| Reino | Periodo | Predecesor | Sucesor |
|---|---|---|---|
| Castilla | 1158-1214 | Sancho III | Enrique I |

Alfonso VIII. Quizá el reinado de Alfonso VII, su predecesor y abuelo, sea más brillante y aparatoso; pero no cabe duda en lo relativo a la mayor efectividad de la obra llevada a cabo por Alfonso VIII de Castilla, el monarca que cimentó la estructura territorial de los reinos de la Meseta, y rompió, decisiva y definitivamente, el poder del Islam en la Península. En la historia de España pocos monarcas hay tan simpáticos como el triunfador de las Navas, sereno en la adversidad, constante en la prudencia y firme en la dureza de los combates.
Se formó como Alfonso VII, en la provechosa escuela de una minoridad revuelta y atormentada, en cuyas peripecias templó el acero de su espíritu. A los dos años de edad, el 31 de agosto de 1158, pues había nacido el 11 de noviembre de 1155, recaía en su cabeza la pesada herencia de Castilla, huérfano de padre, el rey don Sancho III, y de madre, doña Blanca de Navarra, hija de García Ramírez.
Llamaban "el rey pequeño" en Castilla al infante de tres años en quien había recaído la herencia ingente de su abuelo, el emperador. Su padre encomendó la crianza del niño y la gobernación de Castilla a don Gutierre Fernández de Castro, sin duda por que le juzgaba el más poderoso entre los señores castellanos, pero esto despertó la rivalidad del conde don Manrique de Lara.
Don Gutierre, para evitar una guerra civil, entregó la tutela del rey niño a don García Garcés de Haro, alférez mayor del reino, que tenía parientes en ambas partes, pero este señor se inclinó al bando de los Laras y entregó a don Alfonso al conde de Manrique, que quedó de esta manera dueño de Castilla. Al poco murió don Gutierre, que no dejaba hijos, pero sus cuatro sobrinos, de los cuales el principal era don Fernán Ruiz de Castro, se hicieron solidarios de su demanda y se alzaron contra el desafuero.
El conde de Lara intentó arrebatarles sus castillos y llegó a inferirles la terrible afrenta de desenterrar los huesos de don Gutierre, como reo de traición. Este hecho provocó la revuelta de los Castros, en cuyo auxilio acudieron los reyes de Navarra y León, atentos a satisfacer el engrandecimiento territorial de sus respectivos Estados.
En esta llamada, un príncipe tan guerrero y ambicioso como
Entre tanto, don Manrique de Lara, sabiendo que el gobernador de Toledo, don Fernán Ruiz de Castro, se hallaba en Huete, salió a combatirle acompañado del rey niño, que contaba ocho años. Se dio la batalla entre los Castros y los Laras cerca de Garcinarro (1164), y murió en la contienda don Manrique, pero su hermano don Nuño se puso al mando y conservó la tutela de don Alfonso.
De acuerdo con un caballero toledano, don Esteban Illan, los Laras con el "rey pequeño" entraron en Toledo y arrojaron de la ciudad a don Fernán Ruiz de Castro, que, como tantos magnates de su tiempo, hubo de desnaturarse y acogerse a tierra de moros. El rey con apenas once años, fortalecido con prematuras actividades militares comenzaba a regir por sí propio los asuntos del reino. Rendido Toledo, Alfonso se apoderó del castillo de Zorita, que estaba por los Castros, en tanto se declaran a su favor Madrid, Ávila, Segovia y Burgos.
El 11 de noviembre de 1169, a poco de cumplir catorce años, tomó posesión del reino de Castilla en la Cortes reunidas en Burgos. Los estamentos del reino le suplicaron que contrajese matrimonio. Su matrimonio con Leonor Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Guyena fue un avance importante en la penetración en las grandes corrientes europeas. Fue un gran mérito de Alfonso el darse cuenta que el viejo sistema feudal de Alfonso VII el Emperador había muerto y, sin intentar combatir contra la corriente de los tiempos, sustituirlo por un régimen de equilibrio entre las dos poderosas monarquías que se repartían la mayor parte de la península.
Reinaba en Aragón otro gran rey, Alfonso II, que en 1162 había heredado de su padre Ramón Berenguer IV, el condado de Barcelona y al cual su madre, la reina Petronila, había cedido dos años más tarde el reino de Aragón.
Sumamente valiosa fue para el joven monarca la ayuda que le prestó Alfonso II de Aragón, con quien concertó una estrecha alianza en Sahagún en 1170 —el rey castellano, para dar prueba de confianza, celebró sus bodas con Leonor de Plantagenet en Tarazona—. Ambos soberanos tenían un problema común. Un ricohombre aragonés, don Pedro Ruiz de Azagra, había conseguido de su amigo el "rey Lobo" de Murcia, Mardanis o Martínez, la cesión de la fortísima ciudad de Albarracín, junto al nacimiento del río Tajo, y repobló y fortificó el paraje, donde intentó fundar un señorío independiente de Aragón y de Castilla, reconociéndose vasallo de Santa María.
Don Pedro consiguió que se estableciese en Albarracín un obispado y, aliado con el rey de Navarra, ensanchó su dominio a costa de aquellas monarquías. Contra ese estado de cosas ambos Alfonsos pactaron que Albarracín sería conquista de Aragón y, en cambio, pasaría a Castilla la plaza de Ariza, en la frontera.
Como Sancho VII de Navarra se mostrase favorable al vasallo de "Santa María", Alfonso VIII de Castilla con ayuda de Alfonso II de Aragón le hizo la guerra. Gracias a esta colaboración, Alfonso VIII recobró las plazas de la Rioja y de la Tierra de Burgos, comarca desde antiguo disputada entre Navarra y Castilla, perdidas durante su minoridad (1173) e incluso llevó sus armas ante la misma Pamplona (1175); además, el auxilio militar que le prestó el rey aragonés fue decisivo en la reconquista de la importante ciudad de Cuenca (1177), por lo que Alfonso VIII le levantó el vasallaje que los monarcas aragoneses debían rendir a los castellanos desde Ramón Berenguer IV.
Tres años más tarde, Alfonso recobraba las plazas que le habían sido usurpadas por Fernando II de León. Aunque este hecho estuvo a punto de provocar una guerra entre Aragón y Castilla. Enrique II de Inglaterra, amigo de todos los soberanos peninsulares, consiguió concertarlos, logrando una tregua que se convirtió en paz definitiva con el tratado de Cazorla en el año 1179 y otro general de reconciliación contra el señor de Albarracín en 1185. Se repartieron también las zonas de Reconquista de manera que correspondía a Aragón todo el reino de Valencia y a Castilla Murcia y Andalucía.
La combatividad de Alfonso VIII se concentró luego contra los almohades. Desde 1182 venía luchando contra los musulmanes, a los que había arrebatado Alarcón (1184), Iniesta (1186) y Magazela (1189). En esta última fecha llegó hasta el mar. El califa almohade Yaqub al Mansur, preocupado por los progresos del cristiano, lanzó contra Alfonso VIII a sus mejores tropas, acaudilladas por él mismo, las cuales lograron una gran victoria en la batalla de Alarcos (19 de julio de 1195). Este quebranto abrió una grave crisis para el rey de Castilla, el cual se vio atacado por los almohades, los leoneses y los navarros. Pero de nuevo el rey de Aragón —ahora Pedro II— estuvo a su lado. En 1198 Alfonso VIII empezó una serie de afortunadas campañas contra Navarra que le proporcionaron la conquista de Álava y la sumisión de Guipúzcoa.
En 1204 hizo efectiva la dote de su mujer, Leonor de Inglaterra, en la Guyena, apoderándose de todo el territorio a excepción de Bayona y Burdeos. Pero luego renunció a esta empresa (1206). Restablecida su situación política y previendo un choque inminente con los Inocencio III para concertar una cruzada contra el Islam peninsular. Proclamada ésta por el pontífice, el rey de Castilla inauguró las hostilidades en 1211. Pero en el momento del choque supremo, los cruzados extranjeros desertaron y sólo se hallaron a su lado los reyes de Navarra, Sancho VII, y Aragón, Pedro II.
Sin embargo los peninsulares se bastaron para aniquilar a los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa (16 de julio de 1212). A consecuencia de esta memorable victoria, se inauguraba el ciclo de las grandes conquistas cristianas del siglo XIII con la toma de Vilches, Tolosa y Baeza (1213). En la noche del 5 al 6 de octubre de 1214 moría en Gutierre Muñoz, tierra de Arévalo (Ávila) el monarca que había sabido romper la resistencia musulmana en España.
Durante el reinado de Alfonso VIII se desarrolla la Orden de los freires de Cáceres o de la Espada o de los caballeros de Santiago que nació leonesa, se hizo pronto castellana. Dícese que, desavenidos con el rey de León, se pasaron a Castilla, donde Alfonso VIII les dio el castillo de Uclés, desde el cual se consagraron a la reconquista de Castilla la Nueva y de Andalucía. En 1175 sancionó en Soria su constitución el cardenal Jacinto, legado del papa, y el mismo pontífice Alejandro III aprobó la regla por bula 5 de julio de 1175.
Casi al mismo tiempo dos caballeros salmantinos fundan la milicia que se llamó, por su lugar de origen, de San Julián de Pereiro, la cual en el reinado siguiente había de ser el germen de la Orden de Alcántara. El 21 de abril de 1211, se celebra ante el rey castellano Alfonso VIII (rival y suegro del leonés Alfonso IX) y su corte, la solemne ceremonia de inauguración del famoso Pórtico de la Gloria, Santiago de Compostela, obra del Maestro Mateo.