Escudo del Reino de Castilla y León

Reino de Castilla

Del condado fronterizo a la corona que forjó España

Un recorrido pausado y detallado por los eventos, líderes y movimientos que forjaron el Reino de Castilla. Desde los primeros condes hasta los Reyes Católicos.

Origen

Condado (siglo IX)

Primer Conde

Rodrigo (h. 850)

Primer Rey

Fernando I (1035)

Unión con León

Fernando III (1230)

Orígenes del Reino de Castilla

El Reino de Castilla surgió como una línea defensiva del Reino de Asturias en el siglo VIII, protegiendo el flanco cantábrico con fortalezas construidas entre las Conchas de Haro y los valles de Sedano. Esta red de castillos, como Bilibio, Cellórigo, Frías y Lantarón, dio nombre a la región (Castella). El primer documento que menciona "Castilla" data del año 800, aunque su origen podría ser visigodo.

Durante los siglos VIII y IX, se expandieron las fortificaciones: primero en la cuenca del Ebro, luego en la Cordillera Cantábrica (Amaya, Ubierna, Oca) y más tarde en el Arlanzón (Burgos, Castrojeriz). Hacia 875, la repoblación avanzó hacia Lara y el Esgueva, con castillos como Carazo y Huerta del Rey. Tras el año 900, la Reconquista llegó al Duero, fortificándose Clunia, San Esteban de Gormaz y Peñafiel.

Estas defensas no solo frenaron incursiones musulmanas, sino que consolidaron el poder cristiano, permitiendo la expansión hacia el sur y sentando las bases del futuro Reino de Castilla.

Población primitiva

Castilla surgió sobre un sustrato poblacional diverso, compuesto principalmente por cántabros, autrigones (de origen vasco) y celtas (como los turmódigos y berones). Según Menéndez Pidal, su formación se dio en un territorio habitado antiguamente por cántabros, várdulos y autrigones, con una notable influencia vasca.

La región, conocida en distintas épocas como Cantabria, Autrigonia o Bardulia, recibió el nombre de Castilla hacia el siglo VIII. La Bardulia abarcaba zonas como Álava, Vizcaya, el valle de Mena y las Encartaciones, pero excluía Guipúzcoa y el norte de Álava. Los várdulos, de origen vasco, dieron nombre a esta región y fueron clave en la repoblación castellana, junto con vascones y otros grupos.

Durante la Reconquista, mientras León se repoblaba con mozárabes, Castilla lo hizo con vascones, como lo evidencian topónimos como Bascones, Villabascones o Bascuñana. La propagación del nombre "García", de origen vasco, también refleja esta mezcla étnica.

"El estrecho parentesco racial del castellano y el vasco explica por qué vizcaínos y alaveses vivieron unidos casi siempre a Castilla." Menéndez Pidal

Esta conexión étnica e histórica explica la estrecha relación entre Castilla y Navarra durante la Edad Media, así como la unión temprana de Álava y Vizcaya con Castilla. Así, la identidad castellana se forjó sobre un sustrato vasco-cántabro, marcando su desarrollo político y cultural.

La Unificación de Castilla bajo Fernán González

Los Primeros Condes de Castilla y Álava: A mediados del siglo IX, la región castellano-vascongada estaba gobernada por dos grandes condes: el conde de Álava, que controlaba zonas como Buradón, Bilibio y Cellórigo, extendiendo su influencia sobre Vizcaya y parte de Guipúzcoa; y el conde de Castilla, encargado de la defensa de la Bureba y Pancorbo. Ambos pertenecían a familias emparentadas: los Jiménez en Álava y los Muño Núñez en Castilla, con orígenes en Asturias de Santillana.

La Consolidación del Poder Condal: El primer conde documentado con el título de "conde de Castilla" fue Rodrigo (hasta 862), seguido por su hijo, Diego Rodríguez Porcelos, fundador de Burgos. Sin embargo, la sucesión se volvió confusa hasta la aparición de Fernán González. A principios del siglo X, Gonzalo Fernández (conde de Burgos y luego de Castilla) se casó con Muña, hija del conde Nuño Núñez, unificando los dominios de ambas familias. Su hijo, Fernán González, heredó estos territorios y, hacia 932, asumió también el condado de Álava tras casarse con Sancha Sánchez, viuda del conde Álvaro Harramelliz.

Fernán González y la Creación de una Castilla Unificada: Fernán González (931-970) logró suprimir los condados menores, centralizando el poder bajo su título; incorporar Álava mediante alianzas matrimoniales; y expandir Castilla frente a León y los musulmanes. Su largo gobierno (casi 40 años) dio estabilidad a Castilla, contrastando con la inestabilidad del reino leonés. Bajo su mandato, el condado se convirtió en una fuerza política clave, sentando las bases para su futura independencia como reino.

"La continuidad de Fernán González en el poder dio a Castilla una firmeza que León no tuvo." Abad de Silos

Así, la unificación de los condados bajo Fernán González marcó el inicio de Castilla como entidad política autónoma, preparando su ascenso en la Reconquista.

Nuño Rasura y Laín Calvo

La tradición castellana menciona a Nuño Rasura y Laín Calvo como jueces elegidos durante el reinado de Fruela II (924-925) para emancipar judicialmente a Castilla de León, rechazando el Fuero Juzgo visigodo. Según la leyenda, los castellanos quemaron ejemplares de este código en Burgos. Sin embargo, no hay registros contemporáneos que confirmen estos hechos; la primera mención aparece en el siglo XIII en un fuero de Burgos.

Luciano Serrano argumenta que el núcleo de la tradición es histórico, pero pertenece al siglo IX, no al X. Castilla siempre resistió la imposición del Fuero Juzgo, prefiriendo sus costumbres locales. Nuño Rasura sería Nuño Núñez, repoblador de Brañosera, quien otorgó fueros independientes del rey asturiano. Su apodo "Rasura" derivaría de una corrupción lingüística. Laín Calvo, por su parte, se identificaría con Albomondar Téllez, un noble rebelde que repobló tierras en Bureba sin autorización real.

La leyenda vinculó a estos personajes con héroes fundacionales: Nuño Núñez como bisabuelo de Fernán González y Laín Calvo como abuelo del Cid. Esto reforzaba la legitimidad del derecho consuetudinario castellano frente al centralismo leonés. Sin embargo, la separación política de Castilla no se explica solo por diferencias jurídicas, sino por su autonomía en la repoblación y la guerra.

El ritmo de la Reconquista Asturiana (Siglos VIII-IX)

Tras la consolidación del reino cristiano bajo Alfonso I el Católico, su hijo Fruela I extendió el dominio hacia Galicia, fundó Oviedo y trasladó allí la corte. Su muerte desencadenó una crisis dinástica, llevando al trono a Aurelio (768-774), quien mantuvo paz con los musulmanes. Le sucedió Silo (774-783), yerno de Alfonso I, que también evitó conflictos con los árabes, posiblemente por vínculos familiares con la nobleza musulmana.

El controvertido Mauregato (783-789), posible hijo bastardo de Alfonso I, pactó con los musulmanes el llamado "tributo de las cien doncellas", aunque su veracidad es discutida. Su sucesor, Vermudo I el Diácono (789-793), abdicó tras sufrir derrotas ante los árabes en Álava y Castilla, cediendo el trono a Alfonso II el Casto (793-842). Este rey trasladó la corte a Oviedo y enfrentó invasiones musulmanas, logrando victorias clave como la de Tineo. Aprovechando revueltas en Córdoba, Alfonso II aliado con Carlomagno, saqueó Lisboa y fortaleció la frontera hasta el Duero. Destaca también el descubrimiento del sepulcro de Santiago en Compostela (814), crucial para la identidad cristiana.

Con la muerte de Alfonso II, subió al trono Ramiro I (842-850), cuyo reinado incluyó la legendaria batalla de Clavijo (aunque probablemente fue la de Albelda). Su hijo Ordoño I (850-866) consolidó el reino: venció a Muza ibn Muza en Albelda, repobló León y Astorga, y reconstruyó Amaya. Pese a incursiones musulmanas en Álava y Castilla, las defensas cristianas en Pancorbo y Haro resistieron. Este periodo marcó la consolidación territorial del reino asturiano, la resistencia frente al Islam y los inicios de la expansión hacia el sur, sentando las bases del futuro reino de León.

La línea del Duero durante el reinado de Alfonso III el Magno (866-909)

El siglo IX se caracterizó por la iniciativa militar árabe, mientras los cristianos, en desventaja numérica y logística, dependían de fortalezas y terrenos abruptos para defender territorios como Álava y Castilla. Alfonso III el Magno ascendió al trono en 866 con solo 18 años, tras un breve destronamiento por su hermano Fruela. Con el apoyo del conde Rodrigo, recuperó el poder y consolidó su reinado en Oviedo.

Al inicio de su gobierno, enfrentó rebeliones como la de los alaveses liderados por el conde Eylón, quien buscaba independizar la Navarra occidental. Tras sofocar la revuelta, Alfonso entregó el condado de Álava a Vela Jiménez (867). Sin embargo, el emir Muhammad I aprovechó la inestabilidad para invadir Vizcaya y el litoral, causando devastaciones. Aunque Álava y Castilla sufrieron ataques en 882-883, figuras como Vela Jiménez (defensor de Cellórigo) y Diego Rodríguez de Castilla (vencedor en Pancorbo) contuvieron a los musulmanes.

Alfonso III logró avances estratégicos mediante alianzas con clanes musulmanes disidentes (Beni Cassi, Tochibíes) y aprovechando conflictos internos en Al-Ándalus. Sus campañas en Galicia y Lusitania expandieron la frontera cristiana hasta el Duero y el Mondego, repoblando plazas clave como Zamora, Toro y Simancas. En 878, derrotó al ejército de Al Mundir I en Polbarania, y más tarde rompió treguas con Córdoba para incursionar al sur del Tajo.

Su reinado destacó por la expansión territorial y la reorganización política: Navarra emergió como reino independiente, y la repoblación avanzó hacia el oeste (futuro Portugal). Sin embargo, conflictos dinásticos llevaron a su abdicación en 909. La frontera del Duero se consolidó como línea defensiva, con plazas fuertes como Gormaz y Osma.

Valdejunquera

Ordoño II, quien adoptó el título de rey de León, inició su reinado con campañas militares en la región de Extremadura. En el año 914, devastó Mérida, tomó Alanje y recibió tributos del gobernador musulmán de Badajoz. Tras la muerte de su predecesor, García I, la paz en la frontera del Duero se rompió, y en 917, los musulmanes lanzaron una ofensiva contra San Esteban de Gormaz para evitar que se convirtiera en una base cristiana. Ordoño II, junto a los condes castellanos, incluido Gonzalo Fernández (padre de Fernán González), derrotó a las fuerzas enemigas y las persiguió hasta Atienza y Medinaceli.

A partir de entonces, los ataques musulmanes en Castilla se intensificaron. En 920, saquearon Palenzuela y avanzaron hacia el Duero, destruyendo iglesias en Cardeña, Lerma y Villafruela. Las guarniciones cristianas de Clunia, San Esteban de Gormaz y Osma se retiraron a zonas montañosas, pero cuando las tropas de Abderramán III se retiraron hacia Aragón, los castellanos recuperaron sus posiciones y atacaron nuevamente Atienza.

Ordoño II formó una alianza con Sancho I Garcés de Navarra, pero en 921 sufrieron una derrota en Valdejunquera. Según la Crónica de Sampiro, los condes castellanos Nuño Fernández, Albomondar Albo, Diego y Fernando Ansúrez abandonaron el campo de batalla, lo que enfureció a Ordoño II. El rey los arrestó y ordenó su ejecución en León, aunque documentos posteriores sugieren que al menos dos de ellos siguieron vivos después de 925, lo que pone en duda la veracidad de esta versión.

La rebelión de los condes podría haber estado motivada por el autonomismo castellano y el rechazo a la autoridad leonesa. Además, se especula que Nuño Fernández, cuya hija Momadona había sido esposa de García I, pudo reclamar derechos sobre Castilla, lo que exacerbó el conflicto.

Ramiro II y Fernán González

Tras las victorias cristianas en Nájera y Viguera (923), el siglo X se caracterizó por el auge del Califato de Córdoba bajo Abderramán III y la fragmentación política en los reinos del norte. En este contexto, destacaron dos figuras clave: Ramiro II de León (931-951) y Fernán González, conde de Castilla, cuya rivalidad marcó la época.

Ramiro II consolidó el reino de León con conquistas como Salamanca, Peña y Alhandega, donde obtuvo una resonante victoria contra los musulmanes (939). Paralelamente, Fernán González expandió su condado hasta Sepúlveda, fortificándola como base militar, y logró triunfos independientes, como la batalla de Hacinas (939), demostrando su poderío militar con un ejército de 200 caballeros y 6,000 peones.

Las tensiones entre ambos surgieron cuando Fernán González se negó a apoyar una campaña de Ramiro II (940), lo que llevó al rey a exigirle reconocer la soberanía leonesa en documentos oficiales. El conflicto escaló en 943, cuando el conde castellano y el conde de Saldaña se rebelaron, posiblemente por disputas territoriales. Ramiro II actuó con firmeza: capturó a los rebeldes, encarceló a Fernán González en León y nombró a Asur Fernández y luego a su hijo Sancho como gobernadores de Castilla.

Tras negociar su libertad en 944, Fernán González aceptó condiciones duras: reducción de sus dominios y el matrimonio de su hija Urraca con el infante Ordoño (futuro Ordoño III). Aunque recuperó parte de su territorio, el control de Burgos y zonas clave quedó en manos leonesas hasta 950. Pese a esto, Fernán González se reconcilió temporalmente con Ramiro II, firmando documentos como conde en 950. La muerte de Ramiro II en 951 cambió el panorama: Fernán González recuperó el control total de Castilla y extendió su influencia a León, aprovechando la debilidad de la monarquía.

León, Navarra y Abderramán III

Tras la muerte de Ramiro II de León, su hijo Sancho I (hijo de Urraca, hija de Sancho I Garcés de Navarra) se preparaba para heredar el trono, pero su hermanastro Ordoño III (hijo de un matrimonio anterior de Ramiro) le disputó el derecho, desencadenando una guerra civil. Sancho contó con el apoyo de su tío García Sánchez II de Navarra y de su abuela, la reina Toda, mientras que el conde de Castilla, Fernán González, inicialmente aliado de Sancho, terminó enfrentándose a ambos monarcas leoneses en distintos momentos.

Ordoño III logró consolidarse en León, derrotando a las fuerzas combinadas de Navarra y Castilla. Como represalia, repudió a su esposa Urraca (hija de Fernán González) y se casó con Elvira de Asturias, humillando al conde castellano. Sin embargo, tras este episodio, Fernán González sirvió lealmente a Ordoño III hasta su muerte en 956.

Con la muerte de Ordoño III, estalló de nuevo la anarquía. Sancho I el Gordo (956-966) subió al trono, pero su obesidad y falta de habilidades militares lo hicieron impopular entre la nobleza leonesa. Fernán González, buscando la independencia de Castilla, lo derrocó en 958 y coronó a Ordoño IV el Malo (958-960), hijo de Alfonso IV el Monje, casándolo con su hija Urraca para asegurar su influencia.

Sancho I huyó a Navarra, donde su abuela, la reina Toda, y su tío, García Sánchez II, buscaron ayuda en Abderramán III, califa de Córdoba. Navarra ya estaba bajo influencia cordobesa desde 933-934, cuando Abderramán sometió a Pamplona. Además, existían lazos familiares: Abderramán era sobrino de Toda, pues su abuela Onneca (hija de Fortún Garcés de Navarra) se había casado con el emir Abdallah I. Con apoyo militar musulmán y navarro, Sancho I recuperó el trono en 959.

Córdoba como centro cultural y político en el siglo X

Tras la muerte de Abderramán III en 961, el Califato de Córdoba continuó su esplendor bajo su hijo Al Hakam II, especialmente en el ámbito cultural. Córdoba se consolidó como el epicentro político y cultural de la península, influyendo incluso en los reinos cristianos. Un ejemplo de esto fue el tratado de paz de 961 entre Al Hakam II y García Sánchez II de Navarra, donde el califa exigió la entrega de Fernán González, conde de Castilla, pero el rey navarro se negó y liberó al conde.

La corte de Al Hakam II se convirtió en un refugio para nobles cristianos en desgracia, como Ordoño IV de León ("el Malo"), quien en 965 se declaró vasallo del califa y solicitó apoyo militar para recuperar su trono. Mientras tanto, en los reinos cristianos, la anarquía crecía tras la muerte envenenada de Sancho I de León en 967, dejando a su hijo Ramiro III, de solo cinco años, bajo la regencia de mujeres.

Fernán González destacó entre los nobles cristianos por no someterse a Córdoba, a diferencia de otros como la reina Toda de Navarra o García Sánchez II, quienes habían pedido ayuda al califa. Sin embargo, en sus últimos años, el conde castellano descuidó la defensa frente a los musulmanes, sufriendo derrotas como la pérdida de San Esteban de Gormaz en 963 y el avance sarraceno hasta Sepúlveda en 967. Solo logró proteger Burgos y finalmente pactó una tregua con los musulmanes.

Los historiadores debaten su legado: algunos lo critican por debilitar la Reconquista con sus rebeliones contra León (Menéndez Pelayo), mientras otros (como Menéndez Pidal) justifican sus acciones como necesarias para una guerra más efectiva contra el Islam. Fernán González representó el conflicto entre la lealtad al rey leonés y la autonomía necesaria para defender las fronteras, aunque también actuó por ambición personal.

El conde Garci Fernández y Almanzor

Tras la muerte de Fernán González, su hijo Garci Fernández asumió el condado de Castilla (970-995) en un período de dominio musulmán. Aunque menos carismático que su padre, implementó reformas clave: reorganizó la administración, repobló zonas del Duero y amplió la caballería al incluir a caballeros villanos, aumentando los nobles de 200-300 a 500-600. Esto fortaleció militarmente a Castilla y afianzó su carácter democrático.

Inicialmente mantuvo treguas con el califa Al-Hakam II, pero en 971 aprovechó la ausencia del gobernador Galib para atacar fortalezas musulmanas como Deza y Alboreca. Estas acciones enfurecieron al califa, quien encarceló a los embajadores castellanos. En 975, una coalición cristiana (Castilla, León y Navarra) fracasó en tomar Gormaz ante el contraataque de Galib, llevando a una nueva tregua de tres años.

Con la muerte de Al-Hakam II (976) y el ascenso de Hixem II, el poder real recayó en el háyib Almanzor. La España cristiana estaba dividida: León sufría una guerra civil entre Ramiro III y Vermudo II, mientras Castilla intentaba mantener su autonomía. A pesar de un tratado en 979, Almanzor lanzó una ofensiva en 981, derrotando a los cristianos en Rueda y tomando Simancas y Zamora.

En 987-988, Almanzor devastó León y sitió San Esteban de Gormaz, donde Garci Fernández protegió brevemente a Abdallah, hijo rebelde del caudillo musulmán. Tras una derrota en 989, el conde entregó a Abdallah (quien fue ejecutado) y buscó paz infructuosamente. Su hijo Sancho, proislámico, lideró una rebelión en 994 con apoyo de Almanzor. Traicionado por su nobleza, Garci Fernández fue derrotado y capturado en la batalla de Langa (25 mayo 995), muriendo cautivo en Córdoba el 29 de julio. La muerte de Garci Fernández marcó el punto más bajo de la resistencia cristiana ante Almanzor.

El conde Sancho García en Córdoba

Tras la muerte de Fernán González, el conde Sancho García asumió el liderazgo de Castilla como aliado de Almanzor, manteniendo el tributo a Córdoba pero recuperando los restos de su padre para enterrarlos en Cardeña. Mientras Castilla disfrutaba de relativa paz, Almanzor devastó Galicia en 999, saqueando Santiago de Compostela y llevándose sus campanas a Córdoba. Navarra, protegida por lazos familiares entre Almanzor y el rey Sancho II Garcés (Abarca), evitó inicialmente los ataques, aunque finalmente sufrió la destrucción del monasterio de San Millán.

En 1002, Almanzor murió tras una campaña en la Rioja, siendo sucedido por su hijo Abd al Malik, quien continuó la presión sobre Castilla. A pesar de derrotas iniciales (como la pérdida de Clunia), Sancho García reorganizó fuerzas aliadas con León y Navarra. La muerte de Abd al Malik en 1008 y el ascenso de Abderramán Sanchuelo (hijo de Almanzor y una princesa navarra) desencadenaron una crisis en Córdoba, donde Sancho García intervino apoyando al pretendiente Solimán contra Muhammad II. A cambio, Castilla recuperó plazas clave como Gormaz y Sepúlveda (1010).

La guerra civil en Al-Ándalus enfrentó a facciones bereberes e hispanoárabes, con intervención de catalanes (Ramón Borrell) y castellanos. Sancho García emergió como un líder respetado incluso por los árabes, destacando por su cultura y estrategia. Consolidó alianzas matrimoniales: casó a su hija Munia con Sancho III de Navarra y a otra hija con el conde de Barcelona. Su viaje a Tudela (1016), descrito por cronistas árabes, reveló su adaptación de costumbres islámicas y su habilidad diplomática.

Sancho García, llamado "el de los Buenos Fueros", impulsó reformas que aliviaban cargas feudales, reforzando el carácter igualitario de Castilla (basado en pequeñas propiedades e infanzones). Este modelo contrastó con la nobleza territorial de León o Cataluña. Su gobierno marcó el ascenso de Castilla como potencia, aunque Navarra, bajo Sancho III, mantuvo ventaja estratégica.

Sancho III, hegemonía de Navarra

Sancho III Garcés, conocido como el Mayor o el Grande, gobernó Navarra desde el año 999, consolidando su reino como una potencia hegemónica entre los estados cristianos peninsulares. Su reinado se caracterizó por una expansión territorial continua, aprovechando la debilidad de los reinos vecinos tras las invasiones de Almanzor.

Navarra, menos afectada por las incursiones musulmanas, absorbió los condados pirenaicos de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, liberándolos de la influencia islámica. Además, Sancho III buscó extender su dominio sobre Castilla, argumentando derechos históricos sobre los territorios bañados por el Ebro, que consideraba parte del antiguo reino navarro.

En 1005, realizó una primera incursión en Castilla, aunque sin éxito inmediato. Para 1009, aprovechando la ausencia del conde Sancho García de Castilla (quien intervenía en Córdoba), ocupó tierras castellanas cerca de San Millán de la Cogolla. En 1016, se autoproclamó soberano de Álava y Castilla, desafiando la autoridad del rey de León, a quien teóricamente pertenecían esos territorios.

Tras la muerte del conde Sancho García de Castilla en 1017, su hijo García Sánchez, de solo ocho años, heredó el condado. Aunque se discute si Sancho III ejerció la tutela sobre el joven conde, lo cierto es que Castilla quedó bajo fuerte influencia navarra. La nobleza castellana, con sentimientos anti-leoneses, facilitó esta expansión. En resumen, el reinado de Sancho III el Mayor marcó el auge del poder navarro en la península, expandiendo sus dominios a costa de Castilla y León.

García, último conde de Castilla

Tras la muerte de Alfonso V de León, su hijo Vermudo III, de solo once años, asumió el trono, casado con Teresa de Castilla. El condado de Castilla estaba en manos del joven García, quien no había cumplido aún los veinte años. Sin embargo, eventos trágicos marcaron su destino.

El 13 de mayo de 1029, García fue asesinado en el pórtico de la iglesia de San Juan de León en circunstancias misteriosas. Las crónicas históricas recogen versiones poéticas de este suceso, que reflejan el dolor castellano. Según Menéndez Pidal, el Romance del Infante contiene detalles históricos precisos, sugiriendo que fue escrito poco después de los hechos.

El conde García viajaba a León para casarse con la infanta Sancha y pedir a Vermudo III el título de rey de Castilla. Según la Crónica General, iba acompañado de su cuñado, Sancho III Garcés el Mayor de Navarra, al frente de un gran séquito. Sin embargo, las intenciones pacíficas de la boda se vieron empañadas por la violencia durante el viaje.

La muerte de García benefició directamente a Sancho el Mayor, quien heredó Castilla a través de su esposa, Munia, hermana del difunto conde. Tras el asesinato, Sancho el Mayor ocupó Castilla y declaró la guerra a Vermudo III, extendiendo sus dominios hasta el río Cea. En 1032, nombró a su hijo Fernando conde de Castilla y lo casó con Sancha, hermana de Vermudo, asegurando así la futura unión dinástica. Para 1034, Sancho el Mayor dominaba un vasto territorio, desde Navarra hasta León, Galicia, Barcelona y Gascuña.

Castilla, reino

Sancho III Garcés el Mayor, monarca navarro, dividió su vasto reino entre sus hijos antes de su muerte. A su primogénito, García IV Sánchez, le correspondió el reino de Navarra; a Fernando, el condado de Castilla como territorio independiente (hasta el 1 de enero de 1037, Fernando aún se titulaba "conde de Castilla"); a Ramiro I, su hijo bastardo, le otorgó el reino de Aragón; y a Gonzalo, el menor, le asignó el reino de Sobrarbe, el condado de Ribagorza y las villas de Loarre y San Emeterio.

Este reparto reflejaba la fragmentación política de la España cristiana, influenciada tanto por la ocupación musulmana como por el avance de la Reconquista. Además, la concepción feudal del Estado, en pleno auge en Navarra, contribuyó a esta división territorial.

Desde la muerte de Ramiro II de León, Castilla ya actuaba con autonomía respecto al reino leonés, aunque mantuvo una sumisión nominal. La independencia se consolidó en 1029, cuando el conde García de Castilla recibió el título de rey con el consentimiento de Vermudo III de León, como registra el Tudense.

"Tunc Burgenses comites mito consilio miserunt ad Veremundum Regem Legionensium, ut concederet eumden Regem Castelæ vocari. Rex attamen Veremundus hoc se facturum promisit." Lucas de Tuy, Chronicon Mundi, p. 90

Fernando I, al asumir el título de rey de Castilla en 1037, simplemente ratificó una situación ya establecida. Castilla, aunque nominalmente vinculada a León, había optado por alinearse con Navarra, reino con el que compartía afinidades políticas y culturales. Esto explica por qué, durante las invasiones de Sancho III a Castilla, no hubo resistencia militar: los castellanos prefirieron someterse a la autoridad navarra antes que a la leonesa.

Condes de Castilla

Los primeros gobernantes del territorio que daría origen al Reino de Castilla. Desde los condes fronterizos hasta la independencia de facto del reino leonés.

1.

Rodrigo

(m. 862)
2.

Diego Rodríguez Porcelos

(m. 885)
3.

Gonzalo Fernández

(m. h. 915)
4.

Fernán González

(m. 970)
5.

García Fernández

(m. 995)
6.

Sancho García

(m. 1017)
7.

García Sánchez

(m. 1029)
Nota: Los condes de Castilla gobernaron el territorio desde el siglo IX hasta 1029, cuando el condado pasó a manos de Sancho III de Navarra y posteriormente a su hijo Fernando I, primer rey de Castilla.

Reyes de Castilla

Tras la independencia del condado, Castilla se convirtió en un reino independiente que pronto alcanzaría la hegemonía peninsular.

1.

Fernando I

(1016-1065)
2.

Sancho II

(1036-1072)
3.

Alfonso VI

(1040-1109)
4.

Urraca I

(1081-1126)
5.

Alfonso VII

(1105-1157)
6.

Sancho III

(1134-1158)
7.

Alfonso VIII

(1155-1214)
8.

Enrique I

(1204-1217)
9.

Berenguela

(1180-1246)
10.

Fernando III

(1199-1252)

Reyes de la Corona de Castilla

Tras la unión definitiva de Castilla y León bajo Fernando III, la Corona de Castilla se convirtió en la entidad política más poderosa de la península ibérica.

1.

Alfonso X

(1221-1284)
2.

Sancho IV

(1258-1295)
3.

Fernando IV

(1285-1312)
4.

Alfonso XI

(1311-1350)
5.

Pedro I

(1334-1369)
6.

Enrique II

(1334-1379)
7.

Juan I

(1358-1390)
8.

Enrique III

(1379-1406)
9.

Juan II

(1405-1454)
10.

Enrique IV

(1425-1474)
11.

Isabel I

(1451-1504)
12.

Fernando V (el Católico)

(1452-1516)
13.

Juana I

(1479-1555)
Nota: Con Carlos I (1516-1556), nieto de los Reyes Católicos, la Corona de Castilla se integró en la Monarquía Hispánica, dando paso a la España unificada bajo la Casa de Austria.
Fuente principal: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. I págs. 327-378. Adaptado y ampliado con contenido de diversas fuentes académicas.