ser comprobada al presente, y lo único que se evidencia por el momento es que no pocos años después de haber muerto Hisham, se siguió invocando su nombre en los alminares de muchas mezquitas de Al Ándalus, lo que demuestra, cuando menos, que, si de verdad fue asesinado, la noticia no se difundió. Y. desde luego, se tiene la certeza de que el hombre a quien el juez sevillano Muhammad ibn Isma'il elevó al califato no pocos años más tarde, el célebre Jalaf, el estetero de Calatrava, no era más que un fantoche exhibido por conveniencia política.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M

Muhammad II Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 1009-1010Hisam IISulayman

Muhammad II al-Mahdi (?-1010) [Córdoba-ibíd. ]. Undécimo soberano omeya de la España musulmana. Era bisnieto de Abderramán III Al Nasir; más la nobleza de su estirpe no le evitó codearse con las clases bajas de Córdoba, entre las que llegó a hacerse sumamente popular, tanto por su bravura y audacia como por su desvergüenza y libertinaje. En 1006 perdió a su padre, Hisham Ibn Abd Al Chabbar, que fue asesinado por los esbirros de Abd al Malik Al Muzaffar cuando intentaba poner fin a la dictadura de este y suplantar en el trono al títere Hisham II Al Muayyad, y Muhammad se convirtió desde entonces en el pretendiente oficioso de los subyugados omeyas al solio de Al Ándalus.

Dos años después, Abd Al Malik murió envenenado por instigación, al parecer, de su hermano paterno Abd Al Rahman Sanchuelo, que se arrogó el poder inmediatamente; pero la madre del difunto, la acaudalada Al Dhalfa, no se avino de buen grado a que el crimen quedase impune y, pasándose al bando de los omeyas, se comprometió con estos a ayudarles económicamente en sus aspiraciones, a condición de que fueran implacables con el presunto responsable de la muerte de su hijo si triunfaban. Las circunstancias se mostraron favorables desde el primer momento a los conjurados, pues Sanchuelo tomó pronto la determinación de llevar la guerra a la España cristiana y salió de Córdoba con el ejército regular, con lo que los omeyas pudieron preparar sin dificultad alguna un levantamiento armado de los cordobeses, poniendo simultáneamente en juego la popularidad de Muhammad y el dinero de la amirí, y elegir el momento más oportuno para lanzarlos a la conquista del poder, con el propio pretendiente a la cabeza.

Y en 15 de febrero de 1009, mientras Sanchuelo se disponía a entrar con sus huestes en territorio enemigo, Muhammad consiguió apoderarse astutamente de la almedina cordobesa y, al frente de una turba de sangradores, carniceros, silleros y otras gentes de vulgar condición, atacó el Alcázar, se adueñó de él, obligó a Hisham II a abdicar en favor suyo y se hizo proclamar califa bajo el título de Al Mahdi bi-llah, el bien guiado por Dios. Al siguiente día formó un cuerpo de tropas con todos aquellos cordobeses que se ofrecieron a servirle y dio el mando del mismo a un primo suyo, con la orden de que se apoderase de Al Madina Al Zahira, y la fastuosa residencia de los amiríes fue ocupada sin oposición, despojada de todo cuanto se había atesorado en ella de valor o utilidad y arrasada, finalmente, en virtud de nuevo mandato cursado por el flamante califa.

A principios de marzo llegaron a Córdoba los contingentes bereberes que componían el ejército de Sanchuelo y que habían desertado en masa en tanto retornaban a la capital, y Al Mahdi envió una tropa en busca del dictador, el cual fue detenido el día 4 de dicho mes junto al monasterio Armilatense, a una jornada de Córdoba por el camino de Toledo, y ajusticiado allí mismo en unión de un conde de los Beni Gómez de Carrión, que no quiso abandonarle en su desgracia, y luego se trasladaron los cadáveres de ambos a la capital, donde quedaron expuestos a los insultos del populacho. A partir de aquel instante Muhammad comenzó a ser considerado como el auténtico soberano de Al Ándalus y a recibir las adhesiones de los gobernadores de los distritos, entre ellas la inestimable del eslavo Wadih, el todopoderoso comandante en jefe de la Marca media, quien, a pesar de ser uno de los más fieles servidores de los amiríes, no pudo por menos de felicitar a Al Mahdi por haber librado a los musulmanes españoles del execrable Sanchuelo, lo que le valió ser colmado de ricos presentes.

Tales adhesiones parecían indicar que el fortalecimiento del Califato sería pronto un hecho con tal de que el advenedizo soberano poseyera una pequeña dosis de sentido político; pero Muhammad estaba totalmente ayuno de dicho sentido y, con sus desatinadas medidas de gobierno y sus licenciosas costumbres, no tardó en enemistarse hasta con sus más fieles partidarios.

Así, y como quiera que menudeasen los altercados entre los cordobeses que había encuadrado en la guardia palatina y los bereberes, y no deseando malquistarse con estos últimos, optó por licenciar en un solo dia a unos 7.000 de los primeros, so pretexto de que la vuelta de los mismos a sus antiguos oficios beneficiaría al público; mas semejante excusa no sirvió sino para sembrar el descontento entre sus viejos prosélitos.

Días más tarde, no atreviéndose a dar la orden de asesinar a Hisham II -al que tenía secuestrado en una casa de la capital-, por temor a la consiguiente reacción de sus comunes parientes los omeyas, y ambicionando, por otro lado, asegurarse cuanto antes la permanencia en el poder, se le ocurrió introducir en el Alcázar el cadáver de un hombre que se asemejaba bastante al depuesto califa, y, tras de mostrarlo a algunos cortesanos para que testimoniasen ante el pueblo que Hisham acababa de morir de muerte natural, lo hizo enterrar con todos los honores en el panteón de los califas el 26 de abril de 1009; como es lógico, Muhammad no consiguió engañar a nadie con tan burda treta y se vio obligado a encarcelar a ciertos parientes suyos para cortar murmuraciones, por lo que fue objeto desde aquel instante del menosprecio de su propia familia. Y para colmo, dos o tres días después puso asimismo en prisión a algunos jefes africanos a quienes había insultado en un Consejo, con lo que se ganó también la enemiga de los bereberes.

Entonces, un primo suyo, hijo de uno de los omeyas encarcelados, se aprovechó de este ambiente de general hostilidad hacia Al Mahdi y se alzó en rebeldía, secundado por los berberiscos y por los cordobeses licenciados del ejército; pero, cuando todo hacía suponer el triunfo de los sublevados, a los bereberes se les ocurrió vengar un pasado desafuero de sus aliados circunstanciales y prendieron fuego al zoco cordobés de los silleros, produciendo con ello la reacción inmediata de los ex milicianos, los cuales les hicieron frente, lograron apoderarse del cabecilla omeya y le entregaron a Muhammad para que le ajusticiara.

A seguida, los bereberes fueron proscritos y, perseguidos por los cordobeses, huyeron hacia el sector del Guadalmellato en unión de algunos omeyas importantes. Allí, y con el fin de dar a su rebelión visos de movimiento legitimista, elevaron a la jefatura espiritual del partido a otro bisnieto de Al Násir, llamado Sulayman Ibn al Hakam Ibn Sulayman -Sulayman Al Mustain-, y en pos de él marcharon, primero, contra Calatrava, de la que se apoderaron; luego, contra Guadalajara, que se les rindió sin resistencia, y, por último, contra Medinaceli, ante la que fueron derrotados por el general Wadih.

Rehechos pronto de este tropiezo, concertaron una alianza militar bastante gravosa con el conde castellano Sancho García, y, unidos a las fuerzas de este, consiguieron infligir, cerca de Alcalá de Henares, un serio descalabro al jefe eslavo citado, que había bajado desde Medinaceli a atacarles, a fines de octubre de 1009. Seguidamente tomaron el camino de Córdoba y, tras de destrozar en las proximidades de Alcolea a algunos contingentes de milicianos cordobeses que le salieron al paso, entraron en la capital sin más dificultades, donde proclamaron califa a Sulayman, el 9 de noviembre del año de referencia, y dieron un magnífico alojamiento a Sancho, en el que este permaneció algunos días antes de retornar a Castilla.

Al Mahdi supo aprovechar los tres o cuatro días que mediaron entre la derrota de Alcolea y la entrada de los berberiscos en Córdoba, para procurarse un seguro escondrijo dentro de la misma capital, donde estuvo refugiado hasta que se le presentó ocasión de huir a Toledo, que le era todavía fiel, y en ella se alzó en armas contra Sulayman y resistió con fortuna algunos ataques de este. Después, ya en mayo de 1010, y gracias a los buenos oficios de Wadih, consiguió de los condes Ramón Borrell III de Barcelona y Armengol de Urgel una ayuda militar que le permitió reunir bajo su mando a unos 40.000 hombres, y, al frente de ellos, se dirigió contra Córdoba, derrotó a Sulayman, que trató de interponérsele en El Vacar con los bereberes, y entró triunfante en la capital el 25 del mes citado, donde se adueñó por segunda vez del trono de Al Ándalus.

Días más tarde salió con sus aliados en persecución de las fuerzas de Sulayman y, el 21 de junio, libró con ellas una batalla a orillas del Guadiaro, en el sector de Ronda, que le supuso un gran desastre y le obligó a volverse con toda rapidez a Córdoba para reorganizar sus efectivos; pero, una vez llegado a la capital, los catalanes, que habían tenido unos 3.000 muertos -entre ellos, los obispos de Gerona y Barcelona y el tesorero judío de Ramón Borrell- , se negaron a seguir prestándole su concurso y tomaron el camino de regreso a su país, por lo que Muhammad desistió de salir nuevamente contra los africanos y se resignó a esperar a que estos le atacaran.

Esta espera le dio ocasión de manifestarse ante Wadih como lo que era realmente, y el general, comprendiendo que nada podía aguardarse de un hombre tan falto de inteligencia como sobrado de vicios, acordó, con otros eslavos, asesinarlo y reponer en el trono a Hisham II. Y el 23 de julio de 1010 al Mahdi fue muerto por unos oficiales de Wadih en presencia del citado Hisham, el cual pasó seguidamente a ocupar el solio de Al Ándalus por vez segunda.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 1145-47.

Sulayman I Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 1009-10/1013-16Muhammad IIAli Hammud

Sulayman al-Mustain, (958?-1016) [Córdoba-ibíd.]. Duodécimo soberano de la dinastía hispano omeya.

Descendía por línea recta de Abderramán III Al Násir, de quien era bisnieto, y fue uno de los omeyas que se levantaron en junio de 1009 contra su pariente Muhammad II Al Mahdi, secundados por los bereberes y por los ex milicianos cordobeses del propio Muhammad. Una vez fracasado el alzamiento por efecto de la lucha que se entabló al final entre los ex milicianos y los berberiscos, huyó de Córdoba en compañía de estos últimos y se concentró con ellos en el sector del Guadalmellato, donde los africanos, que deseaban encubrir su rebeldía con el disfraz de un movimiento legitimista, le hicieron jefe espiritual o imam del partido bereber. A continuación consiguió apoderarse de Calatrava y de Guadalajara, sin apenas oposición; pero, al intentar hacerse dueño también de Medinaceli, fue rechazado, con pérdidas, por el general eslavo Wadih, gobernador de la plaza.

Para desquitarse de este descalabro y poder proseguir la lucha contra al Mahdi con ciertas garantías de éxito, Sulayman demandó ayuda al conde García, y este, tras de conceder al omeya su concurso a cambio de la posesión en plena propiedad de varias plazas fuertes de la frontera del Duero, que habían de serle entregadas tan pronto como Muhammad fuera derrotado, salió de sus dominios con un fuerte ejercito y se agregó a las tropas bereberes en el valle del Jarama, no lejos de Madrid. Seguidamente Sulayman invitó al citado Wadih para que se uniera a la coalición; pero el jefe eslavo, lejos de aceptar, se reforzó con tropas pedidas urgentemente a Córdoba y salió al encuentro de castellanos y berberiscos.

Ambos ejércitos vinieron a enfrentarse en las proximidades de Alcalá de Henares, corriendo el mes de agosto de 1009, y la victoria fue para los coalicionistas, los cuales iniciaron acto seguido su marcha contra la capital. Y el 8 de noviembre, tres días después de haber aplastado materialmente a algunos contingentes importantes de milicianos cordobeses que les aguardaban cerca de Alcolea, hicieron su entrada triunfal en Córdoba. Al siguiente día Sulayman fue proclamado califa y tomó el título honorífico de Al Mus ta'in billah, el que busca el auxilio de Allah ; las tropas bereberes se instalaron en Madinat Al Zahra, donde comenzaron a cometer toda clase de tropelías, y el conde de Castilla fue acomodado con toda magnificencia en una estupenda almunia de la capital. La mayoría de las provincias, principalmente toda la Marca medina, bien sujeta por Wadih, no ratificaron la proclamación de Al Mustain, y este hubo de pedir a Sancho una moratoria en la entrega de las plazas estipuladas, que le fue concedida por el castellano, tras de lo cual el conde se reintegró a sus dominios.

A finales de enero de 1010, Sulayman se puso en campaña y atacó sin éxito Toledo, donde se alzaba a la sazón al Mahdi después de haber estado escondido cerca de dos meses en la misma Córdoba; luego intentó apoderarse de Medinaceli, la sede de Wadih, con el mismo resultado negativo, y a mediados de abril retorno a la capital sin haber conseguido apuntarse triunfo alguno sobre sus enemigos. El 22 de mayo intentó oponerse en El Vacar a las tropas de al Mahdi, fuertemente reforzadas por las huestes de los condes francos Ramón Borrell III de Barcelona y Ermengol de Urgel, y sufrió revés tan grave, que hubo de retirarse a toda prisa hacia el sur de la Península, mientras Muhammad II tomaba asiento de nuevo en el solio real de Al Ándalus.

Un mes más tarde, concretamente el 21 de junio, la suerte le fue propicia y se apuntó una victoria sonada sobre Muhammad II y los condes catalanes en el valle alto de Guadiaro, en el sector de Ronda. EL 23 de Julio, al Mahdi fue asesinado en Córdoba por oficiales de Wadih, y este restituyó el trono a Hisham II al Mu'ayyad, se adjudicó la jefatura del Estado e invitó a todas las provincias a que se sometieran a la restaurada soberanía del auténtico califa de la España musulmana. Sulayman y sus bereberes no se prestaron, como es lógico, al turbio juego del jefe eslavo y, el 4 de noviembre de 1010, tomaron por asalto Madinat al Zahra y pusieron cerco a la capital, mientras otras fuerzas adilista a al Mustain hacían que la soberanía de este fuese reconocida en los distritos de Algeciras, Málaga, Jaén y Elvira.

Córdoba empezó a padecer entonces el asedio más intenso y terrible que se registra en su larga historia, y pronto el hambre, la sed, e incluso hasta la peste, se enseñorearon de ella, sin que por esto sufriera merma el espíritu de resistencia de los cordobeses. A los once meses de bloqueo, flaqueó el ánimo de Wadih, y el general intentó huir; pero un cordobés enérgico, Ibn Wada'a, le hizo asesinar el 16 de octubre de 1011, y la resistencia se prodigó aún por espacio de año y medio. Finalmente, el 9 de mayo de 1013, cuando los cordobeses estaban ya totalmente exhaustos, Córdoba capituló, y Al Mustain entró de nuevo en ella dos días más tarde, se posesionó del Alcázar, hizo venir a su presencia a Hisham II y, después de colmarle de duros reproches por haberse arrogado otra vez el califato, le metió, según parece, en la cárcel, y en ella sería estrangulado por propia iniciativa de Muhammad, un hijo de Sulayman, el 18 de mayo.

Lo primero que hizo Al Mustain, una vez que tuvo nuevamente el poder en sus manos, fue satisfacer las ambiciones de cuantos le habían ayudado a conseguirlo, y a tal fin, a los bereberes Sinhacha dio en feudo el distrito de Elvira; a los Magrawa, el del norte de la capital; a los Banu Birzal y a los Banu Ifrán, el de Jaén, y a los Banu Dammar y a los Azdacha, los de Sidonia y de Morón. Al frente de Zaragoza y de toda la Marca superior puso a un miembro de la rama tuchiví de los Banu Hashim, el árabe Mundir Yahya, que le había sido adicto desde los primeros momentos y tomado parte activa en el bloqueo de Córdoba. Y, por último, el gobierno de las plazas africanas de Ceuta, Tánger y Arcila se lo concedió a los hermanos Ali Ibn Hammud y Al Qasim Ibn Hammud -Hamudíes-, dos jefes idrisies que habían formado asimismo entre sus primeros partidarios.

A finales de 1013 o principios de 1014, Ali Ibn Hammud, que pasaba por haber recogido el testamento de Hisham II y por haber sido designado por este para sucederle a su muerte, se proclamó independiente en Ceuta. Luego resolvió apoderarse de Córdoba con pretexto de liberar a Hisham II, al que muchos creían todavía en vida, y en la primavera de 1016 atravesó el Estrecho, desembarcó en Algeciras y se hizo entregar Málaga por el gobernador de la misma. En seguida se dirigió a Almuñécar, donde se le agregó el general Jayrán, jefe de los eslavos amiríes de Levante, con quien estaba de antemano puesto de acuerdo, y desde allí se dirigió contra Córdoba, ante la benévola neutralidad de los bereberes Sinhacha, los cuales habían sido, asimismo, previamente ganados por el Idrisí.

Sulayman fue hecho prisionero sin gran trabajo en los alrededores de la capital, y Ali entró triunfalmente en Córdoba, sin más novedades, el día 1 de julio de 1016. Inmediatamente Ibn Hammud emplazó a Al Mustain para que le entregase a Hisham II vivo o muerto, y Sulayman hizo desenterrar el cadáver de al-Mu'ayyad, se declaró culpable de regicidio y fue asesinado en el acto por el propio Ali. Y este se hizo proclamar califa al siguiente día, adjudicándose el título de Al Nasir Ii-din Allahel "que combate victoriosamente por la religión de Allah".

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 713-715.

Ali Hammud Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 1016-1018Sulayman IQasim Hammud

Ali Hammud. Primer califa hammudí, y por tanto, hasimi de Córdoba, descendiente de Ali ibn Talib y de Fátima, hija del profeta. Según el cronista Ibn Idari, siguiendo a Ibn Hayyan, su califato no duró más que un año, nueve meses y nueve días. Su padre Ammud ibn Maymun fue un notable de la zona de Arcila, de una preclara familia árabe con fuertes lazos bereberes. Su madre se llamaba Bayda (Blanca) al Quraysiyya, hija del tío paterno de su esposo. La familia empezó a adquirir relieve de nuevo con Ali ibn Ammud. Éste cuando se enteró que el califa Muhammad II al Mahi había sido depuesto, fue con su gente a Ceuta y tomó posesión de la ciudad diciendo que el nuevo califa Sulayman al Mustain le había concedido su gobierno. Efectivamente, Sulayman concedió el gobierno de las plazas andalusíes de Ceuta a Ali ibn Ammud, y Algeciras, Tánger y Arcila a su hermano mayor al Qasim, adheridos hacía tiempo al partido beréber que sostenía al nuevo califa.

Hay que tener en cuenta que en los albores del siglo XI los hammudíes aparecen ya establecidos en al Andalus. Ibn Hayyan cuenta que cuando las milicias de Sulayman al Mustain asaltaron Medinat al Zahra el 4 de noviembre de 1010, el califa situó en Sequnda a los caídies alawíes con sus zanata, Ali y Qasim hijos de Ammud, sin pensar que depositaba las llaves del Estrecho en manos que no le eran adictas. La decisión del califa sorprendió a los notable bereberes que lo habían elevado al trono, los cuales le reprocharon este acto que estimaban contrario a los intereses del soberano. Los alawíes no habían renunciado a sus pretensiones al califato y el buen criterio político aconsejaba relegarlos a un segundo plano. Abdallah al Birzali, que dominaba la comarca de Jaén increpó al califa diciéndole ¿Acaso los alawíes no son talibíes?, y siendo la respuesta afirmativa, le replicó: "Has dado eso a unas culebras y los has vuelto gruesas serpientes".

Dado el desgobierno y el reparto de al Andalus efectuado por Sulayman al Mustain para pagar tropas por territorios, Ali ibn Ammud se comportó como soberano independiente, con razón o sin ella pasaba por haber recibido el testamento de Hisam II, que había designado a Ali como su auténtico sucesor, dada la nobleza de su origen. Ali ibn Ammud fue el fundador de la nueva dinastía de los Hamudíes, califas de Córdoba. No era difícil en la situación de Córdoba, como en la de Roma de los últimos césares, apoderarse del gobierno con el apoyo de una facción cualquiera, pero casi imposible sostenerse en el poder.

Pronto el hammudí se deshizo de los notables ceutíes leales al califa al Mustain, entre ellos el cadí de la ciudad y un reputado alfaquí que serían asesinados por su orden en el año 1014. Después de tener el poder asegurado en Ceuta resolvió hacerse con el poder en el califato; lo primero que conquista es la ciudad de Málaga, que se convirtió en la base de operaciones de Ali ibn Ammud, junto con Algeciras. Enseguida recibió el apoyo de los eslavos amiríes del Levante de al Andalus y la neutralidad de los bereberes ziríes de Granada. En 1016 atravesó el Estrecho y se aposentó en Málaga, en manos del gobernador Ibn Fatuh, leal a su causa. Desde allí se dirigió a Almuñecar, donde se le unió Jayran, eslavo amirí, régulo de Almería, —rencoroso de Muyahid,señor de Denia que nombró en Levante a un omeya, Abdallah al Munaytí califa durante cinco meses—, y tomó el camino de Córdoba. Su hermano al Qasim quedaba en la retaguardia aposentado en Algeciras, en caso de fracasar el proyecto. Sulayman al Mustain fue derrotado y hecho prisionero con suma facilidad en las cercanías de la capital por las fuerzas de Ali; ya que por lo general los mercenarios bereberes hicieron causa común con el aspirante al trono al que consideraban uno de ellos.

Una vez en Córdoba, en la que entró el 22 de julio de 1016, lo primero que hizo fue exigir que se le entregase a Hisam II vivo o muerto, pues aunque sabía que había sido asesinado, quería legitimar así su ascensión al trono. Desenterrado el cadáver de Hisam II e identificado se le volvió a sepultar, y el propio Ali ibn Ammud mató al depuesto Sulayman al Mustain con su propia mano. Según el historiador Ibn Jatib, diciendo en árabe berberizado: "El sultán no debe de ser matado sino por el sultán", ordenando acto seguido que el hermano de Sulayman y su anciano padre fueran suprimidos. Al día siguiente, 2 de julio de 1016, fue proclamado califa como legítimo sucesor de Hisam II, siendo jurado por sus partidarios y notables cordobeses en Bab al Sudda, una de las puertas del alcázar califal, adoptando el nombre honorífico que otrora había llevado Abderramán III: al Nasir li Din Allah, así como aquel otro de Mutawakkil al Allah. Por primera vez desde la reinstauración de la dinastía omeya en al Andalus, ocupaba el trono un soberano no marwaní.

Durante los primeros ocho meses de su reinado se aseguró la estima de sus administrados aplicando rigurosamente la ley entre los bereberes, hasta el punto de mandar ejecutar a un beréber por coger un ramo de unas de una parra ajena. Pero le sirvió de poco la estricta aplicación de la (saria), los cordobeses empezaron a murmurar contra él considerándolo un usurpador extranjero y manifestando abiertamente simpatía por el pretendiente omeya al Murtada, o sea Abderramán IV ibn Muhammad ibn Abdallah ibn al Nasir, suscitado en el Levate de al Andalus por el eslavo Jayran, señor de Almería, y el tuyibí Mundir al Mansur de Zaragoza, proclamándolo califa el 10 de abril de 1018.

Entonces Ali ibn Ammud trocó su benevolencia por las gentes de Córdoba en terror, haciendo que los zanata recuperaran su inmunidad y sus privilegios, y sometiendo a la población a toda clase de impuestos, declarando a los notables cordobeses responsables de la menor agitación de la plebe. Los cordobeses esperaban la llegada de al Murtada para levantarse contra el tirano, quien resuelto a acabar con el opositor omeya, anunció su propósito de dirigirse a tierras jienenses para atacarlo. No pudo realizar su proyecto, sin embargo, tres eslavos domésticos del alcázar (Munyib, Labib y Ayib) resolvieron acabar con Ali ibn Ammud en el baño real por su propia iniciativa. Le arrojaron a la cabeza un pesado cubo de cobre y lo apuñalaron, evadiéndose sin más del alcázar.

Fueron sus mujeres inquetas por su tardanza, las que descubrieron su cadáver nadando en un charco de sangre. Sus partidarios entonces —por más que el califa asesinado hubiera designado previamente como sucesor a su hijo Yahya, que se hallaba en Ceuta—, avisaron a su hermano que estaba de gobernador en Sevilla. Éste temió que fuera un ardid contra él y envió a quien examinara y verificara la veracidad de los hechos; sólo entonces Qasim ibn Ammud se desplazó a Córdoba, sacaron el cuerpo de su hermano, hizo los rezos preceptivos por él y envió su féretro a la ciudad de Ceuta, donde fueron enterrados. Dos de los asesinos parece que fueron hallados y crucificados en el puente de Córdoba. Los bereberes se apresuraron a proclamar califa a Qasim ibn Ammud tres días después de la muerte de su hermano o sea, el 22 de marzo de 1018.

Viguera Molins, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, T. VIII-I

Qasim Hammud Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 1018-1021/1023Ali Hammud IAbderramán IV

Al Qasim Hammud al Mamun, (¿-1023) segundo califa hammudí de Córdoba. Hermano y sucesor de Ali Hammud I (1016-1018). Sulayman al Mustain (1009, 1013-1016) le había concedido el gobierno de los presidios de Algeciras, Tánger y Arcila; cuando su hermano primogénito, Ali Hammud I, a su vez gobernador de Ceuta, derrocó y asesinó a Sulayman, al Qasim accedió a la gobernación de Sevilla.

Tras el asesinato de Ali Hammud (III-1918), fue llamado a Córdoba por la soldadesca beréber, donde llegó seis días después y se proclamó califa con el título honorífico de al Mamun . A pesar de sus benévolas primeras medidas de gobierno, y del fracaso del pretendiente omeya al trono, Abderramán IV, proclamado califa en Játiva (Valencia) en abril de 1018, y abandonado a su suerte por sus aliados en Guadix (Granada), la tensa situación social y política del califato -en lo que influyó quizá la convicción de que profesaba el chiísmo en la intimidad- le llevó a recurrir al apoyo de mercenarios negros, que reclutó en el N. de África y que utilizó como guardia de corps, así como de jefes eslavos.

La postergación de los bereberes incitó a estos a ofrecer su apoyo a sus dos de sus sobrinos, Yahya Ali Hammud e Idris, hijos de Ali Hammud, gobernadores de Tánger y Málaga, respectivamente. Yahya Ali Hammud tomó la decisión de intervenir; poco antes de su entrada en Córdoba, al Qasim se refugió en Sevilla (VII-1021), donde sus habitantes lo proclamaron amir al muminin (príncipe de los creyentes), mientras Yahya Ali Hammud se intitulaba califa. No obstante, Yahya pasó por las mismas dificultades internas que su predecesor, y se vio obligado a refugiarse en Málaga, circunstancia que al Qasim aprovechó para regresar al trono califal (II-1023).

Meses después, una nueva insurrección ciudadana, que al Qasim se vio impotente para frenar, provocó una nueva huida del hammudí (IX-1023), esta vez a Jerez de la Frontera. Yahya Ali Hammud, enterado del asunto, sitió la ciudad gaditana, prendió a al Qasim y lo encarceló, junto a dos de sus hijos, en Málaga, donde pocos años después lo asesinó.

Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, T. XVIII pág. 8494.

Abderramán IV Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 1018Qasim Hammud Abderramán V

Abd al-Rahman IV, Al Murtada (?-1018) [Córdoba?-Guadix]. Bisnieto de Abderramán III Al Nasir, llamado Abderramán ibn Muhammad ibn Abd Al Malik, que se había retirado a Valencia, de donde le sacaron el fata eslavo Jayrán, señor de Almería, y el Mundhir ibn Yahya, que lo era de Zaragoza, para que se pusiera al frente de un movimiento encaminado a expulsar de Córdoba a los Hamudíes. Su proclamación tuvo lugar el 29 de abril de 1018 en Játiva, y tomó el título de Al Murtada, «el que goza de la satisfacción divina»; pero no llegó a posesionarse del trono de Córdoba, pues los mismos que le habían proclamado soberano no tardaron en asesinarle en Guadix, luego de haberle hecho fracasar ruidosamente en el asalto a Granada, ante las fuerzas de Zawi ibn Zirí, y después de adquirir la certeza de que Al Murtada poseía demasiada energía y valor para ser el califa débil y pusilánime que ellos necesitaban.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E

Abderramán V Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 1023-1024Abderramán IV Muhammad III

Abd al-Rahmán V, al Mustazhir (1002- 1024; ) [Córdoba-ibídem]. Hermano de Muhammad II, fue proclamado califa en Córdoba el día 2 de diciembre de 1023, después de retirarse de la capital el hammudí Al Qasim. Adoptó el título de Al Mustazhir bi-llah, «el que implora el socorro de Dios». Contra él se alzó Muhammad III Al Mustakfi al frente de una banda de sediciosos envilecidos y le dio muerte el 17 de enero de 1024. Fue un joven culto y distinguido, y un inspirado poeta; mas careció, en absoluto, de autoridad para imponerse al populacho, y éste, al final, le derrocó.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E

Muhammad III Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 1024-1025Abderramán V Yahya Hammud

Muhammad III Al-Mustakfi (976?-1025) [Córdoba-Uclés]. Décimo- quinto soberano de la dinastía omeya de Al Ándalus. Era hijo de Abderramán ibn Abdallah, un nieto de Abderramán III Al Nasir, que murió asesinado por orden de Almanzor, y su madre fue una esclava apodada Hawra. El 17 de enero de 1024, el mismo día en que los cordobeses derrocaron a Abderramán V Al Mustansir, se le proclamó califa y tomó el título honorífico de Al Mustakfi billah, el que se satisface con Dios. Logró mantenerse en el trono algo más de un año, en medio de grandes desórdenes, pues, ganado por la disipación, se abandonó enteramente a la comida, a la bebida y a los placeres del sexo y fue incapaz de hacerse respetar de sus súbditos. Cuando mayor era la agitación de las gentes, recibió la nueva de que el fatimí Yahya ibn Alí, de los Hamudíes de Málaga, se disponían a marchar contra Córdoba, y Al Mustakfi, sintiéndose sin valor para afrontar la situación, abandonó secretamente la capital disfrazado de cantora, en 26 de mayo de 1025, y se dirigió hacia Uclés, donde murió envenenado semanas más tarde. A su muerte, fue restablecida en Córdoba la soberanía del citado Yahya ibn Alí. Después los cordobeses rechazaron esta y dieron el poder al omeya Hisham III Al Mutadd.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M

Yahya Hammud Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 1025-1035Muhammad III Hisam III

Yahya Hammud, tercer y último califa hammudí de al Andalus y primer rey de la taifa de Málaga, Yahya ibn Ali ibn Ammud al Mutali bi-llah "el elevado por Dios". Hijo del primer califa hammudí, Ali ibn Ammud al Nasir li din Allah, y sobrino del que fuera paradójicamente, su antecesor y sucesor, al Qasim.

Era gobernador de Ceuta y Tánger, cuando junto a su hermano Idris, se rebeló contra su tío, al Qasim. Al frente de su ejército marchó hacia Córdoba, ciudad que finalmente tomó en 1021, y se proclamó califa mientras su tío se refugiaba en Sevilla. No obstante, y a pesar de llevar a cabo una política de conciliación y generosidad sobre las capas menos privilegiadas de la ciudad, no pudo apaciguar la tensión social que llevaba latente desde los últimos años de Hisam II. La aristocracia cordobesa y sus antiguos partidarios terminaron por deponerlo al cabo de año y medio.

Su tío al Qasim volvió al trono de Granada, mientras Yahya debía refugiarse en Málaga. Fue un periodo breve, ya que nuevos enfrentamientos entre la población cordobesa y las tropas bereberes precipitaron una nueva deposición de al Qasim ese mismo año; en su lugar fue elegido como califa un nuevo omeya, Abderramán V, que, a la sazón, fue destituido cuarenta y seis días después por Muhammad III.

Reorganizadas las tropas, Yahya puso de nuevo sitio a Córdoba, ante los cual Muhammad III renunció a la lucha y huyó de la ciudad disfrazado de mujer. Así, Yahya subió al trono por segunda vez, aunque únicamente lo pudo retener durante algo más de un año, esta vez debido a la presión de los abbadíes de Sevilla y, sobre todo, de las tropas eslavas de al Jairan de Almería y de Muhayid de Denia, que le obligaron finalmente a huir a Carmona.

Los cordobeses eligieron entonces a Hisam III, hermano de Abderramán IV, el último califa omeya antes de la disgregación definitiva del califato en reinos de taifas. De nuevo en su feudo de Málaga, fue reconocido como califa por los hammudíes hasta que el llamado Esterero de Málaga —el falso califa Hisam II—suplantó a Hisam III a instancias del cadí de Sevilla, Abu al Qasim Muhhammad ibn Abbad. Yahya, tras negarse a reconocer al impostor, atacó Sevilla, combate en el que falleció (1037) y sus estados se disgregaron en Málaga, que pasó a su hermano Idris, y Algeciras, que paso a poder de su primo y también hammudí Muhammad al Qasim.

Málaga fue la sede desde 1026, de Yahya ibn Ali ibn Ammud al Mutali, que desde esa fecha se retiró para siempre del Califato de Córdoba, para mantenerse en las para él más seguras bases costeras. Continuó titulándose Califa y pretendiendo la supremacía, al menos, sobre las taifas bereberes, querellándose por ello con la taifa de Carmona, a cuyo régulo desplazó, yendo este a refugiarse a Sevilla. En su persecución murió al Mutali, ante los muros de Sevilla en 1035. Yahya había nombrado heredero suyo a su hijo Hasan, pero los cortesanos nombraron califa a un hermano del difunto, llamado Idrisibn Ali ibn Mutayyad, que estaba en Ceuta.

Viguera Molins, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, T. VIII-I

Hisam III Califa de Córdoba

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Córdoba 1025-1035Yahya Hammud Último califa de Córdoba

Hisham III al Mu'tadd, (975-1036) [Córdoba-Lérida). Último califa cordobés de la dinastía omeya. Era hermano mayor de Abderramán IV Al Murtada vivía en el castillo de Alpuente, al noroeste de Valencia, hospedado por el señor árabe del mismo. Cuando los fatas eslavos Jayrán, de Almería, y Muchahib, de Dénia, se retiraron a sus pequeños Estados después de haber arrojado de Córdoba a los Hamudíes, la capital omeya quedó abandonada a sus propias fuerzas y sumida en la anarquía una vez más. Entonces un grupo de cordobeses, acaudillados por Abu-l-Hazm Chahwar ibn Muhammad ibn Chahwar, acordaron ofrecer el califato a Hisham, que fue proclamado en junio de 1027 con el sobrenombre honorífico de Al Mu'tadd bi-llah, «el que confía en Allah». Hisham, sin embargo, no tomó muy en serio su proclamación y siguió viviendo en Alpuente, sin decidirse a marchar a Córdoba para tomar posesión del trono de sus mayores, hasta diciembre de 1029, en que, por fin, se dirigió a la capital y entró en ella con un mísero tren de viaje que produjo malísima impresión en en sus nuevos vasallos.

Pronto tuvieron los cordobeses la certidumbre de que el tal Hisham era tan mediocre como sus inmediatos predecesores y de que sólo se preocupaba de disfrutar lo mejor posible de la dorada existencia que ellos mismos le habían procurado, por lo que pensaron en derrocarle; pero Hisham había escogido para primer ministro a un antiguo tejedor, ambicioso e intrigante, Hakam ibn Sa'id, que no dejaba de tener ciertas disposiciones para el cargo, y este Hakam consiguió, por medio de hábiles expedientes, que no faltara en las arcas reales dinero para comprarse adeptos entre la plebe y los milicianos del Alcázar, y la situación se mantuvo inmutable por algún tiempo. Luego, Abu-l-Hazm ibn Chahwar y los demás representantes de las grandes familias cordobesas, que habían dado el trono a Hisham y eran sus principales víctimas, decidieron suprimir definitivamente el califato omeya y sustituirlo por un Consejo de personas notables, que se encargaría de administrar la ciudad y el poco territorio que dependía de ella en provecho de todos, y provocaron un levantamiento popular que les permitió hacerse con las riendas del Poder. Hisham III fue invitado a desaparecer lo antes posible de Córdoba, so pena de la vida, y se retiró a Lérida, donde le dio asilo Sulayman ibn Hud, y allí murió oscuramente el año 1036.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M
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