Al Ándalus

El Imperio Almohade en al-Andalus y el Magreb

Fundado por Ibn Tumart como movimiento religioso reformista, los almohades establecieron uno de los imperios más poderosos del occidente islámico durante los siglos XII y XIII.

Carte de l'Empire almohade. Selon: Qantara-Med.org
Introducción

El texto proporcionado ofrece una visión detallada de la historia de los almohades en la Península Ibérica y su impacto en la región, así como el posterior desmoronamiento de su imperio y la fragmentación política que siguió. A continuación, se presenta un resumen estructurado de los puntos clave:

Los Almohades en la Península Ibérica

Los almohades, una dinastía bereber originaria del Atlas marroquí, comenzaron a intervenir en la Península Ibérica en 1145, poco antes de derrotar a los almorávides en Marrakech en 1147.

Los almohades empezaron a relacionarse políticamente con la Península Ibérica desde 1145, año y medio antes más o menos de que acabaran con la dinastía almorávide en Marrakech, el 22-III-1147, aunque , parapetados en su núcleo fundamental del Atlas, en el lugar de Tinmal, desde 1124, llevaban casi medio siglo de ascendente historia magrebí a sus espaldas.

De nuevo se conjugó la llamada desde al Ándalus con su propia fuerza expansiva, con la que englobaron desde casi el centro de la Península Ibérica hasta Tripolitania, reuniendo otra vez el Occidente islámico, con algo menos de tierras andalusíes que los almorávides, pero con más extensión norteafricana, y sobre esas tierras superponiendo su estructura político-religiosa, mantenida por su ejército. Con más cohesión doctrinal, intensificaron su alcance político con el título califal, y duraron algo más que los almorávides, casi siglo y medio en el Magreb, pues en 1268 los también beréberes pero zanatas, benimerines les arrebataron su capital de Marrakech, cuando ya tiempo atrás se les había desgajado el resto, independizándose los hafsíes en Túnez (desde 1229-1230) y los zayyaníes o Abd Al Wadíes en Tremecén (desde 1239). En al Ándalus los almohades habían acabado antes, desplazados por las terceras taifas, en levantamientos contra ellos señaladamente en Levante, desde 1228, y definitivamente, en lo que empezaba a ser el reino nazarí de Granada, desde 1232.

Los almohades iniciaron, pues, otro nuevo y trascendental periodo de intervención del Magreb en al Ándalus, estableciendo un vasto imperio centralizado, y realizando así otra amplia unificación política (con sus secuelas de unificación económica, social y cultural, aunque todo ello en proceso variable) del Occidente islámico, por segunda vez. De nuevo abanderados en un conspicuo reformismo, reaccionando contra el malikismo de los almorávides, a quienes acusaban de heréticos, y dirigidos por su madhi, cuya ecléctica revolución doctrinal prendió en los beréberes masmuda, brazo armado fundamental en la implantación de este nuevo poder político, cuya base tribal evolucionó rápidamente hacia una dinastía, la Muminí, que se mantuvo estable hasta la primera mitad del s. XIII, en que empiezan las agitaciones dinásticas, para caer entonces vertiginosamente, al rápido compás con que se suceden los últimos califas, uno de los cuales incluso derogó el dogma almohade, paradoja final de aquella enorme construcción político-religiosa".

El Desmoronamiento

La derrota en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212) marcó el inicio del declive almohade. Esta derrota aceleró la desintegración del imperio, que ya enfrentaba conflictos dinásticos y revueltas en al-Ándalus y el Magreb.

En al Ándalus, la primera mitad del s. XIII fue un periodo convulso, agitado y de crisis en el que se produjo un importante retroceso territorial frente a los reinos cristianos, especialmente Castilla. Aunque el siglo comenzó de manera tranquila y estable con al Ándalus integrado como provincia en el imperio almohade y con el poder de la dinastía norteafricana consolidado, a partir de la aparatosa derrota en la batalla de Al Iqab, Las Navas de Tolosa, en 1212, se inició un progresivo debilitamiento y desestabilización del poder almohade con una serie de conflictos dinásticos que anularon prácticamente toda la resistencia al avance cristiano.

Aunque tal vez se ha exagerado la importancia y trascendencia de esta derrota del califa al Nasir ante la coalición cristiana formada por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII el Fuerte de Navarra, no cabe duda de que aceleró el proceso de decadencia del imperio, cuya desintegración ya se había iniciado.

Una docena de años después, en 1224, se agravó la situación por las pugnas y conflictos sucesorios que se produjeron a la muerte –sin hijos– del califa Yusuf II el 6-I-1224. En Marrakech fue proclamado, al día siguiente, Abd al Wahid, tío abuelo del difunto, y que sería conocido como al Majlu (el Destronado), porque acabó siendo depuesto.

Sin embargo, el sobrino del nuevo califa, Abdallah b. Yaqub, aprovechado el descontento que en al Ándalus produjo esta proclamación, se sublevó en Murcia el martes 6-III-1224 y fue titulado califa con el sobrenombre honorífico de al Adil (el Justo). Poco a poco y gracias al apoyo de los gobernadores de Córdoba, Málaga y Granada, hermanos suyos, logró que su autoridad se acatase en todo al Ándalus excepto en un caso: el sayyid Abu Zaid (el Zeit abu Zeit o Aceyt Oboseyt de las crónicas cristianas), importante personaje, hermano de Abdallah al Bayyasi (el Baezano), y que gobernaba Valencia, Denia, Játiva, Alcira, se mantuvo fiel al califa de Marrakech, Abd al Wahid al Majlu.

Cuando este último fue asesinado en Marrakech. Al Adil fue reconocido en la corte pero tuvo que permanecer en al Ándalus para reprimir la sublevación del citado Al Bayyasi, «el Baezano», al que había nombrado gobernador de Córdoba y que se hizo fuerte en Baeza en invierno de 1224. El rebelde, que extendió su poder por Córdoba, Jaén y Quesada, para fortalecer su posición pactó con Fernando III y se hizo su vasallo, con lo que los almohades no consiguieron reducirlo.

Para empeorar las cosas, los ataques cristianos se multiplicaron: Fernando III tomó Quesada en 1224 y algareó Murcia consiguiendo que el Zeit abu Zeit se declarase su vasallo en 1225; los leoneses hicieron lo propio en Sevilla. Ante esta situación y sin lograr someter al «Baezano», e incluso temiendo una derrota frente a éste, el califa decidió poner tierra y mar por medio y trasladarse al Magreb.

Al frente de al Ándalus quedó su hermano Abu l-Ala, al que había nombrado meses atrás gobernador de Sevilla y que sí logró derrotar a al Bayyasi en marzo de 1226. Poco después, el rebelde tuvo que huir de Córdoba ante las iras de los cordobeses, indignados porque ayudó a Fernando III a tomar Capilla, y acabó decapitado en Almodóvar, en cuyo castillo había intentado refugiarse. A continuación, Baeza pasó a manos cristianas definitivamente el 1-XII-1226 y sus habitantes se dispersaron por todo el al Ándalus.

El éxito militar frente a al Bayyasi quizá contribuyó a que al año siguiente Abu l-Ala se decidiera a proclamarse califa de Sevilla, el 15-IX-1227, con el título de al Mamun. Sin embargo, sólo una parte de al Ándalus lo acató, aunque si lo hicieron destacados personajes, como Zeit Abu Zeit, señor de Valencia. Además, enseguida, en agosto de 1228, se inició el levantamiento andalusí encabezado por Ibn Hud de Murcia, que se proclamó Amir Al muslimin, «Emir de los musulmanes», contra los almohades y sus partidarios. Para empeorar la situación, Fernando III desencadenó una ofensiva que sólo detuvo a cambio del pago de una elevada suma.

Mientras, en el Magreb, la situación no era mucho mejor, pues el avance de los Benimerines y las pugnas dinásticas seguían desestabilizando el poder. Así, a los veinte días de ser proclamado en Sevilla al Mamun en 1227, al Adil era asesinado en Marrakech por dos importantes tribus almohades que luego llevaron al trono a al Mutasim, sobrino de al Mamun. Éste, tras detener a Fernando III, pudo por fin marchar en octubre de 1228 allende el Estrecho para ocupar la capital, Marrakech, después de desplazar a su sobrino.

Este paso significó de hecho la independencia y separación de al Ándalus –ya en pleno y generalizado alzamiento contra los almohades– del imperio norteafricano, que también perdió ese mismo año, 1228, otra importante provincia, Ifriqiya, donde los Hafsíes instauraron su dinastía autónoma.

Posteriormente, en 1235, los Abd Al Wadíes o Zayyaníes del Magreb central hicieron los propio. Sólo faltaba ya que los Meriníes terminasen de suplantar al imperio agonizante en el Magreb occidental mediante un proceso que finalizó en 1268 con la toma de Marrakech. La reunificación del Occidente islámico que habían logrado los almohades acabó convirtiéndose en una fragmentación cuadripartita.

Como se ve, el cuadro de este periodo casi se puede trazar siguiendo una línea de asesinatos y proclamaciones de califas. La decadencia política que surge tras la derrota de las Navas de Tolosa en 1212 se plasma en la inestabilidad de la institución califal, que sufre abundantes y rápidas proclamaciones con los últimos soberanos.

Así, el derrotado califa al Nasir es asesinado en 1213; su sucesor al Mustansir gobierna nominalmente hasta su muerte, quizás envenenado, en 1224; al no dejar hijos, se rompe la línea filial de sucesión y se abre la puerta a intrigas cortesanas, gracias a las que es proclamado al Majlu. Su sobrino Al Adil no lo reconoce, se subleva en Murcia y consigue le apoyo de todo el al Ándalus excepto la comarca de Valencia que sigue fiel al califa de Marrakech.

Sin embargo, este último será depuesto y estrangulado a los ocho meses de su nombramiento, lo que permitió el reconocimiento de Al Adil en el Magreb. Éste, al no conseguir acabar con la insurrección del señor de Baeza, al Bayyasi, se traslada al Magreb y deja en su lugar al que había nombrado gobernador de Sevilla, su hermano al Mamun. Tres años después, en 1227, al Mamun se proclama califa y a los veinte días es asesinado en Marrakech Al Adil, al que sucede al Mutasim. Para combatirlo, al Mamun marcha al Magreb en 1228 y así acaba el poder almohade sobre al Ándalus, al que deja sumido en dos graves problemas: el avance de las conquistas cristianas y el levantamiento de los andalusíes contra los almohades, levantamiento que acaba convirtiéndose en unas terceras taifas.

Terceras Taifas

Tras la caída de los almohades, al-Ándalus se dividió en varios pequeños estados gobernados por líderes locales, como Ibn Hud en Murcia, Zayyan b. Mardanis en Valencia e Ibn al-Ahmar en Granada.

Dado que una de las obligaciones esenciales del califa o el soberano musulmán es la defensa de las fronteras y de la integridad del territorio, cuando los almohades fracasan militarmente frente a los cristianos los súbditos andalusíes, que además tenían motivos económicos y fiscales y de rechazo al centralismo foráneo norteafricano para estar descontentos, se sublevaron en diversos puntos en una reacción antialmohade de carácter nacionalista. El derrumbamiento del poder central provocó una nueva fragmentación de la unidad andalusí y dejó paso al surgimiento de poderes locales. Estos poderes, de diversa entidad y duración, fueron evolucionando hasta concentrarse en tres señores que ejercieron casi de forma simultánea: Ibn Hud (1128-1238), Zayyan b. Mardanis (1228-1238) e Ibn al Ahmar (1232-1237).

Una excepción que escapó a esta concentración tripartita fue la taifa de Niebla, último reducto del poder musulmán en el Occidente de al Ándalus, que mantuvo una trayectoria independiente y cuyo régulo Ibn Mahfuz, titulado «emir del Algarve», se sublevó en 1234 y resistió los ataques que contra él lanzó el murciano Ibn Hud. Aunque logró mantenerse bastante tiempo gracias a su estratégica situación geográfica y a la coyuntura política entre Portugal y Castilla, tuvo que declararse vasallo de Alfonso X de Castilla en 1253 y acabó rindiéndose en 1262 tras un asedio de nueve meses en el que colaboraron tropas nazaríes.

El emir de Murcia, Ibn Hud, era descendiente, según Ibn al Jatib, de los régulos de la taifa de Zaragoza, los Banu Hud, y de un nieto de éstos, el Zafadola (Sayf al Dawla, el Sable del Estado) Ibn Hud (m. en 1146), que también se levantó durante las taifas post almorávides. Sublevado en el valle del Ricote, tres meses después, el viernes 4-VIII-1228, fue proclamado en Murcia con el título de «Emir de los musulmanes» y reconoció al califa abbasí de Bagdad, cuyo estandarte negro había enarbolado desde el primer momento de su alzamiento. Este reconocimiento le proporcionaba legitimación y una apariencia de ortodoxia, además de servirle para abanderar la lucha contra el califato almohade, a cuyos seguidores expulsó y exterminó en una persecución sanguinaria, pues «descabezo el todos los almohades que auer pudo».

La reacción de los gobernantes almohades y de los señores andalusíes no tardaron en producirse. Los gobernadores almohades de Murcia y de Valencia intentaron reducirlo pero fueron derrotados y el propio califa al Mamun, aunque consiguió una victoria sobre el rebelde, no lo pudo someter y cuando en octubre de 1228 se trasladó al Magreb Ibn Hud ya no tenía dentro de al Ándalus ningún poder central que le hiciera frente.

En esta situación , empiezan a reconocerlo como emir en 1229 muchas e importantes ciudades: Córdoba, Sevilla, Almería, Granada, Málaga. Sólo se negaron a aceptarlo como emir Valencia, en donde Zayyan b. Mardanis se había proclamado pocos meses después que él y del que se hablará más adelante, y el extremo occidental andalusí, con el citado Ibn Mahfuz de Niebla, aparte de algún otro pequeño núcleo. Además, Ibn Hud llegó a conquistar Algeciras y Gibraltar y a ser temporalmente reconocido en Ceuta.

Sin embargo, a pesar de su posición como caudillo máximo de al Ándalus y haberse impuesto a casi todos los demás señores musulmanes, no pudo detener el avance cristiano. Fue derrotado por Alfonso IX de León en 1230 en los campos de Alange, al sur de Mérida, y tras ello los leoneses tomaron la propia Mérida, Badajoz y la ribera septentrional del Guadiana. También ese mismo año fueron derrotadas sus tropas cerca de Jerez.

Además, la unificación de León y Castilla bajo Fernando III (rey de Castilla desde 1217) en 1230 permitió un fortalecimiento cristiano que resultaría decisivo para el futuro de Ibn Hud y de al Ándalus. Así, dos años más tarde, el 25-I-1233, cayó Trujillo en manos cristianas tras el fracasado intento que Ibn Hud efectuó para socorrerla.

Todo ello y las diversas derrotas que sufrió ponían de manifiesto la incapacidad de Ibn Hud para defender el territorio, obligación fundamental de un emir musulmán, por lo que empezó a surgir el descontento y la desconfianza en la población. Así, Sevilla retiró su reconocimiento a Ibn Hud y nombró a un líder local, al Bayi.

Todo ello preparaba el terreno para que aparecieran nuevos dirigentes. Así, aparece un nuevo emir, del que se hablará en extenso más adelante, que se proclama en Arjona en 1232, Muhammad b. Yusuf, conocido como Ibn al Ahmar. Entre ese año y el siguiente consiguió ser reconocido por Jaén y Córdoba, además de ocupar Sevilla tras asesinar al citado dirigente local, al Bayi. Sin embargo, tanto Sevilla como Córdoba reaccionaron después y expulsaron a Ibn al Ahmar para volver a acatar a Ibn Hud.

Mientras tanto, los cristianos no perdieron la ocasión de esta división y aprovecharon para sacar partido. Fernando III asedió Úbeda el 6-I-1233; tras resistir seis meses sin recibir auxilio exterior, la ciudad capituló en julio de ese año 1233. Posteriormente, en 1235, el rey castellano prosiguió sus ataques, que Ibn Hud sólo pudo contener pagándole 430.000 maravedíes mediante los que garantizaba la paz hasta mayo de 1238. Esta tregua no impidió, sin embargo, que se produjera una de las conquistas cristianas más trascendentales y que luego serviría de base para el avance posterior: Córdoba.

Pero no fue Fernando III el que proyectó el ataque y desencadenó el enfrentamiento puesto que la tregua con Ibn Hud seguía vigente, sino que fue iniciada con el asalto inducido y facilitado por cómplices cordobeses irritados con los gobernantes de la ciudad.

El asalto fue organizado por unos caballeros cristianos de la frontera. Éstos, tras apoderarse del arrabal oriental de la Axarquía, se vieron incapaces de concluir la empresa y hacer frente a la resistencia de la ciudad. Entonces pidieron ayuda al rey, que, rápidamente, tuvo que ponerse en marcha desde Benavente, en Zamora, para llegar a tiempo de culminar el asedio antes de que los nobles cristianos lo hicieran y recibir la capitulación de Córdoba el 29-VI-1236.

Y ello sin que Ibn Hud interviniera, a pesar de conocer el ataque, hallarse muy cerca –en Écija– y disponer de tropas más numerosas que las cristianas. Dos parece ser que fueron las razones por las que no acudió a socorrer a la ciudad: la información falseada que recibió sobre el gran número de tropas cristianas y el ataque de Jaime I sobre Valencia. Ante este ataque, Ibn Hud, suponiendo que Córdoba podía resistir, se retiró a Almería para dirigir sus barcos en socorro de Denia. De esta manera el paso quedaba completamente expedito para la expansión cristiana y, así, gran parte de la campiña cordobesa y sevillana se entregaron o cayeron por la fuerza bajo el dominio de Castilla. Concretamente, en los tres años siguientes y en un proceso lógico tras la caída de Córdoba, capital emblemática, pasaron a manos cristianas Écija, Almodóvar, Estepa, Osuna, Baena, Zuheros, Luque, Porcuna, Morón y otros muchos lugares.

Los últimos días de Ibn Hud transcurrieron en Almería, mientras que progresivamente las ciudades iban desligándose del líder murciano, al que sólo seguían reconociendo algunas zonas del Levante, como Murcia y Játiva. Además, el mayor rival de Ibn Hud, el fundador nazarí Ibn al Ahmar, se instaló en Granada en mayo de 1238. Mientras tanto, Ibn al Ramimi, lugarteniente en Almería de Ibn Hud, debió considerar la conveniencia de eliminar al decadente emir y así los hizo ese mismo año.

Las fuentes árabes no atribuyen a motivos políticos el crimen sino a otros de diverso tipo, especialmente algunos que no eran , precisamente, políticos, pues en la historia aparece implicada una hermosa mujer, socorrida explicación para justificar algunas catástrofes históricas. Así, pues, según la versión más extendida el origen del conflicto estuvo en la posesión de una bella cautiva cristiana que pertenecía a Ibn Hud y de la que se enamoró Ibn al Ramimi. Por su parte, las fuentes cristianas señalan que murió víctima de un engaño tramado por Ibn al Ramimi.

La muerte de Ibn Hud no hizo más que acelerar el movimiento de disgregación que ya estaba en marcha con los nuevos señores o arráeces cada vez más pequeños y locales. En Almería, Ibn al Ramimi se hizo con el poder, pero tuvo que huir a Túnez ante el ataque y avance por tierras almerienses de Ibn al Ahmar. Al mismo tiempo, Zayyan b. Mardanis, que había erigido su taifa en Valencia cuando en febrero de 1229 desplazó a Zeit Abu Zeit, gobernador almohade de la ciudad ya mencionado, apenas consiguió mantenerse un decenio en la capital valenciana.

El avance cristiano en esta región procedía del reino de Aragón, se puso en marcha bajo el impulso de Jaime I cuando éste, una vez conquistada Mallorca, diseño una estrategia que, tras algunas actuaciones previas, empezó con el asedio y toma de Burriana, en Castellón, en 1233, y obligó a Zayyan b. Mardanis a capitular y entregar Valencia el 29-IX-1238, a pesar de la ayuda –armas y dinero– enviada vía marítima por el emir hafsí de Túnez Abu Zakariyya, que fue bloqueada por los cristianos antes de llegar a su destino. Sin embargo, obtuvo del rey de Aragón una tregua de siete años que le permitió establecerse con la paz garantizada en Alcira y luego en Denia. Posteriormente, Zayyan entró en Murcia en abril de 1239 y asesinó a su gobernante, Aziz b. Jattab, quien había destronado al hijo de Ibn Hud.

Otros núcleos independientes que se desgajaron de Murcia bajo Zayyan (1239-1241), fueron Cartagena, Mula Lorca y, sobre todo, Orihuela, dirigida por Abu Yafar b. Isam, proclamado rais y fundador de un gobierno denominado «visirato», la célebre Wizara Isamiyya, que mantuvo buenas relaciones con otro pequeño reino independiente, Menorca, sede, además de una destacada corte literaria que surgió a partir de la conquista de Mallorca en 1229 por Jaime I de Aragón.

El final de la taifa de Murcia se precipitó rápidamente: Zayyan ibn Mardanis fue derrocado a los dos años, y sustituido por un tío de Ibn Hud, Muhammad b. Hud, titulado Baha al Dawla que tras dos años de gobierno más nominal que efectivo no pudo mantenerse ante las tres grandes potencias del momento –Castilla, Aragón y Granada– y pactó en 1243 con Castilla una especie de protectorado por el que entregaba algunas comarcas y rentas a cambio de defensa militar. No firmaron el pacto los enclaves independientes del régulo murciano, Cartagena, Mula y Lorca, y fueron conquistadas en 1244-1245, mientras que Orihuela se retiró después de haberlo firmado.

El asentamiento de tropas castellanas en la región creó tensiones que aprovechó el primer emir nazarí para reforzar sus argumentos que incitaban a la rebelión y, así, se produce el alzamiento de los mudéjares en Andalucía y Murcia. En Murcia duró la revuelta desde mayo-junio de 1264 a principios de 1266, fecha en la que los castellanos asumen plenamente el poder político en la región.

El resto de ciudades y comarcas andalusíes, sin el amparo y protección de un poder fuerte y tras la incapacidad de Ibn Hud para fraguar su proyecto de unidad andalusí, tuvieron que rendirse al avance cristiano. Además, no podía ser de otra manera, pues la unificación de León y Castilla en 1230 permitió a los cristianos dedicarse plenamente a la guerra contra los musulmanes. Fernando III, rey de Castilla desde 1217 y de León desde 1230, pudo en su largo reinado, que duró hasta 1252, dirigir ese proceso de «Reconquista» que le llevó a arrebatar a los musulmanes las zonas centrales de al Ándalus. Así, pasaron a poder cristiano Córdoba, cuya conquista en 1236 se ha comentado anteriormente, Jaén en 1246, que se estudiará más adelante, y Sevilla en noviembre de 1248.

En el Levante iba ocurriendo lo mismo y la parte del pastel que en el reparto acordado y organizado en diversos tratados (Tudillén 1151, Cazorla 1179, Almizra 1244) correspondía a Aragón, fue ocupándola Jaime I desde Burriana (1233) a Valencia (1238); la zona situada al sur del río Júcar se conquistó entre 1239 y 1245, Mallorca estaba ya en manos aragonesas desde 1229 y Menorca se había sometido a vasallaje en 1231.

En la región más occidental de la Península, Portugal, también aprovechaba la situación para extender, a la vez que León, hacia el sur sus territorios mediante la conquista de diversos puntos del Algarve: Alcacer do Sal (1217), Elvas (1226), Serpa (1235), Mértola (1249), Santa María del Algarve (Faro) (1249), etc.

Sólo iban quedando enclaves aislados que fueron cayendo en manos de los cristianos en esas décadas, o sobreviviendo algunos años más en una difícil situación de vasallaje que sólo permitía una prestada y efímera independencia hasta la toma de posesión cristiana, como ocurrió con Niebla (1262), Murcia (1266) o Menorca (1287). En menos de treinta años, los cristianos se habían apoderado de las tres cuartas partes del territorio andalusí de época almohade.

Finalmente, sólo subsistía un reino islámico en la Península, la Granada nasrí, que, además, iba a desarrollar una vida independiente dos siglos y medio más.

El Reino Nazarí de Granada

Tras la caída de los almohades y las terceras taifas, el único estado musulmán que sobrevivió en la Península Ibérica fue el Reino Nazarí de Granada, fundado por Ibn al-Ahmar en 1232.

La fragmentación del imperio almohade en el Magreb dio lugar a tres reinos independientes: los hafsíes en Túnez, los zayyaníes en Tremecén y los benimerines en Marruecos.

Estos reinos compitieron entre sí por el control del Magreb, pero ninguno logró reunificar la región bajo su dominio.

Los benimerines, en particular, mantuvieron una estrecha relación con el Reino Nazarí de Granada, interviniendo en varias ocasiones en la Península Ibérica para apoyar a los musulmanes contra los cristianos.

Relaciones entre al-Ándalus y el Magreb

A lo largo de los siglos XIII y XIV, hubo un intenso intercambio comercial, cultural y militar entre al-Ándalus y los reinos del Magreb.

Los benimerines, en particular, jugaron un papel importante en la defensa de los territorios musulmanes en la Península Ibérica, aunque su influencia disminuyó tras la derrota en la batalla del Salado (1340).

Conclusión

El desmoronamiento del imperio almohade marcó el fin de la unidad política en el Occidente islámico y facilitó la expansión de los reinos cristianos en la Península Ibérica.

La fragmentación política en al-Ándalus y el Magreb permitió la consolidación del Reino Nazarí de Granada como el último bastión musulmán en la Península, mientras que los reinos cristianos avanzaban hacia el sur.

La historia de los almohades y su legado ilustra la compleja interacción entre las dinámicas políticas, religiosas y militares en la región durante la Edad Media.

Nuevos reinos en Norte de África

El cuadro histórico del s. XIII surgido del desmoronamiento del imperio almohade no quedaría completo sin una mirada al otro lado del Estrecho, donde se encuentra la mayor parte de los territorios de este imperio y en donde su desmembramiento también tuvo importantes consecuencias inmediatas y futuras para el reino nazarí. De hecho, las relaciones entre el reino nasrí y el norte de África serían sumamente intensas cuantitativa y cualitativamente y las dos riberas de la udwa estarán unidas por un constante tráfico comercial, humano y científico basado en la red de puertos de una y otra orilla.

A la fragmentación política de la Península en las terceras taifas se sumó el fraccionamiento del Magreb en tres reinos independientes. El primero que se desligó del poder central fue el gobernador de Ifriqiya en 1229; en 1236 se proclamó totalmente independiente y se pronunció su nombre en el sermón de la oración del viernes: surge así la dinastía hafsí. En 1235 la tribu beréber zanata –los almohades eran beréberes Masmuda– de los Banu Abd al Wad, bajo la dirección de Yagmusaran b. Zayyan (1235-1283), se hizo autónoma en Tremecén y la región circundante que tenía bajo su autoridad por delegación del gobierno almohade.

Otra tribu beréber cenete, emparentada con la anterior, los Banu Marin o Benimerines, se apoderó de Fez en 1248 y estableció su poder que se desarrolló rápidamente y que veinte años después, con la conquista de Marrakech, la capital almohade, en 1268, asestó el golpe definitivo a la dinastía.

Los tres estados tendrán una vida muy relacionada e interdependiente, con intereses comunes de expansión en la zona y al misma aspiración: el dominio de todo el Magreb para erigirse en sucesores del imperio almohade. También comparten un enemigo –y amigo, según el momento– común: los cristianos. Ninguno de los tres conseguirá su objetivo de unificar el Magreb bajo su dominio, pues, además de no tener suficiente fuerza y apoyo por separado, se obstaculizaban mutuamente el avance.

Otro factor importante en la época es el progresivo avance de los cristianos de la Península Ibérica, que, además de conquistar los territorios andalusíes, comienzan una política expansionista en el Magreb y entablan relaciones diplomáticas con los distintos reinos de la región, hasta el punto de firmarse pactos y alianzas entre cristianos peninsulares y musulmanes norteafricanos.

Por lo que respecta a los Hafsíes de Ifriqiya, su dinastía se extendió de 1229 a 1574 y tuvo veinticinco soberanos. Los más importantes fueron Abu Zakariyya (1228-1249), el fundador del reino, y su hijo al Mustansir (1249-1277), que consolidó el Estado y adoptó el título de califa. Tras él se abrió un periodo de rebeliones y ruptura de la unidad nacional que facilitó la conquista del país por los Meriníes en dos ocasiones; en 1347-1348 y en 1353-1358. La restauración del poder hafsí vino de la mano de Abu l-Abbas (1370-1394), que unificó el país tras someter las distintas rebeliones y puso las bases de un Estado nuevo y floreciente que se desarrolló a lo largo del s. XV, mientras los reinos vecinos, Meriníes y Zayyaníes declinaban.

Los Abd al Wadíes, también llamados Zayyaníes por el nombre de su primer dirigente, Yagmurasan b. Zayyan (1235-1283), dominaron el Magreb central y tuvieron por capital Tremecén durante más de tres siglos: de 1236 a 1554. Aunque empezaron con un rey que superó las dos primeras dificultades del nuevo Estado, las rivalidades tribales de los beréberes y la lucha con los Meriníes, no alcanzaron nunca una situación política fuerte y sólida, hasta el punto de caer dos veces en manos de los Meriníes (1137-1348 y 1352-1359) que, en general, fueron una constante amenaza para los Zayyaníes a lo largo de toda su historia. Igualmente, por su flanco oriental, los hafsíes también intervinieron cuando les fue posible, de manera que a partir de 1389 el reino vivió siempre como vasallo de Fez o Túnez.

Los Benimerines o Meriníes eran una confederación tribal zanata de los Banu Marin que frente a los Masmuda almohades fue fortaleciéndose y consolidando su posición hasta que en 1248 uno de sus jefes, Abu Yahya (1244-1258), tomó Fez. A partir de esta ciudad se desarrolló del avance y conquista de los restos del imperio almohade hasta culminar con la toma de su capital Marrakech, en 1268 por Abu Yusuf (1258-1286).

Se comenzaba a realizar así el sueño de los Benimerines: suceder a los almohades en su imperio, sueño que jamás llegó a realizarse, pues a pesar de sus esfuerzos militares y diplomáticos no consiguieron nunca reagrupar los estados del Magreb, dividido ya para siempre en tres estados, ni extender su dominio a lo que quedaba de al Ándalus. No obstante, el crecimiento en esta primera etapa fue considerable: se realizaron dos expediciones a al Ándalus, en 1275 y en 1277, y se fundó Fez al Yadid.

La situación se mantuvo con dificultades –rebeliones internas– durante el reinado de Abu Yaqub (1286-1307) y empezó a declinar tras él hasta que uno de los principales, si no el principal sultán de la dinastía, Abu l-Hasan (1331-1351), marcó el momento más pujante de los Benimerines, junto con el periodo de su hijo y sucesor Abu Inan (1348-1358). El país vivió entonces un momento tan boyante que se permitió dedicar sus fuerzas a la expansión. Se llevaron a cabo expediciones en al Ándalus, aunque no con un éxito absoluto, se conquistó Tremecén en 1337 y 1352 y Túnez en 1347 y 1357, se realizaron las más importantes construcciones de la dinastía, como mezquitas en Fez y Mansura, numerosas madrasas, restauración del hospital de Fez, etc.

Posteriormente, la anarquía y debilidad de los soberanos propició el dominio en la corte y el gobierno de la familia wattasí a partir de 1420, situación que desembocó en la suplantación de los Meriníes en 1465 por la mencionada familia que estableció la dinastía de su nombre los Wattasíes. Dinastía de escasa relevancia política, tuvo que enfrentarse a graves problemas interiores (la descomposición del país por los movimientos de independencia locales y de las cofradías religiosas) y exteriores (los ataques marítimos portugueses y castellanos).

De los tres reinos, sin duda el más importante para al Ándalus fue el del Magreb occidental meriní. Durante los siglos XIII y XIV los Banu Marin intervinieron políticamente en el emirato nazarí, si bien no se trató de una invasión u ocupación total como las dos dinastías, también beréberes, anteriores de los Almorávides y Almohades.

La de los Zanata es una ocupación mucho más reducida en el tiempo y el espacio que la de los Sinhaya almorávides y Masmuda almohades, pues sólo ocuparon tres ciudades importantes: Algeciras, Gibraltar y Ronda. Sin embargo, tuvo un considerable efecto moral y retrasó el avance castellano, pues ya desde finales del s. XIII los sultanes benimerines pasaron personalmente a al Ándalus en cinco ocasiones y, durante la primera mitad del XIV, participaron intensamente en la lucha por la hegemonía del estrecho de Gibraltar; por ejemplo, en 1333 los Meriníes volvieron a ocupar Gibraltar, en poder de los castellanos.

La derrota meriní en esta lucha, en 1340, en la batalla del Salado, junto a los nazaríes, provocó la salida de las tres plazas que ocupaban y su retorno a Fez para centrar su política exterior en Abd al Wadíes y Hafsíes.

Por otra parte, hay que señalar que la ocupación que de algunas plazas que los meriníes efectuaron la realizaban como aliados de los nazaríes, en principio, aunque el entendimiento y la armonía de intereses no siempre fuera total y los recelos de los sultanes granadinos respecto al poder benimerín provocara la ruptura esporádica de la colaboración, Sigue latiendo, en el fondo, el sentimiento de andalusidad en contra del beréber norteafricano.

Así, la excesiva injerencia de los Benimerines en los asuntos internos de los nasríes provocó, que, en cierto momento, éstos se volviesen nuevamente hacia los cristianos y buscasen la alianza con los Zayyaníes de Tremecén. La ruptura entre los nasríes y los meriníes fue definitiva en 1372, cuando Muhammad V estableció relaciones cordiales con Tremecén y Túnez y ocupó Gibraltar, último enclave meriní de al Ándalus".

Viguera Molins, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII.2 pp. 73-74

Abd Al Mumin Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1130-1163Primer califaAbu Yaqub

Abd Al Mumin. Primer califa almohade en tanto que sucesor de Ibn Tumart, el fundador del movimiento almohade y considerado Madhi (figura mesiánica musulmana). Abd al Mumin fundó la dinastía muminí que gobernó el imperio almohade hasta su desaparición en el siglo XIII.

Su nombre completo es Abu Muhammad Abd al Mumin ibn Alí ibn Alwi ibn Yala. Por línea materna las genealogías pro—almohades entroncan a Abd al Mumin directamente con el Profeta a través de los descendientes idrisíes de éste que habían gobernado en el Magreb (actual Marruecos) desde el siglo VIII. Por lo que se refiera al linaje paterno remonta su origen a la tribu árabe de los Qays Aylan.

El epónimo de esta tribu habría tenido un hijo, Barr, del que descenderían los bereberes según leyendas que gozaron de aceptación entre los genealogistas bereberes. La genealogía que enlazaba a Abd al Mumin por vía familiar con Qays Aylan cumplía varias funciones: por un lado, lo vinculaba con la tribu del Profeta (Qurays); también lo vinculaba con la tribu de un profeta pre—islámico, Jalid ibn Sinan, quien parece haber sido objeto de culto entre los bereberes de la zona argelina; por último lo vinculaba con las tribus árabes de los Banu Salaym y los Banu Hilal, que, tras penetrar en el Norte de África, se habían convertido en una de las piezas principales de la política militar de la región.

La derrota que a esas tribus árabes infligió Abd al Mumin en Sétif fue seguida de su absorción dentro del ejército almohade con objeto de contrarrestar el peso de los elementos bereberes, especialmente los Masmuda (la tribu de Ibn Tumart), sobre los que se había fundamentado el movimiento almohade en sus orígenes.

La genealogía Qaysí que es la que cantarían los poetas en numerosos panegíricos que se conservan dedicados a él y a sus descendientes, era por tanto muy ventajosa para la legitimación política y religiosa de quien reclamó el califato para sí y sus descendientes. En realidad, Abd al Mumin era beréber, perteneciente a los Kumia, una facción de la tribu zanata.

Encuentro con Ibn Tumart

Los Kumia estaban asentados en el norte de lo que es hoy la provincia de Orán, cerca de Nadrona. En una aldea llamada Tagra nació Abd al Mumin. De joven, dejó su lugar de nacimiento en compañía de su tío con objeto de llevar a cabo un viaje de estudios. Al llegar a Bugía (1117), en un suburbio de esta ciudad llamado Mallala, se produjo el encuentro con el maestro que habría de cambiar su destino. En efecto, allí residía Ibn Tumart, conocido como el "alfaquí de Sus". Ibn Tumart era también beréber, aunque de otra tribu, los Masmuda (facción de los Harga).

Según sus biógrafos, Ibn Tumart estuvo en Oriente y allí habría estudiado en Bagdad con al Gazali, famoso jurista y teólogo responsable de haber llevado a cabo una profunda renovación de las ciencias religiosas islámicas, y con otro maestro de la época, el andalusí al Turtusi, en Alejandría. Abd al Mumin decidió unir su destino al de su maestro.

Por su parte Ibn Tumart habría advertido enseguida que aquel joven tenía cualidades especiales. Cuando el maestro tuvo que huir de Marrakech, la capital almorávide, temiendo por su vida por haber polemizado con los alfaquíes del régimen y por haber censurado a la dinastía reinante, Abd al Mumin le siguió en su retiro, primero a Agmar y luego a Tinmal, obteniendo un puesto en el "Consejo de los Diez" y entrando a formar parte, por adopción, de la tribu de Ibn Tumart.

Participó en las primeras expediciones militares de los almohades contra los almorávides. Fue especialmente destacada su participación en la batalla de al Buhayra en 1130, cuando los almohades intentaron la conquista de Marrakech sufriendo una derrota y graves pérdidas, pues falleció Basir al Wansarisi, el sucesor previsto de Ibn Tumart.

Al Baiyaq, testigo de los hechos, cuenta que Abd al Mumin le dijo que fuese a informar a Ibn Tumart de la derrota. Cuando así lo hizo, Ibn Tumart, (que para entonces ya había sido proclamado Madhi), le preguntó si Abd al Mumin seguía vivo. Al contestarle que si, pero que le habían herido en el muslo derecho, el Madhi habría exclamado "Vuestra autoridad ha sido preservada".

Sin embargo, la sucesión de Ibn Tumart fue un asunto mucho más controvertido y complicado. De hecho al Madhi murió en 1130 y el juramento de fidelidad de Abd al Mumin como sucesor suyo no tuvo lugar hasta el año 1133. A pesar de este nombramiento a Abd al Mumin le quedaba un largo camino por recorrer hasta ver afianzada su situación, tanto por lo que respecta a sus enemigos externos como internos. En ese camino mostraría sus extraordinarias cualidades como jefe militar y político.

Expediciones contra los almorávides

En una primera etapa, centró su actividad en el mando del ejército almohade (constituido principalmente por bereberes Masmuda y las otras cabilas que se habían unido al movimiento), organizando expediciones militares contra los emires almorávides que, poco a poco, le permitieron la ocupación del territorio que corresponde al actual Marruecos y la parte occidental de Argelia.

Primero atacó el Sus y el Dra y, a continuación las fortalezas almorávides que rodeaban el Gran Atlas y luego, en la Guerra de los Siete Años (1139-1146) destruyó a sus enemigos. Los ejércitos de Abd al Mumin y Tasufin se enfrentaron en Tremecén en 1145; el derrotado emir almorávide falleció ese mismo año.

El camino a Fez quedaba así abierto (la ciudad cayó tras un asedio de nueve meses en 1146), siguieron Miknasa y Salé. Marrakech fue conquistada a continuación, en el mes de abril de 1147, pesar de la resistencia ofrecida. Hubo una gran matanza de almorávides, dándose muerte al joven príncipe Ishaq ibn Ali ibn Yusuf —último emir almorávide—.

La caída de Tánger y de Ceuta en mayo-junio de 1148 completó la conquista almohade de Marruecos, conquista que duró casi unos veinte años, desde la primera ofensiva infructuosa contra Marrakech en 1130. Fue una conquista brutal en la que hubo frecuentes masacres y persecuciones de la población civil, brutalidad que fue denunciada décadas más tarde por el famoso jurista Ibn Taymyya, quien acusó a los almohades de haber dado muerte a miles de musulmanes (de hecho, el Madhi había prometido a sus compañeros más próximos que los habitantes de los territorios que conquistaran serían sus esclavos).

Una vez conquistado Marruecos Abd al Mumin extendió sus conquistas más allá de las posesiones que los almorávides habían tenido en el Magreb. La conquista de Ifriqiya (Tunicia) fue relativamente fácil, ya que las dinastías sinhaya de Bugía y Qayrawan estaban muy debilitadas, entre otros factores por las incursiones de las tribus árabes beduinas de los Banu Sulaym y de los Banu Hilal, así como por los ataques normandos, quienes durante el reinado de Roger II, habían conseguido ocupar algunos puertos tunecinos. Esta presencia cristiana hacía que la penetración almohade en la zona pudiese ser presentada como "guerra santa".

Abd al Mumin pasó dos años en el puerto de Salé, reuniendo un gran ejército y se lanzó luego hacia el Este, ocupando Argel, Bugía y la Qala de los Banu Hammad. En Sétif infligió una gran derrota a los árabes nómadas a servicio de los Hamudíes de Bugía (1153). Hacia enero de 1160 había logrado apoderarse de toda Ifriqiya, incluyendo las ciudades costeras en poder de los normandos de Sicilia. Durante esta campaña también conquistó Susa, Qayrawan, Sfax, Gafsa, Gabes y Trípoli.

Por primera vez, el Occidente islámico quedaba unificado bajo una única dinastía originaria de la región. Sólo los Banú Ghaniya de Mallorca quedaron como último resto del estado almorávide, que como segunda taifa se mantuvo fuera del dominio almohade hasta el año 1203. Fue en esa época cuando Abd al Mumin ordenó realizar un catastro en todo el Magreb, con la intención de someter al tributo de capitación (jaray) a todos los habitantes no almohades, a los que por su impiedad se consideraba como no creyentes y, por tanto, sujetos al impuesto, aunque fuesen musulmanes.

Intervención almohade

La intervención de los almohades en la Península Ibérica había comenzado en 1145, inmediatamente después de la conquista de Tremecén y del fallecimiento del emir almorávide. Los almorávides habían sido aceptados como gobernantes mientras cumplieron con la defensa del territorio musulmán contra los cristianos. Pero la conquista de Zaragoza por los cristianos en 1118 supuso una gran conmoción. En septiembre de 1125, Alfonso I de Aragón, el Batallador, pudo penetrar con sus tropas en las regiones de Granada y Córdoba sin encontrar resistencia durante varios meses, llevándose de vuelta consigo a parte de la población mozárabe que allí encontró.

El avance cristiano continuaba en el Norte de la Península, donde la últimas fortalezas musulmanas en el valle del Ebro fueron conquistadas (Tortosa cayó en manos cristianas en 1148, Lérida y Fraga en 1149) Los castellanos ocuparon Almería en 1147, cuando el rey leonés castellano Alfonso VII logró obtener el apoyo de Ramón Berenguer IV, de García V Ramírez de Navarra y de la flota genovesa, manteniéndose en esa ciudad hasta la conquista almohade del año 1157. Quedaba un reducto almorávide en Granada, ciudad que no fue conquistada por los almohades hasta 1155, lo cual explica que el ejército almohade no lograse penetrar en el Levante de al Ándalus hasta después de esas fechas.

La conquista cristiana de Almería había mostrado cuán beneficiosa era la política de alianzas entre distintos poderes de la cristiandad. Lo mismo se demostró en la zona occidental, donde en marzo de 1147 Alfonso I Enríquez de Portugal logró conquistar Santarém y el 24 de octubre Lisboa, esta última ciudad gracias a la ayuda prestada por los cruzados de Colonia, Flandes e Inglaterra que se dirigían en barco hacia Tierra Santa. Ni Santarém ni Lisboa en el Oeste, ni las fortalezas del valle del Ebro conquistadas entre 1148 y 1149 serían recuperadas por los musulmanes quienes en esos años perdieron valiosos territorios desde el pinto de vista estratégico.

De las taifas de Al Ándalus no solo Ibn Qasi de Mértola solicitó la intervención de los almohades, también los régulos de Córdoba y Jerez manifestaron desde un principio su sumisión. Los almohades enviaron tropas que se apoderaron de Jerez, Niebla, Mértola, Silves, Breja y Badajoz. En esas primeras expediciones también se apoderaron de Sevilla(1148) y Córdoba (1149). Muchas más dificultades hallaron para expandirse hacia el sudeste de Al Ándalus, Málaga cayó en 1153, Granada en 1155 y Almería en 1157.

Durante todo ese tiempo Alfonso VII obstaculizó en la medida de lo posible este proceso, y sobre todo quien más resistencia opuso a los almohades fue el régulo de Valencia y Murcia Ibn Mardanis (hijo de Martinez), que era conocido por los cristianos como el rey lobo, y al que los almohades no lograron someter hasta su muerte en 1172.

La resistencia ejercida fue tan grande que el gobernador de Sevilla (hijo del Califa) solicitó la ayuda de su padre y éste decidió pasar el estrecho. Pero previamente sintió la necesidad de crear una base de operaciones en la península, y no en Algeciras sino en Gibraltar, por lo cual dio ordenes en Al Ándalus para realizarla, convocando arquitectos y demás, estando lista la base hacia diciembre de 1160, fecha en la que desembarcó en Gibraltar, permaneciendo allí dos meses organizando Al Ándalus y luego envió su ejército contra Jaén, en la zona donde las tropas de Ibn Mardanis y su suegro Ibn Hamusk habían puesto en grave aprieto a los almohades en años anteriores.

Abd al Mumin volvió a Marruecos a comienzos del año 1162, confirmó a su hijo como gobernador de Sevilla y prometió enviar refuerzos. También mandó una circular en 1161 por la que condenaba a muerte a quienes no cumpliesen con el ritual de la oración (5 veces al día) ni con la obligación de pagar el impuesto de la faque.

Concentró sus tropas en Rabat (ciudad que había fundado frente a Salé en 1150), preparando una nueva expedición contra al Ándalus, donde tropas almohades acababan de recuperar Granada, con la que había logrado hacerse Ibn Hasmusk con ayuda cristiana y de Ibn Mardanis.

Intolerancia religiosa

A finales del siglo XII y principios del XIII se produjo el mayor momento de intolerancia religiosa entre las dos grandes religiones. La islamización forzosa de las minorías cristianas y judías hizo que a partir de entonces muchos judíos y sinagogas de Al Ándalus emigrasen definitivamente a Castilla, instalándose en los núcleos urbanos castellanos los primeros barrios judíos. No obstante algunos judíos, sobre todo los de Granada, se rebelaron y se conjuraron con Ibn Mardanis (el rey lobo de Valencia y Murcia) para entregarle Granada si decidía ayudarlos.

Les abrieron las puertas de la ciudad, que Ibn Mardanis retuvo hasta 1162. Abd al Mumin dio orden de que Córdoba volviese a funcionar como capital de al Ándalus. Pero tras una larga enfermedad, Abd al Mumin falleció el mes de mayo de 1163. Sus restos fueron llevados de Salé a Tinmal, donde fue enterrado cerca de la tumba de Ibn Tumart.

Además del rey lobo, se mostraron bélicos Alfonso I Enríquez de Portugal (que le había arrebatado Breja), Fernando II de León y Alfonso VIII de Castilla. Para hacer frente a estos enemigos el califa preparó una gran flota de 200 navíos, pero la muerte sorprendió a Abd al Mumin y su heredero >Yusuf I, gobernador de Sevilla, no tendrá más alternativa que dirigirse al Magreb para resolver los problemas sucesorios, asuntos que le retendrán allí hasta 1171.

Entre tanto Ibn Mardanis seguirá haciendo la guerra, además, aprovechando la ausencia de Yusuf, surgirán unos héroes populares, como el caso del portugués Giraldo Sin Miedo, que con la ayuda de unos caballeros se apodera de plazas como Trujillo, Cáceres o incluso ciudades importantes como Évora o Badajoz. Estos éxitos cristianos no siempre favorecen a ellos mismos, ya que los portugueses entran en zonas de Extremadura que Fernando II de León cree suyas, y lucha a favor de los almohades contra las tropas portuguesas, que son más poderosas que sus eventuales aliados islámicos.

Abd al Mumin mantuvo su capital en la ciudad que lo había sido del imperio almorávide, Marrakech, estableciendo su residencia en el palacio de los emires almorávides. En Marrakech creó un gran jardín con numerosas fuentes y árboles frutales. El reformismo religioso del movimiento se manifestó visiblemente mediante la purificación y reorientación de las mezquitas, en una nueva llamada a la oración y en unas nuevas monedas en las que predominaba la forma cuadrada y en las que se menciona a Dios, a Muhammad y al Madhi.

Abd al Mumin desarrolló un ambicioso programa de legitimación político-religiosa de su gobierno con miras también a asegurar la de sus sucesores, dando así a la dinastía muminí por él fundada una sólida base doctrinal y conceptual. La legitimidad para gobernar le venía a Abd al Mumin de ser el heredero del Madhi Ibn Tumart, considerado vicario de Dios en la Tierra (jalifat allah) y figura cuasi profética (las visitas a Tinmal y a la tumba del Madhi serían frecuentes durante todo su reinado.

Abd al Mumin puso fin a las expectativas sucesorias cuando entre los años 1154 y 1156 proclamó heredero suyo a su hijo Muhammad.

Tenía el califa unos cincuenta y cuatro años y catorce hijos varones. La proclamación se hizo en Salé, no en la capital, Marrakech, en presencia del ejército árabe que era leal al califa. Se daba así un paso decisivo en el establecimiento de la dinastía muminí, pero también se creaba un caldo de cultivo favorable a la rebelión de aquellos que pensaban que el modelo original había sido traicionado.

Abd al Mumin se había casado con Zaynab, hija de Abu Imran Musa al Darir, miembro del Consejo de los Cincuenta de Ibn Tumart. Zaynab fue la madre de quien acabó siendo sucesor, Abu Yaqub Yusuf, pues su hermano Muhammad reino muy poco tiempo antes de ser destronado.

A Abd al Mumin se le debe también el establecimiento de una administración califal eficiente y compleja, basada en parte en la organización del movimiento creado por Ibn Tumart. Los talaba eran funcionarios adictos al régimen, encargados de la difusión de la doctrina almohade, que actuaban como predicadores y directores de la oración en las mezquitas; participaban también en la expediciones militares y en la Administración del Estado.

Muchos de ellos eran bereberes y utilizaban a menudo el beréber como lengua de instrucción. Por lo que se refiera a la estructura jerárquica del movimiento, Abd al Mumin eliminó los Consejos de los Diez y de los Cincuenta e introdujo importantes cambios: en primer lugar, situó a los almohades de la primera época (los que se habían unido al movimiento antes de la batalla de Marrakech de 1129) y en segundo lugar a aquellos que se habían unido entre 1129 y 1145 (fecha de la conquista de Orán); en tercer lugar venía el resto.

Por lo que se refiere a su relación con los dimmíes, Abd al Mumin habría abolido el estatus que les permitía mantener su religión judía o cristiana a cambio de estar sometidos al gobierno musulmán. En un proceso que se había agudizado ya en época almorávide, las comunidades cristianas desaparecieron casi por completo del territorio almohade.

Muchos judíos bien emigraron a territorio cristiano, bien a otras regiones del mundo islámico. A los judíos a los que se había obligado a convertirse al Islam se les obligó también a vestirse de manera diferente a la de los musulmanes "viejos".

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003

Abu Yaqub Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1163-1184Al MuminAl Mansur

Abu Yaqub Yusuf al-Mumin (1139-1184). Desde las iniciales bases tribales, parece que, de algún modo, se había establecido que Umar Inti, del grupo de los Diez y uno de los más antiguos compañeros del madhi Ibn Tumart, sería el sucesor de Abd al Mumin, pero el cambio de derrotero introducido por Abd al Mumin, desde las estructuras originales a la creación de su propia dinastía, llevaron a la renuncia más o menos forzada de Inti a la sucesión.

Que Abd al Mumin designara heredero a su hijo primogénito Muhammad, en 1155, prueba su entendimiento dinástico del califato almohade, logrado a fuerza de su energía y estrategias diplomáticas y militares. Mientras, su hijo Abu Yaqub destacaba en Al Ándalus, y, llamado en 1162, en circunstancias que desconocemos, conseguiría desplazar a su hermano Muhammad y alzarse con la sucesión. La fuentes critican a Muhammad su ebriedad, falta de criterio, ligereza, a pesar de lo cual parece -al Baydaq no lo menciona- que ejerció el califato durante cuarenta y cinco días, hasta ser depuesto (VII-1163) por Abu Yaqub, ayudado por su hermano Abu Hafs Umar, que rigió el Estado durante la enfermedad de su padre, y protagonizó, sin duda, la proclamación de su hermano de doble vínculo Abu Yaqub

Abu Yaqub tenía veinticinco años, había vuelto a Sevilla antes de morir su padre, y seguramente en llegar a Marrakech invirtió los pocos días que ejerció su hermano Muhammad. Su estancia sevillana, desde 1155, le había convertido en hombre cultísimo. Tres de sus hermanos y varios notables almohades se opusieron a su subida al trono, y sus primeros esfuerzos estuvieron concentrados en ser proclamado. Licenció al gran ejército que su padre había reunido, pues hubo de retrasar su intervención directa en Al Ándalus hasta 1171, en estancia que duró hasta comienzos de 1176, realizando campañas de poco éxito; en 1184 volvió de nuevo a Al Ándalus, y atacó Santarem, en cuyo cerco fue herido de muerte.

Suele alabársele como el más grande de los califas de su dinastía, pero para ello le faltaron éxitos auténticos y durables, aunque se apunte a su tiempo la sumisión de los resistentes andalusíes en Jaén, Murcia y Valencia, logrando la unidad andalusí, pero perdiendo algún territorio ante castellanos y portugueses, y fracasando en persona ante Huete y Santarem. Buen administrador, en realidad heredó el auge logrado por su padre, y él lo mantuvo sin decadencia advertible. La prosperidad económica de su califato es notada por los cronistas Ibn Sahib Al Salat y Al Marrakusi: tiempos de fiesta describen esos privilegiados funcionarios, de banquetes y celebraciones por la mucha abundancia, la seguridad general, la amplitud de ingresos estatales, los víveres numerosos; pero seguramente el bienestar no alcanzó a todos.

Fue desde luego el más culto califa almohade, y su mecenazgo y construcciones dan brillo a su reinado, pues su nombre es inseparable del de Averroes. Retratos excelentes, en lo físico y en lo moral, pintan de él los cronistas. Signo de su complicado ascenso al poder fue que, en un principio, no adoptara más título que el de emir. Solo alrededor-III-1168 pudo empezar a titularse califa y emir de los creyentes. Así lo cuenta el cronista por excelencia Ibn Sahib Salat. Decidido esto en Marrakech, las provincias se adhirieron. El sayyid Abi Ibrahim Ismail, gobernador de Sevilla y hermano de Abu Yaqub, recibió comunicación de las nuevas disposiciones en la titulación soberana, y órdenes de que los andalusíes las acataran; en efecto, en acta firmada el 28-III-1168, se expresaba.

En nombre de Dios, Clemente y Misericordioso... después de que Dios distinguió al partido almohade por su recto proceder... sus almas acordaron renovar el bendito reconocimiento a nuestro dueño y señor, imam, califa, emir de los creyentes Abu Yaqub, hijo del emir de los creyentes [Abd al Mumin]... [otorgándole ahora] el título [califal].

Desde 1165 parecen los almohades reemprender, con energía, sus campañas andalusíes. Ibn Mardanis parecía no tener fin. Contra esa resistencia partió de Marrakech el hermano preferido de Abu Yaqub, su mano derecha en el poder, el sayyid Abu Hafs Umar, que en Gibraltar se entrevistó con su hermano Abu Said Utman, gobernador de Al Ándalus, para volver ambos por más tropas al Magreb, mientras sus soldados en Al Ándalus conseguían una cadena de éxitos, ante los cuales el cronista Ibn Sahib al Salat se ilusiona: ¡empiezan los triunfos a alborear!, por una parte frente a los cristianos (sobre todo al oeste, agitado por Giraldo Sempavor, el Cid portugués), y por otra frente a los resistentes mardanisíes.

En esta reacción, empiezan por reducir la presión a Ibn Mardanis sobre Córdoba, venciendo a sus soldados en Luque, en julio de 1165. Antes de acabar ese mes, los sayyid -es Abu Hafs y Abu Said volvieron de Marrkech con refuerzos importantes de tropas árabes de Riyah, Atay y Zugba. Desde Sevilla avanzaron contra Andújar, y la tomaron en septiembre, utilizando esa antigua base de operaciones de Ibn Mardanis para asolar Galera, Caravaca y Baza, y la sierra de Segura, tomando Cúllar y Vélez Rubio, y marchando sobre Murcia, donde vencieron los almohades, en Fahs Al yallab, encerrándose Ibn Mardanis tras las murallas murcianas.

La noticia de este triunfo llegó a Marrakech dieciséis días después con máxima rapidez, el 31-X-1165. Los almohades no pudieron entonces plantear una situación de asedio a Murcia, porque tras ellos estaba el aún resistente Ibn Hamusk, y se limitaron a coger botín y simbólicamente a acampar en la residencia mardanisí de Larache al Faray o hisn Al faray, entre el Castillejo y Monteagudo. Se sabe que aquellas tropas magrebíes fueron licenciadas, volviendo al Magreb con el sayyid Abu Hafs al Magreb, donde los bereberes gumara, entre Ceuta y Alcazarquivir, se alzaron en 1166, siendo reducidos en el verano de 1167.

El sayyid, Abu Said se ocupaba del gobierno de Córdoba, por donde seguían hostigando los residentes andalusíes, mientras mercenarios cristianos de Ibn Mardanis atacaban Ronda, partiendo de Guadix, en 1168, aunque fueron atajados a su vuelta por los almohades, que lograron el castillo de la Peza, enclave desde el cual los mardanisíes tenían en jaque a Granada. Los almohades avanzaban lentos, pero seguros, hacia la unificación andalusí bajo su mando; en septiembre de 1167 lograron Tavira, donde Abdallah Ubayd Allah mantuvo su autonomía durante dieciséis años.

Entretanto se había consolidado la expansión portuguesa, tanto por impulso real como de un caudillo de la frontera, el ya citado Giraldo Sempavor, que comenzaba su ofensiva contra Al Ándalus hacia 1163, y logró tomar Trujillo, Cáceres y Évora en 1165, al año siguiente Montánchez y Serpa, y en 1169 Badajoz, afectando tanto las posesiones o perspectivas de Fernando II de León (1157-1188), que pactó con los almohades, siendo el más espectacular suceso de tal alianza, a finales de 1169, la entrada conjunta en Badajoz, recién tomada por los portugueses, aunque los almohades resistían en su alcazaba.

Fernando II, apodado por los andalusíes el Baboso, dejó a los musulmanes Badajoz, exclamando, según el cronista Ibn Sahib Al Salat: Es la casa del emir de los creyentes y no entraré en ella sino porque él me los pida . Poco después fundaba la Orden de Santiago y la colocaba en la Extremadura cacereña, estratégicamente dispuesta a avanzar. Frente a los cristianos, los éxitos almohades en este periodo de Abu Yaqub fueron limitados.

Además, se reincorporó al escenario conquistador Castilla, desde 1169 ó 1170 regida personalmente por Alfonso VIII, cuyo tutor, Nuño de Lara, algareó Ronda y Algeciras en la primavera de 1170. E iba fraguando un mejor acuerdo entre los reinos cristianos peninsulares, comenzando a aplicarse el tratado de Sahagún de 1158, por el cual a León correspondía expandirse por Extremadura y Sevilla, y a Castilla desde el Guadalquivir a Granada. Giraldo, por su cuenta hasta 1173, seguía acosando Badajoz, a pesar de haber tenido que ceder a unos y otros sus primeras conquistas. Y de nuevo acudió Fernando II a defender los intereses almohades, que eran también los suyos (no perder estas tierras), y volvió a pactar con ellos y a dejarles Badajoz a finales de 1170.

Los almohades recuperaron Jurumeña. Y los almohades culminaron su unificación de Al Ándalus. Fue decisivo que Ibn Hamusk acatara a los almohades en mayo-junio de 1169, con todo su territorio de Jaén, pues sus desavenencias con su yerno Ibn Mardanis se habían agudizado. Significativo es que la historiografía oficial almohade califique su acción de arrepentimiento . Durante un año tuvo que sufrir aún Ibn Hamusk ataques de su antiguo aliado Ibn Mardanis, hasta que los almohades pudieron auxiliarle, pues, entretanto, el califa Abu Yaqub convocaba a Marrakech a sus gobernadores en Al Ándalus, proyectando su primera gran campaña califal en la Península Ibérica.

Todo -o casi todo, pues aún se incorporarían más contingentes árabes- estaba preparado a lo largo de 1169, cuando el califa cayó enfermo, desde comienzos-IX-1169 a noviembre de 1170, contagiándose ligeramente de la peste que diezmaba el MagreIbn De todos modos, se aprovecharon los contingentes reunidos, pues mandados por el sayyid Abu Hafs Umar -llegado a Sevilla en septiembre de 1170- marcharon a Badajoz, como hemos referido, y desde la primavera de 1171, junto con soldados de Ibn Hamusk, fueron contra la resistencia levantina de Ibn Mardanis; tomaron Quesada y se instalaron otra vez en Larache, ante Murcia. La resistencia que aún quedaba empezó a desmoronarse en los meses centrales de 1171, pues Lorca, Elche y Baza se pasaron a los almohades.

Almería, que Ibn Mardanis dominaba desde poco después de su recuperación, en 1157, por los almohades, les reconoció, pasándose a ellos un primo y cuñado de Ibn Mardanis, llamado Muhammad Ibn Sahib Al Basit; también Alzira le abandonó, en junio de 1171, sin que el mismo Ibn Mardanis ni su hermano Yusuf el arráez -caudillo o jefe árabe o morisco-, gobernador de Valencia, pudieran recobrarla, pues cruzaba ya a la Península el califa Abu Yaqub, pasando desde Alcazarseguir a Tarifa el 3-VI-1171, en apariencia para combatir a los cristianos, pero interiormente para concluir el dominio del territorio andalusí, es decir, contra Ibn Mardanis. El 18 de junio se hallaba en Sevilla, el 5 de julio en Córdoba, desde donde envió tropas contra Toledo, que llegaron a cruzar el Tajo y lograron botín.

En septiembre, mientras su hermano Abu Hafs Umar acosaba a Ibn Mardanis, cuyo próximo fin se preveía, el califa y su ejército volvieron a Sevilla, donde invernó aquel 1171, comenzando sus obras en aquella ciudad que había gobernado, desde sus diecisiete o dieciocho años hasta ser proclamado califa, y donde, entre otras muchas mejoras, ordenó la construcción de una nueva mezquita aljama, todo esto se fue haciendo hasta 1178, en que volvió al MagreIbn Cuando retorne Abu Yaqub, en 1184, aún tendrá tiempo de iniciar la famosa Giralda, alminar de esa nueva mezquita .

sin parigual en ninguna de las mezquitas de Al Ándalus, por la altura de su cuerpo, el cimiento de su base, solidez de su fábrica, su estructura de ladrillo, lo extraordinario de su obra, maravilla de su estampa alzada por los aires al cielo, mostrándose a la vista desde una jornada antes de llegar a Sevilla, como las Pléyades

Ante esta definitiva presión de los almohades, todavía hubo más defecciones en el entorno de Ibn Mardanis: su hermano Yusuf en Valencia, Ibn Dallal en Segorbe, Ibn Amrus en Játiva... se le alzaron; Ibn Mardanis pactó entonces con el califa Abu Yaqub -al menos así lo indican los cronistas cortesanos-, comprometiéndose a que sus hijos y caídes se le sometieran, y murió, a los cuarenta y ocho años, en marzo de 1172. Su hermano Yusuf y sus hijos enviaron su acatamiento a los almohades, yendo uno de sus hijos, Hilal, a presentarse en Sevilla ante el califa, que lo acogió bien, lográndose una transición pacífica y una integración positiva de los mardanisíes en el estado almohade.

Una de las hijas de Ibn Mardanis casó con el califa Abu Yaqub, otra con su hijo Abu Yusuf; familiares y colaboradores de Ibn Mardanis fueron repuestos en sus cargos: su hermano Yusuf recuperó el gobierno de Valencia, y algunos hijos del pertinaz resistente ejercieron funciones en Denia, Játiva y Alcira. Pero también los cronistas almohades refieren el final de Ibn Mardanis, como antes el de Ibn Hamsuk, como una recuperación de la ortodoxia. Y tiene mucho interés la noticia de al Baydaq como marchó a Valencia el califa Abu Yaqub, nombrando de inmediato para controlar la situación a Yusuf Muhammad Igit, e instalando en Levante a diferentes cabilas bereberes y árabes: dejó árabes y zanatas en Valencia, sinhaya y Haskura en Játiva y Murcia, gentes de Tinmal en Lorca y de Kumya en Almería y Purchena.

Campañas de Huete y Santarem

La tensión con que esta unificación fue seguida al otro ladola frontera queda de manifiesto en las defensas emprendidas, e incluso las ofensivas efectuadas, pues Alfonso II de Aragón atacó Valencia en mayo de 1172. Pero, tras someter el Levante en 1172, los almohades pudieron dedicarse a cumplir, intensamente, su ideal de combatir a los cristianos septentrionales y defender el territorio andalusí. Parece que los hijos de Ibn Mardanis aconsejaron al califa ir contra Castilla, aunque este reino -hasta que Alfonso VIII no tome sus iniciativas y vaya sobre Cuenca, en 1177- les hostilizaba entonces menos que Portugal y León.

El relato pormenorizado, y en primera persona, de Ibn Sahib al Salat, pese al brillo que quiere dar a la campaña, y de que se logró tomar Vilches y Alcaraz, nos permite captar la falta de acometividad del ejército almohade, el poco interés bélico del culto y piadoso Abu Yaqub, y, sobre todo, la ineficacia de su intendencia, que no supo -o no pudo- aprovisionarse.

El itinerario de la aceifa, con el califa en cabeza, fue: Sevilla (6-VI-1172), Córdoba (12-VI), por Alcocer y Andújar (el 20) hasta cerca de Baeza, tomando Vilches y saliendo (el 26) hacia Alcaraz, castillos estos dos últimos que Ibn Mardanis había cedido a sus auxiliares cristianos. Desde Alcaraz a Bazalote (2-VII), tras aguada en el Júcar (el 6), Abu Yaqub se apostó frente a Huete (el 11), disponiendo la lucha para el día siguiente; la resistencia de los defensores del castillo impidió al ejército almohade rebasar la murallas.

Diez días mantuvieron el sitio de Huete los almohades, infructuosamente, y siguieron hacia Cuenca; los cristianos que la cercaban se retiraron, y los almohades pudieron socorrer la plaza, muy depauperada, según elocuente testimonio de Ibn Sahib al Salat, que en realidad nos da idea de cómo debía ser la trágica situación de las tierras andalusíes más expuestas al acoso exterior y más desconectadas del poder central.

El 26 de julio cundió la voz de que Alfonso VIII con su tutor y tropas acudían, y el califa decidió poner el Júcar por medio. Ambos ejércitos se contemplaron desde sendas orillas, y cuando, el 29, dispuso Abu Yaqub batallar, los otros habían levantado el campo. Los almohades volvieron por Levante, entre imprevisiones y apresuramientos. A Murcia llegaron el 17 de agosto, y seis después empezaron a partir los soldados, pues mantenerlos allí originó problemas. El 7 de septiembre el califa entraba en Sevilla.

La expansión portuguesa no cesaba. Alfonso Enríquez tomó Beja, pero la evacuó en enero de 1173, sin poder mantenerla. En abril, el conde Gimeno de Ávila el GibosoAbu l-barda = el de la albarda, según las fuentes árabes) llegó a algarear Sevilla, donde seguía el califa, atendiendo al reavituallamiento de Badajoz, intentado repoblar Beja, fortificando especialmente ese territorio, y enviando ataques hacia Talavera y Toledo. Castilla y Portugal solicitaron una tregua, en el verano de 1173, por sus problemas internos. Giraldo Sempavor se pasó a los almohades y sirvió en el Magreb, como otras milicias cristianas que constituían la guardia de los soberanos almorávides, almohades y de otras dinastías posteriores.

El califa pudo seguir dedicándose a hermosear su capital de Al Ándalus, Sevilla, consciente de la dimensión política de las obras públicas y del valor representativo de los monumentos ostentosos, que sancionaban la categoría soberana; en 1176 tuvo que volver al Magreb, donde los almohades tuvieron que hacer frente a varias insurrecciones. Se rompieron hostilidades con León (1174-1178). Al comenzar 1177, Alfonso VIII fue sobre Cuenca, y la tomó tras nueve meses de duro asedio (octubre de 1177).

Los almohades siguen empeñados en algarear Talavera, que les resulta una accesible réplica. Fernando II ataca Arcos y Jerez. Alfonso Enríquez de Portugal, concluidas treguas, razia el rico Aljarafe sevillano, en el verano de 1178, y en ese año los musulmanes evacuan definitivamente Beja, mientras todo el Algarve está sometido a duras contiendas por mar y tierra. Castilla hostigaba también por su lado, y Alfonso VIII llegó a tomar Setefilla. Los leoneses asediaron Cáceres en 1183. Pero el califa almohade no pudo volver a la Península, para intentar atajar todo esto, hasta mayo de 1184, con tropas masmudas y árabes. Su objetivo fue Santarem, y antes de salir de Sevilla, el 7-VI, ordenó levantar el gran alminar de su mezquita aljama, que tardó varios años en terminarse.

En esta campaña volvieron a ponerse de manifiesto los mismo defectos que habían impedido el éxito de la campaña de 1172, y sobre todo la falta de acometividad, cuya explicación más profunda reside en diversos factores de heterogeneidad de las tropas reunidas, dificultades de aprovisionamiento y, seguramente, las escasas dotes militares del califa, a quien de verdad le interesaban otros asuntos, cultos y píos. Asediaron estrechamente los almohades Santarem , pero con su lenta marcha dieron tiempo a los de allí se aprovisionaran; así, resistían. En esto, dejando el cerco de Cáceres, Fernando II de León acudía, y el califa decidió replegarse tras el Tajo el 3 ó 4 de julio.

En el desordenado repliegue, Abu Yaqub fue gravemente herido, y murió al poco, manteniéndose secreta su muerte hasta que su cortejo llegó a Sevilla, donde fue proclamado sucesor su hijo Abu Yusuf al Mansur el 10 ó el 11-VIII de aquel año de 1184. Con Abu Yaqub los almohades alcanzaron prosperidad económica y cultural, pero el descontento interno, aunque difícil de medir, aflora en el significativo episodio de los apoyos locales recibidos por el emir de las Baleares, Ali Ganiya, capaz de mantenerse allí, y desde 1184, él y luego su hermano Yahya, labrarse un dominio efectivo primero sobre el Magreb central, después en Ifriqiya y hasta Trípoli, como veremos.

Viguera Molins, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, T. VIII. 2 págs. 89-94.

Al Mansur Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1163-1184Abu YaqubAl Nasir

Abu Yusuf Yaqub al-Mansur (1160-1189). Pese a su condición de estructura ideológica y militar superpuesta en un vasto territorio, sometidos a diversas tensiones de disgregación, contenidas por la capacidad de sus tres primeros califas, durante el último cuarto del siglo XII los almohades alcanzan su apogeo, político y económico, lo cual llevó a su cima las manifestaciones culturales, en Al Ándalus y en el Magreb, así favorecidos por su relación, y consiguiendo entre otros logros un extraordinario florecimiento de la filosofía y de las ciencias, con la rica variedad de respuestas que finos pensadores de aquella época, como Ibn Tufayl, Avenzoar y Averroes especialmente, supieron dar a la existencia; con la proximidad de los tres, y con otros, se honraba este califa, también muy culto, y buen mecenas asimismo de ricas construcciones, sobre todo en Marrakech, Rabat y Sevilla.

Puede considerársele, en conjunto, como el más destacado de su dinastía, pero tras él, abruptamente, se inició la decadencia. Apenas podemos asomarnos, a través de las fuentes oficiales, a la situación de los dominados por la sobre-estructura almohade, entre los cuales a los malikíes de Al Ándalus, a través de episodios aislados les vemos recibir una de cal y otra de arena: Abu Yusuf, por sus tendencias zahíries, les pospone, pero otras veces les vemos triunfar, como al conseguir algunos alfaquíes que este califa revocara a Averroes como cadí -entre turcos y moros, juez que entiende en las causas civiles- de Córdoba, y su destierro temporal, antes de llevárselo consigo a Marrakech.

Es posible que estas oscilaciones sean indicio de la habilidad política de Abu Yusuf, que también demostró sus dotes militares en el Magreb y en Al Ándalus, conjurando en cada uno a los dos peligros de su imperio, la desintegración de elementos interna y la presión expansiva cristiana, consiguiendo ante ambos brillantes aunque efímeros triunfos.

Había nacido a principios de 1160; y, sin que su padre hubiera previsto -al menos oficialmente- sucesión ninguna, en él recayó, pues venía ejerciendo como su visir, y demostrando dotes. En su proclamación andalusí solo adoptó el título de emir, seguramente porque temía ciertas oposiciones, que en efecto empezaron a manifestarse por parte de algunos hermanos y tíos rivales que sabían sus maldades de juventud, según generaliza Al Marrakusi. Tras un mes en Al Ándalus, donde logró consolidarse, cruzó hasta Salé, el 9-IX, dejando a sus hermanos Abi Ishaq, Abu Yahya y Abu Zayd como gobernadores en otras tantas regiones. En Rabat, venciendo oposiciones de sus tíos a costa de grandes recompensas, volvió a repetirse su proclamación, y ya se tituló emir de los creyentes .

Los Banu Ganiya de Baleares

Instalado enseguida en Marrakech, comenzó con mucha firmeza su gobierno. Empezó por hacer frente a problemas magrebíes, pues la situación de casi endémica rebeldía en Ifriqiya se complicó ahora con la intervención de los Banu Ganiya: esa rama de almorávides, independizada en las Baleares, reconocía a los Abasíes y no a los almohades, cuyo califa Abu Yaqub pretendió someterles, lo cual no logró al fin, y los Banu Ganiya pasaron a la ofensiva, pues defendían también su mercado mediterráneo, compitiendo en ello con los almohades, cuyos tratados de comercio y diplomáticos con el papado, Sicilia y Pisa, en 1176 y 1196 precisamente resultan muy significativos.

Los Banu Ganiya tomaron Bugía en noviembre de 1184, reteniéndola durante siete meses, y protagonizando el primer gran ataque en tierras del Magreb contra el imperio almohade. Desde Bugía ocuparon también Argel, Miliana, Asir y la Qal at Bani Hammad, zonas algunas de ellas del antiguo reino hammudí, cuya desposesión por al Mumin seguía encontrando afanes vengativos, por lo cual muchos habitantes recibían contentos a este rebrote almorávide de los Banu Ganiya.

Los almohades recuperaron Bugía, en junio de 1185, y luego las demás plazas. Ali Ganiya se internó en el sur tunecino, tomó Tozeur (1186), luego Gafsa, y dirigiéndose a Trípoli, donde se le unieron los contingentes trucos de los Guzz (enviados desde el califato abbasí contra el heterodoxo califato almohade, ingrediente importante del conflicto), más los árabes "dabbat" y parte de los "riyah", y grupos de bereberes "lamtuna" y "massufa" (pilares antes de los almorávides), logró dominar el Yarid, mientras el mameluco Qaraqus, el jefe de los Guzz, se instalaba en Gabés.

Ali Ganiya recuperó el control de la Baleares y se adueñó de Ifriqiya, excepto de sus ciudades de Túnez y Mahdiyya. Abu Yusuf acudió allí desde diciembre de 1186, regresando totalmente victorioso en marzo de 1186. Este gran ataque contra el califa almohade dio pie a que dos tíos suyos, Abu Ishaq Ibrahim y Abu l-Rabi Sulayman, conspirasen contra él en el Magreb, como también su propio hermano Abu Hafs Umar al Rasid, gobernador de Murcia, que llegó a aliarse con Alfonso VIII, alzando los impuestos para sostener su causa. A los tres la intentona les costó la vida.

La Batalla de Alarcos

Estos alzamientos magrebíes habían animado también los ataques cristianos, siempre dispuestos, en la Península. Al fin, los atendió Abu Yusuf. Esos problemas magrebíes retrasaron, hasta 1190, la venida de Abu Yusuf a la Península Ibérica para oponerse a las peligrosas ofensivas portuguesa y castellana: una de cruzados hacia Jerusalén (Saladino lo había tomado en 1187) ayudó a Sancho I de Portugal o povoador a apoderarse de Silves, en IX-1189, tras cuatro meses de asedio, más otros enclaves menores, como Alvor.

Los castellanos algareaban Córdoba y Sevilla, y Alfonso VIII se aliaba con al Rasid, como vimos, y con Abdallah Ganiya de Mallorca; en junio de 1190 tomó Magacela, decastó Reina y Alcalá de Guadaira, entrando luego por el sureste y apoderándose de Calasparra. En abril de 1190, el califa desembarcó en Tarifa, subió directamente a Córdoba, y aceptó treguas con Castilla, teniéndolas ya con León, pues su objetivo era Portugal. Por el valle del Guadiana subió al Tajo, enviando tropas contra Silves y Évora. Tomó Torres-Nova, pero en Tomar fue en parte derrotado. Volvió a Sevilla el 26-VI-1190. En abril del año siguiente, desde Sevilla atacó Alcacer do Sal, que tomó en junio, plantándose luego ante Silves, y antes de un mes la había conquistado.

Los portugueses firmaron treguas, y Abu Yusuf volvió triunfalmente al MagreIbn Varios problemas le retuvieron allí, pues aparte los alzamientos de al Yaziri (en Marrakech) y de Al Asall (en el Zab), ambos con pretensiones religioso-políticas, muy indicativas del las tensiones sociales así expresadas, el dominio de los Banu Ganiya durará aún medio s. en Ifriqiya y la Tripolitania.

Tras treguas con Castilla y León, desde 1191, expiradas en 1195, Alfonso VIII atacaba con denuedo. El papa Celestino III (1191-1198) impulsaba el avance cristiano en la Península, consiguiendo en 1192 concertar a León, Castilla y Aragón, con amplias consecuencias. El arzobispo de Toledo algareaba el valle del Guadalquivir y Alfonso VIII reconstruía la cuña de Aledo. Abu Yusuf cruza la Península Ibérica de nuevo, en 1195: hasta Tarifa (1-VI), de Sevilla a Córdoba (el 23), y pasado el Muradal se apostó por la llanura de Salvatierra y el Campo de Calatrava.

Alfonso VIII sobrevaloró sus tropas, y la estrategia adoptada por el almohade le hizo obtener la sonada victoria de Alarcos: parece verdad la superioridad numérica del ejército almohade, como refiere -además interesadamente- la I Crónica General, pues vuelve a ponerse de manifiesto la capacidad de los cuatro primeros califas de esta dinastía para levantar un ejército numeroso ante situaciones concretas, formado en su mayoría por voluntarios norteafricanos, que, sin embargo -por razones de intendencia y cohesión-, no podían mantener en campaña mucho tiempo.

Abu Yusuf -a diferencia de otras batallas suyas o de su padre o abuelo- logró además cohesionar los diferentes componentes de su ejército, que, a una, realizaron su decisiva táctica envolvente. Es curioso que respecto a este triunfo de Alarcos, un compilador de noticias históricas y geográficas algo tardío, Al Himyari, transmita:

He oído contar que esa victoria fue casual, pero a raíz de ella, los almohades recuperaron hasta Alarcos, Guadalferza, Malagón, Benavente, Calatrava la Vieja y Caracuel

Fue un combate comparable y comparado al de Sagrajas (Zallaqa). El califa volvió triunfal a Sevilla, y allí celebró su victoria, resonante, pero que no le dio bazas duraderas. La cristiandad entera se alarmaba de este Saladino que tenía más cerca.

Sin aceptar las propuestas de tregua de Alfonso VIII, volvió Abu Yusuf a atacarle en la primavera del año siguiente, logrando rendir Montánchez, ocupar Trujillo y Santa Cruz, y Plasencia, llegando a talar tierras de la bien guardada Talavera, Maqueda, Toledo, Oreja, Madrid, Alcalá de Henares, Guadalajara, Huete, Uclés, Cuenca, Alarcón, entrando a Al Ándalus el 19 de agosto, por Jaén, donde, al saber de la actividad de los Banu Ganiya en Ifriqiya, aceptó treguas con Castilla, no con Alfonso IX de León.

Al poco, Castilla y León se concertaron, sufriéndolo las fronteras andalusíes. No carece de interés, según esos testamentos que las fuentes árabes gustan poner en boca de personajes en trance de morir, que el califa Abu Yusuf, según el cronista Ibn Idari, habría dicho a sus cortesanos.

Os recomiendo a los huérfanos y a las huérfanas; [al preguntarle] ¿quiénes son?... respondió: la huérfana es la Península de Al Ándalus y los huérfanos los musulmanes que la habitan; tenéis que ocuparos de lo que allí conviene: elevar sus murallas, defender sus fronteras, entrenar a sus soldados

Refleja los afanes almohades, pero muy pronto, desde el califa siguiente, Abdallah al Nasir (1199-1213), la situación andalusí sufrió pérdidas irreparables. De la larga campaña en Al Ándalus (1195-1197) regresó Abu Yusuf enfermo al Magreb, y redobló sus característicos actos de piedad y cumplimiento riguroso de virtuoso soberano musulmán, y murió, aureolado por rasgos legendarios, el 12 ó 22-I-1199. Mereció su sobrenombre honorífico de ayudado por Dios a triunfaral-Mansur, pero introdujo, en la evolución del imperio, una cierta relajación en la consideración hacia el madhi Ibn Tumart, y por tanto hacia la esencia del dogma almohade.

Esta tendencia centrífuga culminará en el califato de un hijo suyo que, al acceder al poder, llegó a abjurar públicamente de la doctrina almohade. En el otoño de 1191 había hecho proclamar sucesor a su hijo Abdallah al Nasir, que entonces tenía diez años, y renovó esta proclamación en 1198. Aún se mantenía, en esta dinastía, la línea patrilineal y las sucesiones previstas.

Viguera Molins, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, T. VIII. 2 págs. 96-101.

Al Nasir Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1199-1213Al MansurAl Mustansir

Abu Abdallah Muhammad ibn Yaqub ibn Yusuf ibn Abd al Mumin fue el cuarto califa almohade y ejerció el poder durante los catorce años que median entre 1199 y 1213. Era biznieto del fundador de la dinastía de los Banu Abd al Mumin y tanto su padre como su abuelo le habían precedido en la dignidad califal, manteniéndose, por lo tanto, una línea directa de sucesión dinástica que habría de romperse tras la muerte de su hijo y sucesor, Yusuf II. Su padre, Yacub al Mansur, había muerto el 12 de enero de 1199, y la sucesión se produjo según lo previsto, ya que Muhammad había sido oficialmente designado heredero en vida de su antecesor, cuando contaba tan sólo nueve años, siendo proclamado una semana más tarde.

Su elevación al poder no causó discordias entre los almohades , debido a su condición de heredero oficial y a que la autoridad de su padre era indiscutida, si bien el califa era tan sólo un joven de diecisiete años. No obstante, dada la inexperiencia en asuntos políticos del joven califa, aumento el intervencionismo de los jeques almohades, en especial de los tíos del nuevo soberano. Después de él se inicia la decadencia almohade. A la descomposición política interna se va unir el progresivo desmembramiento del imperio y el abandono de la política de yihad en la península. La época de al Nasir presenta, junto a algunos éxitos importantes, como los obtenidos en Baleares e Ifriqiya, se une el fracaso de la derrota de las Navas de Tolosa, que arruinará el movimiento almohade.

En paz con castellanos y leoneses, firmada por su padre en 1197 tras la victoria de Alarcos (1195), paz que durará diez años, decide reconquistar las Baleares que estaban en poder de familia de los Banu Ganiya desde 1144. El primer intento almohade por restablecer la situación , protagonizado por el gobernador de Bugía, acabó en completa derrota hacia 1200. Ello permitió a Ibn Ganiya consolidar su posición, al hacerse con el control directo del puerto de Madhiya. Sin embargo, el califa al Nasir logró poner fin al dominio ejercido desde décadas atrás por los Banu Ganiya en Baleares, conquistando Menorca en 1202 y al año siguiente Mallorca, siendo la cabeza de Abdallah ibn Ganiya enviada al califa de Marrakech.

Sin embargo, mientras los almohades se apoderaban de las Baleares, Yahya ibn Ganiya logró hacerse con el dominio de Túnez (Ifriqiya) en 1203. No obstante, el propio califa encabezó sus contingentes hacia Ifriqiya, de forma que en 1205, cerca de Gabes, Yahya fue derrotado, siguiendo a continuación la toma del puerto de Madhiya al año siguiente, de tal forma que el dominio almohade en Ifriqiya pudo ser completamente restablecido.

Tras la pacificación de Ifriqiya y con la situación estabilizada en al Andalus, gracias a las treguas establecidas en la época de su padre, siguieron tres años de tranquilidad, en los que el califa pudo dedicarse a reorganizar su administración desde Marrakech y a poner orden en la administración de Hacienda, debido a los frecuentes casos de fraude y corrupción que se producían habitualmente. No obstante, ya en 1210 las fuentes árabes nos informan de la realización de una expedición marítima contra las costas catalanas, al parecer en respuesta a una previa ofensiva aragonesa. Ello sería preludio del restablecimiento de las hostilidades entre cristianos y almohades en la pugna por el control del territorio peninsular.

Sin duda, el episodio central de la actuación de Muhammad al Nasir fue la célebre batalla de las Navas de Tolosa, que se produjo en las estribaciones de Despeñaperros el 16 de julio de 1212. Alfonso VIII anhelaba poder vengar la dura derrota de Alarcos y, antes de que finalizaran las treguas pactadas en 1197, se decidió a atacar los territorios musulmanes, saliendo de Toledo en 1209 y dirigiéndose contra Jaén y Baeza, mientras que los caballeros de la orden de Calatrava hacían los propio sobre Andújar. El califa al Nasir envió embajadores para protestar por la violación de la tregua, pero la ruptura de hostilidades era definitiva.

La victoria de las Navas vino precedida de una previa campaña almohade durante el año anterior, que era la respuesta a las algaras efectuadas por Alfonso VIII y el infante Fernando, junto a las milicias concejiles de Madrid, Guadalajara, Huete, Cuenca y Uclés, en la zona levatina, donde arrasaron los alrededores de Játiva. En respuesta, el propio califa se puso al frente de sus fuerzas y en febrero de 1211 salió de Marrakech, llegando en mayo a Sevilla. Meses después, logró recuperar la fortaleza jienense se Salvatierra. Fue la última vez que un califa almohade salió en campaña desde Marrakech para cumplimentar el deber del yihad en al Andalus, pues sus sucesores se limitaron, como máximo, a adoptar actitudes meramente defensivas. La mala noticia de esa pérdida se acompañó de otra aún peor en el bando castellano, la muerte prematura del infante Fernando, primogénito de Alfonso VIII.

La campaña almohade de 1211 fue una demostración de fuerza que indujo a Alfonso VIII a solicitar del Papado una cruzada, encontrando una respuesta favorable en Inocencio III, que en abril de 1212 ordenaba, además, a las dos máximas autoridades eclesiásticas peninsulares, los arzobispos de Toledo y Santiago, que exhortasen a los demás soberanos a mantener las paces y treguas que tuviesen con el rey castellano mientras durase la guerra contra los infieles. De esta forma, la campaña se planteó desde el principio como una operación conjunta destinada a asestar un golpe definitivo a los almohades.

La actitud del soberano almohade ha sido interpretada como uno de los factores de la derrota musulmana, ya que, en lugar de acudir a primera línea de combate, para espolear con su presencia la victoria de sus contingentes, como hizo Alfonso VIII, optó por permanecer recluido en su tienda recitando versículos coránicos, para salir huyendo en el momento en que la jornada se declaró adversa, no conformándose con refugiarse en Sevilla, sino abandonando de manera apresurada al Andalus para dirigirse a Marrakech, dando una imagen de total abandono y desentendimiento respecto al destino de la población andalusí. No obstante, la mayor eficacia táctica y estratégica de los contigentes cristianos y su mayor organización y sentido de la disciplina fueron determinantes en la victoria cristiana.

Pese a su importancia, la derrota almohade no sólo no supuso la disgregación de sus estructuras políticas y militares, sino que, apenas mes y medio después, en septiembre de 1212, los musulmanes atacaban algunos castillos que los cristianos habían conquistado en sierra Morena y los expulsaban de algunos puntos fortificados de la frontera oriental. Por su parte, las siguientes iniciativas cristianas no tuvieron éxito, ya que Alfonso VIII fracasó en el asdio a Baeza de 1213, mientras Alfonso IX de León, que no había participado en la cruzada de las Navas, tampoco tuvo éxito ante Mérida.

La consecuencia estratégica más importante de la victoria cristiana fue trasladar la línea de frontera desde el Tajo hasta Sierra Morena. En efecto, los cristianos se hicieron con el dominio de una docena de fortalezas situadas entre Toledo y Córdoba (Malagón, Calatrava, Alarcos, Piedrabuena, Benavente, Caracuel, Vilches, Baños, Tolosa y Ferral). Sin embargo, lo cierto es que durante la década siguiente, entre 1212 y 1224, la frontera apenas se movió y el dominio almohade se mantuvo estable, a pesar de que el califato había recaído, tras la muerte de al Nasir en 1213, en un menor de edad. Las únicas pérdidas importantes experimentadas por los almohades tras las Navas y antes de 1224 fueron: Alcácer do Sal (1217) y Alburquerque (1218).

La derrota de las Navas de Tolosa fue seguida, al poco tiempo, de la muerte del propio califa al Nasir, sucedida apenas un año y medio después, en concreto el 25 de diciembre de 1213, cuando contaba tan sólo treinta y dos años de edad. Las causa de este prematuro fallecimiento no están claras y las hipótesis van desde el asesinato por envenenamiento (la más fiable), hasta que falleciera de forma natural, debido a un ataque de apoplejía. Otra causa más inverosímil atribuye su muerte a los miembros de su guardia negra cuando estaba en los jardines del alcázar, debido a que él mismo había ordenado que se ejecutase a todo el que fuese sorprendido allí de noche y, en una ocasión que salió para ver si sus preceptos eran cumplidos.

Sea lo que fuere, lo cierto es que Muhammad al Nasir dejaba una pesada herencia a su heredero, no sólo por la derrota de las Navas, sino por lo temprano de su muerte, que iba a hacer que las riendas del poder recayesen en su hijo, un niño que no llegaba a los quince años.

Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. España.

Al Mutansir Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1213-1224Al NasirAl Majlu

Abu Yaqub Yusuf al Mutansir bi-llah, hijo y sucesor de Muhammad al Nasir. Tenía catorce años de edad cuando su padre, después de la inapelable derrota almohade en las Navas de Tolosa (Jaén, 16 de julio de 1212), lo dejó encargado del gobierno de Al Ándalus antes de retirarse a Fez (Marruecos), donde murió poco después. Así, al acceder al califato, su inexperiencia y juventud fueron caldo de cultivo propicio para que continuara la desmembración del poder almohade que se había iniciado décadas antes.

Por un lado, aumento la influencia de los visires y las diversas facciones de la familia gobernante; por otro, se dejó sentir la cada vez mayor independencia de los gobernadores de las provincias andalusíes, mientras las agitaciones de inspiración fatimí y la disidencia cada vez menos encubierta de los bereberes meriníes del Magreb paralizaban el gobierno de los almohades. Este soberano y los siguientes vieron el desmembramiento del imperio almohade.

En el Magreb había surgido un nuevo movimiento religioso movido por el hambre; los benimerines o meriníes. Eran tribus beduinas de la confederación zanata. En 1216, acuciados por el hambre, atravesaron el río Mulaya y se lanzaron a las ricas planicies marroquíes de Fez, Taza, Mequinez, etc., derrotando a los desmoralizados gobernadores y convirtiéndolos en tributarios. Provocarán el colapso de la vida urbana. Tardarán bastante en tomar la capital Marrakech en 1268 y en Timmallal, en el año 1269, darán fin al Imperio almohade.

Durante el reinado de Yusuf, Marruecos cayó en la anarquía y empezó la revuelta meriní. A su muerte en el año 1224, en circunstancias oscuras y sin descendencia, se abrió la puerta para la disgregación de la administración almohade, con el surgimiento de diversos cabecillas y pretendientes al trono, y el florecimiento de los Ibn Hud e Ibn Nasr en Andalucía y de Ibn Mardanis en Valencia y Murcia. Le sucedió Abu Muhammad Abd al Wahid al Majlu, gracias al apoyo del visir Ibn Gami de Marrakech.

Varios autores, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XXII p.10962

Al Majlu Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1224Al MustansirAl Adil

Abu Muhammad Abd al Wahid ibn Yusuf ibn Abd al Mumin era hijo del segundo califa almohade, Yusuf I, hermano del tercero, Yacub al Mansur y tío abuelo del quinto Yusuf II al Mustansir, su inmediato antecesor. Fue uno de los califas almohades más efímeros, ya que apenas se mantuvo durante ocho meses en el poder, y tanto su proclamación como su trayectoria se explican dentro del contexto de la grave crisis política y dinástica desencadenada en el seno del movimiento almohade después de la derrota frente a los cristianos en las Navas de Tolosa en 1212. En efecto, con al Majlu se rompe la unidad almohade, ya que su proclamación no despertó la adhesión unánime de todos los sectores del movimiento, produciéndose, por primera vez, la quiebra de la integridad política y dinástica. Ello sería el anuncio del comienzo de una larga crisis que se extenderá a lo largo de trece años y conducirá, finalmente, a la extinción del movimiento almohade y de la dinastía que lo sustentaba.

Para comprender el inicio de esta larga crisis política hay que situarse en el contexto de la muerte de su antecesor, Yusuf II al Mustansir, acaecida el 6 de enero de 1224 y sobre cuyas causas las fuentes discrepan, ya que algunas la atribuyen a un accidente, mientras que otros cronistas afirman que fue asesinado. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que con su muerte se inicia un periodo de luchas internas en el seno del califato almohade que se van a prolongar por espacio de trece años, hasta 1236, durante los cuales se va a producir una situación de discordia en el poder, que, además, va a tener una dimensión territorial, ya que supondrá una división entre los dominios territoriales andalusí y magrebí.

Al día siguiente de la muerte del califa, los jeques se Marrakech proclamaron a su tío abuelo, Abu Muhammad Abd al Wahid, hasta entonces gobernador de Tremecén y que sería conocido como al Majlu, el cual, según las fuentes, habría sido forzado a aceptar la dignidad califal contra su voluntad. Se inicia entonces un corto periodo de ocho meses que duró su califato, uno de los más breves de los miembros de la dinastía de los Banu Abd al Mumin. Además, durante más de la mitad de esos ocho meses hubo de hacer frente al desafío que representó la proclamación de al Adil en al Andalus. En el momento de su investidura, Abu Muhammad Abd al Wahid debía ser ya de avanzada edad (tal vez más de sesenta años), ya que era hijo de Yusuf I, que había muerto cuarenta años atrás.

Apenas habían transcurrido dos meses cuando la crisis en el seno del sistema almohade se hizo evidente, al ser proclamado en Murcia su sobrino Abdallah ibn Yaqub al Mansur el 18 de marzo de 1224, con el sobrenombre de al Adil —poco antes (1222-1223) había sido nombrado responsable de esa jurisdicción procedente de Granada—. Algunas fuentes atribuyen dicha iniciativa a la influencia del visir Abu Zaid ibn Buryan, conocido como al Afsar y tenido por uno de los más perspicaces jeques almohades, el cual habría instigado a al Adil a reclamar la dignidad califal, haciéndole ver que disponía de mayores títulos que Abd al Wahid.

Ello representaba por primera vez, la ruptura de la unidad política y, asimismo, la división territorial del Imperio en dos legitimidades, una en el Norte de África y otra en al Andalus, síntoma de profundas disensiones en el seno de la dinastía, sobre cuyas causas, sin embargo, no se posee una información muy detallada. En principio al Adil no recibió el reconocimiento unánime de los territorios andalusíes ni tampoco de la totalidad de los jeques, ya que como indican las fuentes, algunos almohades se pasaron a él y otros se resevaron. Entre quienes le apoyaron estuvo inicialmente Abu Muhammad al Bayasi, conocido como el Baezano, que poco más tarde, sin embargo, se apartó de su obediencia y protagonizó una revuelta en su contra.

Inicialmente al Adil y al Majlu compartieron, pues, la dignidad califal, pero tan sólo ocho meses después de su proclamación, el 6 de septiembre de 1224, los jeques almohades entraron en el alcázar de Marrakech con el fin de obligar a Abu Muhammad Abd al Wahid a abdicar. El anciano soberano no debía sentir mucho apego por el poder, pues había sido forzado a aceptar la autoridad califal. Por tanto es probable que no le supusiera un gran esfuerzo renunciar al mismo, cosa que hizo de manera voluntaria al día siguiente, de donde el apodo de al Majlu, que significa en árabe "el depuesto". Sin embargo, su presencia debía considerarase amenazante o peligrosa, de forma que el día 22 fue asesinado, aunque existen ligeras divergencias en las fuentes respecto a la fecha exacta del magnicidio. Como señala el autor de Rawd al qirtas, Abd al Wahid fue el primero de la dinastía de los Banu Abd al Mumin que fue destronado y asesinado, de tal forma que según el citado cronista, a partir de ese momento, los jeques almohades fueron para los califas como los turcos para los abasíes, siendo la causa de la ruina de su imperio y de la decadencia de su poder.

Con el asesinato de al Majlu el camino quedaba libre para que al Adil pudiera ejercer el poder en solitario, pero en realidad no sucedió así, ya que la dinámica de ruptura de la unidad que él mismo había puesto en marcha se volvió ahora en su contra con la proclamación de su sobrino Yahya en Marrakech, prolongándose la situación de división que sería ya, casi, una constante en la evolución de la dinastía almohade.

Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. España.

Al Adil Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1224-1227Al MajluAl Mutasim

Abu al Allah ibn Yaqub era hijo del tercer califa almohade, Yacub al Mansur, hermano del cuarto, Abu Abdallah Muhammad al Nasir, tío del quinto, Abu Yacub Yusuf II al Mustansir; y sobrino del sexto, su inmediato antecesor, Abu Muhammad Abd al Wahid al Majlu. El califato de al Adil se sitúa de pleno en el contexto de la crisis política que estalló pocos años antes, en 1224, a raíz de la muerte de Yusuf II al Mustansir, que supuso el inicio de un periodo de luchas internas en el seno del califato almohade que se va a prolongar por espacio de trece años, hasta 1236, durante los cuales se va a producir una situación de discordia en el poder, que además va a tener una dimensión territorial, ya que supondrá una división entre los dominios territoriales andalusí y magrebí.

Al morir Yusuf II al Mustansir, los jeques de Marrakech eligieron a su tío abuelo, Abu Muhammad Abd al Wahid, hasta entonces gobernador de Tremecén y que sería conocido como al Majlu. Sin embargo, la crisis de legitimidad política en el seno del sistema almohade se hizo evidente cuando en Murcia fue proclamado como califa su gobernador, Abu Allah ibn Yacub al Mansur, que había sido nombrado responsable de esa jurisdicción poco antes (1222-1223) procedente de Granada: dicho episodio sucedió el 6 de marzo de 1224, adoptando el nuevo soberano el sobrenombre de al Adil.

Inicialmente al Adil y al Majlu compartieron, pues, la dignidad califal, aunque fue por poco tiempo, ya que a los ocho meses de su proclamación los jeques almohades obligaron a al Majlu a abdicar, cosa que hizo voluntariamente, de donde su sobrenombre de al Majlu, "el Depuesto". Este hecho sucedió el 7 de septiembre de 1224, si bien no se conformaron con ello, siendo asesinado a los pocos días, en fecha que las fuentes no sitúan en forma unánime. Ello dejaba el camino libre para al Adil y, de hecho, tras la muerte de su tío se pronunció el sermón en su nombre en Marrakech. Sin embargo, su autoridad no fue reconocida unánimemente en todo el imperio, ya que los gobernadores de Ifriquiya no lo acataron, ni tampoco tuvo el reconocimiento unánime de al Ándalus, ya que aunque lo reconocieron su hermano —futuro califa al Mamun— y los gobernadores de Córdoba y Sevilla respectivamente, en cambio no hizo lo propio el sayyid Abderramán al Sayyid Idris ibn Yusuf ibn Abd al Mumin, señor de Valencia, Játiva y Denia.

La primera fase del califato de al Adil transcurrió en al Ándalus, en concreto hasta mayo de 1225, cuando se vio obligado a abandonar Sevilla en dirección al Magreb. En la capital hispalense había noticias de la proximidad de un contingente cristiano de leoneses. La actitud del califa ante esta inminente amenaza fue, al parecer, de total inoperancia, denotando una clara indolencia, que ponía de relieve su nula disposición para acometer la defensa de la ciudad. Ante la ausencia de medidas por parte del califa, la población sevillana reaccionó con fuertes protestas que se hicieron manifiestas al final de la oración del viernes en la mezquita aljama.

La presión popular hizo que finalmente se convocase a los voluntarios para salir a combatir, formándose un contingente popular integrado por la plebe sevillana, cuyos miembros carecían de preparación e iban mal armados, a los que se añadió un pequeño grupo de combatientes regulares almohades comandado por Ibn Yazid. Dado que el contingente popular iba por libre, el oficial almohade los abandonó en el momento del encuentro, que tuvo lugar en Campo de Tejada, a escasos kilómetros de la capital sevillana. Las víctimas debieron ser cuantiosas, ya que las fuentes las cifran entre veinte y diez mil, poniendo de manifiesto la inoperancia de los almohades frente a los cristianos.

Como consecuencia de esta derrota, el califa al Adil abandonó la capital sevillana rumbo a Marrakech ese mismo año, no volviendo a retornar a territorio andalusí. A partir de ese momento, su hermano Abu al Alah Idris, a quien había nombrado gobernador de Sevilla, quedó como máxima autoridad almohade en al Ándalus debiendo de hacer frente a la rebelión del Baezano, quien inicialmente se había unido a su causa: el mismo año 1224, el califa escribió al Abd al Allah al Bayasi para agradecerle que se rebelara contra al Majlu y que apoyara su causa. Pero ya al año siguiente, tras la partida del califa hacia el Magreb, le retiró su apoyo y, además acudió a los cristianos para pedirles ayuda, indicándoles los lugares indefensos del país y permitiéndoles entrar en Quesada, Beja, Loja y otros castillos.

Se inicia, de esta forma, el expediente de recurrir a la ayuda de los cristianos para dirimir las discordias internas, lo que supondrá un claro elemento de desestabilización en el proceso, ya iniciado, de crisis política. El califa envió contra él a su hermano Idris con un poderoso ejército que lo asedió en Baeza, tras lo cual hicieron la paz y el Baezano reconoció la autoridad del califa. Pero cuando Idris partió, el Baezano volvió a rebelarse y Fernando III le envió un ejército de diez mil jinetes; tras reunir sus fuerzas, el Baezano partió de Córdoba y puso sitio a Sevilla, saliéndole al encuentro el sayyid Idris, que pudo derrotarlo el 25 de febrero de 1226. Esta derrota selló el destino del Baezano: el pueblo cordobés se rebeló contra él y fue muerto, siendo su cabeza enviada a Idris, el cual la remitió a su hermano el califa en Marrakech.

La desaparición del Baezano no significó el final de los problemas para el califa. Al llegar a Marrakech había nombrado visir a Abu Zaid ibn Abi Muhammad ibn Abi afs, lo que supuso el apartamiento de Ibn Yuyyan, partidario de los Jult y los Haskura, quienes se pronunciaron contra el califa. Esta coyuntura desfavorable fue aprovechada por su hermano Abu-l-Ula Idris que se rebeló contra él, siendo proclamado califa el 15 de septiembre de 1227, en Sevilla. Tras ser acatada su autoridad en todo al Ándalus, así como en Ceuta y Tánger, mandó por medio de su hermano una carta a los almohades de Marrakech informándoles de que la gente de al Ándalus y los almohades asentados allí le habían aceptado, por lo cual les pedía que ellos también le reconocieran. Los jeque de Hintata y Tinmallal, Ibn al Sahid y Yusuf ibn Ali, hasta entonces sus partidarios pidieron a al Adil que abandonara el poder y ante su negativa, fue asesinado el 4 de octubre, al parecer ahogado en una fuente.

Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. España.

Al Mutasim Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1227-1235Al AdilAl Mamun

Yahya al Nasir. A la muerte de al Adil, al Mamun se dispuso a dirigirse hacia la capital almohade, pero, cuando estaba en Algeciras para embarcar, supo que los jeques habían optado por apoyar a su sobrino Yahya ibn Muhammad al Nasir, que fue proclamado al día siguiente del asesinato de al Adil, y adoptó el apodo de al Mutasim bi-llah.

Ante esta situación, al Mamun se dispuso a solicitar la ayuda de los cristianos para apoderarse de Marrakech, aunque el supuesto pacto entre Fernando III y el califa almohade que recogen algunas fuentes parece no tener verosimilitud, de modo que los quinientos jinetes cristianos que pasaron a Marruecos serían, en realidad, mercenarios y caballeros desnaturados.

Al Mamun fue el primer califa almohade que llevó a la otra orilla a los cristianos para usarlos como fuerza de apoyo frente a sus rivales y con su ayuda fue diezmado el poder de Yahya ibn Muhammad al Nasir hasta expulsarlo a las montañas del Atlas en mayo de 1228. El imperio ya estaba en franca descomposición. Ello fue aprovechado por Yahya para bajar de las montañas del Atlas y razziar Marrakech.

El mismo al Rasid tuvo que luchar contra el usurpador Yahya, que se había apoderado de Marrakech, mientras al Ándalus volvía a fragmentarse en reinos de taifas.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003

Abu al Mamun Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1229-1232Al MutasimAl Rasid

Abu al Mamun. Nació en Málaga en el año 1186 y murió en Marrakech en el año 1232. Abu al Ula Idris ibn Yaqub al Mamun era hijo del tercer califa almohade, Yaqub al Mansur y hermano de Abu Muhammad Abd al Wahid yAbdallah al Adil, sus dos inmediatos antecesores en la dignidad califal. Había nacido de la unión de al Mansur con la princesa Safiya, según Ibn Abi Zar en el año 1185-1186, en Málaga.

La época de al Mamun se inserta de lleno en el periodo de trece años de luchas internas en el que se vio inmerso el califato almohade a raíz de la muerte inesperada y accidental del califa Yusuf II al Mustansir en 1224 y que sólo se cerrará de manera parcial, en 1236. El poder quedó entonces dividido entre el débil y anciano al Majlu (proclamado en Marrakech) y al Adil, que fue elegido en Murcia, si bien la temprana deposición del primero dejó al segundo como único soberano de forma momentánea, y a que tras su muerte se volvió a dividir el poder.

La desfavorable coyuntura a la que por entonces tenía que hacer frente al Adil fue aprovechada por su hermano que fue proclamado califa en Sevilla el 15 de septiembre de 1227. Abu al Ula tenía dudas de la reacción que pudieran tener los notables, pero un agudo y elocuente sermón elaborado por elcadí de la ciudad, Abu al Walid ibn Hayyay, fue su mejor aval para convencer a las elites almohades.Tras ser acatada su autoridad en todo el al Ándalus, así como en Ceuta y Tánger, mandó por medio de su hermano una carta a los almohades de Marrakech informándoles de que la gente de al Ándalus y los almohades asentados allí lo habían aceptado, por lo cual les pedía que ellos también le reconocieran.

Los jeques de Hintata y Tinmallal, Ibn al Said y Yusuf ibn Ali, hasta entonces sus partidarios,pidieron a al Adil que abandonara el poder y, ante su negativa fue asesinado el 4 de octubre, al parecer ahogado en una fuente. El texto de su proclamación fue enviado a Marrakech, pronunciándose su nombre en la mezquita de al Mansur: al Mamun inmediatamente después se dispuso a dirigirse hacia la capital almohade, pero, cuando estaba en Algeciras para embarcar, supo que los jeques habían optado por apoyar a su sobrino Yahya ibn Muhammad al Nasir, que fue proclamado al día siguiente del asesinato de al Adil, y adoptó el apodo de al Mutasim bi-llah.

Al parecer el cambio fue motivado por la desconfianza en la actitud que podría adoptar, teniendo en cuenta que ellos mismo habían matado a al Majlu y a al Adil (tío y hermano de al Mamun,respectivamente). De esta forma, durante sus breves cinco años de gobierno, al Mamun tuvo que hacer frente al desafío de su legitimidad que significaba la presencia de su sobrino, de tal forma que no llegó nunca a ejercer como único soberano. La existencia de dos soberanos que se disputaban la legitimidad del poder y el mantenimiento de una situación de división y enfrentamientos internos a lo largo de varios años son claro testimonio del estado de inestabilidad y fuerte crisis en la que se vio sumido el imperio almohade a partir de 1224.

Cuando en 1228 el Califa al Mamun abandona Sevilla para pasar al Magreb, dejará en Al Ándalus dos graves problemas, los avances imparables de Fernando III de Castilla y de Jaime I de Aragón, y la sublevación general de los andalusíes que, tras liquidar los restos almohades, darán lugar a las terceras taifas de las que sólo serán destacables la de Murcia (gobernada por Ibn Hud), la deValencia (que caerá pronto, gobernada por Zayyan ibn Mardanis) y la última; la de Granada, fundada por Ibn al Ahmar.

Ante esta situación, al Mamun se dispuso a solicitar la ayuda de los cristianos para apoderarse deMarrakech, aunque el supuesto pacto entre Fernando III y el califa almohade que recogen algunasfuentes parece no tener verosimilitud, de modo que los quinientos jinetes cristianos que pasaron aMarruecos serían, en realidad, mercenarios y caballeros desnaturados. Al Mamun fue el primer califa almohade que llevó a la otra orilla a los cristianos para usarlos como fuerza de apoyo frente a sus rivales y con su ayuda fue diezmado el poder de Yahya ibn Muhammad al Nasir hasta expulsarlo a las montañas del Atlas en mayo de 1228.

Mientras lograba mantener la situación en los dominios magrebíes, en cambio los problemas aumentaban en los peninsulares, ya que en mayo de 1228 se produjo la rebelión de Abu Abdallah Muhammad ibnYusuf ibn Hud al Yudami en el castillo de los Peñascales, en el valle de Ricote (cerca de Murcia).Se proclamaba sucesor de los Banu Hud de Zaragoza y encarnaba el descontento de importantes sectores de la población andalusí frente a la incompetencia de los almohades para gobernar el país y hacer frente a los cristianos. En agosto de ese año tomó Murcia y fue reconocido en todo el al Ándalus,salvo Valencia y Niebla. Para legitimar su posición, Ibn Hud se sometió al califato abasí: envío una embajada al califa Abu Saffar al Mustansir, cuyo nombre fue pronunciado en las mezquitas. Ibn Hud,sin embargo, tampoco tuvo éxito frente a los cristianos, sufriendo una dura derrota en Alange en marzo de 1230. Al progresivo abandono de la obediencia almohade en al Ándalus se añadía la situación de Ifriquiya, cuyo gobernador saló de su obediencia en 1229.1230, fundando la dinastía afsí.

La nueva situación de inestabilidad que había comenzado a partir de 1224 exigía nuevos planteamientos políticos y parece que al Mamun fue consciente de ello, ya que trató de dar un nuevo sentido al sistema almohade. Uno de los aspectos más relevantes de su gobierno desde el punto de vista programático e ideológico fue el decreto, emitido en 1230, que ordenaba suprimir la mención del nombre de al Madhi, fundador del movimiento almohade, del sermón de la oración colectiva del viernes, así como de las acuñaciones monetarias. Ello supone una segunda etapa en el proceso de establecimiento de una legitimidad almohade, inicialmente apoyada en la figura del fundador del movimiento , Ibn Tumart. Ahora, la necesidad de obtener nuevos apoyos supuso el abandono de este sistema y la vuelta al malikismo más tradicional.

Pero las nuevas disposiciones no parece que fueran suficientes para fortalecer la posición del califa, ya que las discordias internas acabaron finalmente socavando su posición. En el año 1231 el sayyid Umran ibn al Mansur, hermano del califa, se rebeló en Ceuta, otorgándose el nombre de alMuayyad. Inmediatamente al Mamun se dispuso a asediar dicha posición, clave en el control delEstrecho y, por lo tanto, para el mantenimiento del control de las posesiones peninsulares. Ello fue aprovechado por Yahya para bajar de las montañas del Atlas y razziar Marrakech.

El califa no consiguió someter a su hermano y al saber que la capital corría peligro volvió a ella,momento en el cual Umran cruzó el Estrecho y reconoció la autoridad de Ibn Hud, a quien entregó su ciudad, y, en compensación, lo nombró gobernador de Almería. Ese mismo año se produjo, de forma repentina, la muerte del califa al Mamun, el sábado, 17 de octubre de 1232, siendo sucedido por su hijo al Rasid, último califa almohade que ejerció cierta, muy débil influencia en al Ándalus.

Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. España.

Al Rasid Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1232-1242Al MamunAl Said

Abd al Wahid al Rasid fue hijo y sucesor del octavo califa almohade, al Mamun, quien murió el 17 de octubre de 1232, cuando se dirigía a Marrakech desde Ceuta para expulsar de ella a su rival Yahya al Mutasim bi-llah. Desde 1224, al morir Yusuf II al Mustansir, el imperio había iniciado una profunda crisis política, con la doble proclamación de Abd al Wahid al Majlu en Marrakech y de al Adil en al Andalus. Dicha situación volvió a producirse en 1227, a la muerte del segundo de ellos, que fue seguida de otra doble proclamación, la de su hermano al Mamun en al Andalus y su sobrino Yahya en Marrakech, consagrando la división entre los dos dominios territoriales sobre los que se asentaba el imperio almohade, peninsular y magrebí respectivamente.

Las fuentes destacan que, en esa tesitura y contando al Rasid sólo catorce años, su madre ocultó la muerte del califa al Mamun, excepto a los caídes cristianos, a los jeques Jult y a algunos parientes y privados. Sus partidarios lograron expulsar de Marrakech a Yahya, quien, sin embargo, continuaría disputando varios años la legitimidad del califato. No obstante, esta victoria inicial permitió consolidar la posición del joven y todavía oculto califa al Rasid, que sería el encargado de gobernar el decadente Imperio almohade durante los siguientes diez años. Tras su entrada en la capital almohade se produjo su proclamación pública, iniciándose entonces su gobierno, durante el cual si bien pudo restablecer la unidad política, sin embargo, debido a su escasa experiencia, se vio muy sometido a la influencia de los jeques almohades.

Uno de los hechos más significativos que tuvieron lugar durante el gobierno de al Rasid fue la restauración de ciertos ritos y normas tradicionales almohades que habían sido abolidos por su padre, al Mamun, entre ellos la reintroducción de la mención del nombre del iman al Madhi en el sermón de la oración de los viernes y en las acuñaciones monetarias, símbolo del restablecimiento de la perdida ortodoxia almohade que le granjeó el apoyo de muchos de los jeques insurrectos que apoyaban al disidente Yahya. Sin embargo, la inmediata revuelta protagonizada por Ibn Waqarit, jeque de los Haskura, obligó a al Rasid a abandonar Marrakech, dirigiéndose a Siyilmasa, lo que rebelaba la extrema debilidad de su posición, mientras que la capital era ocupada por su rival Yahya.

Finalmente, al Rasid pudo recuperar el control de la situación y en 1236 se produjo el asesinato de Yahya a manos de los árabes de al Maquil, entre quienes había buscado refugio, siendo enviada su cabeza a Marrakech, donde fue colgada en una de las puertas de la ciudad. Con la desaparición de Yahya se ponía fin a una dinámica de división interna iniciada trece años atrás, volviéndose a recuperar la unidad política que se había roto en 1224, tras la inesperada y accidental muerte de Yusuf II al Mustansir.

Mientras que en los dominios magrebíes al Rasid pudo a duras penas sostener su posición, en cambio en al Andalus la situación no hizo sino empeorar respecto a sus antecesores, debido a dos factores. Por un lado, la fragmentación del poder por la multiplicación de caudillos locales que rechazaban el inoperante dominio almohade, ocupando el creciente vacío de poder dejado por ellos. Segundo, la continuación del imparable avance de los cristianos, en particular las conquistas de Fernando III en el valle del Guadalquivir y de Jaime I en la zona de Levante, así como la culminación del avance portugués en el Alentejo y en el Algarve.

Tras la muerte de Yahya, al Rasid logró otro éxito importante con la captura de Ibn Waqarit, el jeque de los Jult, que fue trasladado desde Sevilla hasta Marrakech, donde fue ejecutado. Fue, pues, al Rasid, un soberano más enérgico que sus antecesores, y volvió a restaurar la pureza de la doctrina almohade que al Mamun había dejado de lado al ordenar en 1230 que se omitiera el nombre del Madhi en el sermón de la oración del viernes y en las acuñaciones monetarias. Sin embargo, pese a la recuperación de cierta estabilidad, la época final de su gobierno está marcada por el comienzo de las hostilidades con los benimerines , frente a los cuales se registran los primeros choques, iniciándose de esta forma una dinámica que, al cabo de tres décadas de enfrentamientos, va a suponer el fin definitivo de la dinastía almohade , tras la toma de Marrakech por los benimerines en 1269.

La muerte de al Rasid tuvo lugar de forma accidental, cuando una barca en la que paseaba por un estanque con algunas esclavas, volcó, provocándole al parecer, una grave pulmonía, a consecuencia de la cual murió a los tres días, el 5 de diciembre de 1242. Fue sucedido por su hermano, que gobernó durante los cinco años siguientes bajo los sobrenombres de al Mutadid y al Said.

Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. España.

Al Said Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1248-1266Al RasidAl Murtada

Abu al Hasan Ali ibn Abi al Ula Idris ibn Abi Yusuf Yaqub al Mansur ibn Abi Yaqub Yusuf ibn Aba al Mumin gobernó durante los seis años que transcurren entre 1242 y 1248. Era hermano e hijo de sus dos antecesores, al Rasid y al Mamun, respectivamente, y su época se inserta en contexto de la decadencia del imperio almohade.

La muerte de su hermano al Rasid tuvo lugar de forma accidental cuando una barca en la que paseaba por un estanque con algunas esclavas volcó, provocándole, al parecer, una grave pulmonía, a consecuencia de la cual murió a los tres días, el 5 de diciembre de 1242. A éste carácter inesperado se añadía la propia juventud del fallecido, que había sido proclamado cuando sólo contaba catorce años y que al morir contaba apenas con venticuatro. De esta forma, su desaparición suponía una nueva crisis de poder, ya que no había ningún heredero oficialmente designado, y el primogénito de al rasid era un niño. Los jeques y sayyides almohades se mostraron divididos ante el problema sucesorio que se planteaba, pero finalmente se decidieron por su hermano, que gobernó durante los seis años siguientes bajo los sobrenombres de al Mutadid y al Said.

Aunque tras la muerte de Yahya al Mutasim bi-llah en 1236, se había puesto fin a la crisis de división del poder iniciada trece años atrás, los cierto es que los diez años de gobierno de al Rasid habían agrado el proceso de desmembramiento y descomposición interna del imperio almohade. Durante los seis años siguientes, su sucesor no fue capaz de recomponer la situación: el dominio almohade en al Andalus se había desvanecido por completo, sin que hubiese ninguna tentativa por restablecerlo. Además, la situación en territorios magrebíes no cesó de agravarse, debido, entre otros factores, a la actuación de los benimerines, que progresivamente se convirtieron en los principales rivales de los almohades. A ello, se añadía la ya consolidada posición de los hafsíes de Túnez y la también activa actuación de los Abd al Wadíes en Tremecén, comandados por Yagmurasen.

Fue al Said un soberano enérgico, al igual que su padre, e incluso de cierta crueldad sanguinaria, actitud que le llevó a cometer diversos excesos. Sin embargo, no destacó por su sagacidad ni por su capacidad política, fracasando en las empresas y proyectos que se planteó realizar. En efecto, se mostró favorable a los Jult, que habían sido los más encarnizados enemigos de su padre, y se enemistó con el jeque de Hintata, ibn Wanudin, al que debía en buena parte su proclamación. De esta forma, no supo manejarse en el intrincado panorama político magrebí de su época ni manejar los delicados hilos de las alianzas entre los distintos jeques tribales, lo que finalmente fue la causa de su fracaso.

Su principal objetivo fue recuperar el control de los territorios magrebíes, sometiendo al emir hafsí de Túnez y a los benimerines. Para ello trató de lograr el apoyo de los Staufen, señores de Sicilia, cuyo soberano el emperador Federico II, había enviado una embajada a al Rasid, a la que al Said respondió solicitándole una escuadra para atacar Ifriqiya, zona que había escapado del control de los almohades desde 1230, al proclamarse soberano independiente el gobernador almohade. Asimismo se conserva la correspondencia enviada por el papa Inocencio IV a al Said en 1246, en la que lo felicita por sus éxitos y no insta a convertirse al cristianismo, proponiéndole la cesión de diversas plazas fuertes y puertos de importancia estratégica.

El emir hafsí era consciente de la a menaza que podía representar esta alianza; si bien su posición era entonces bastante sólida. En efecto, la autoridad de los almohades estaba ya tan mermada que ni siquiera cabe considerarlos los soberanos más poderosos del Magreb. En esta coyuntura, el emir hafsí Abu Zakariya tomó la ofensiva y se dirigió contra Tremecén, la principal ciudad situada entre sus dominios y Marrakech, de la que se apoderó durante unos días, si bien finalmente pactó con su emir y el hafsí se retiró, habiendo obtenido una importante alianza.

Mientras en el Magreb el califa intentaba sin éxito restablecer la autoridad almohade, en la Península el dominio almohade se había desvanecido por completo. En la parte oriental de al Andalus, la muerte de Ibn Hud a comienzos de 1238 había permitido que se consolidara la autoridad del señor de Arjona, Ibn al Ahmar, fundador de la dinastía nazarí, que tras entregar Jaén a Fernando III en 1246 mediante un pacto que lo convirtió en su vasallo, dominaba sobre Málaga, Almería y Granada. En el valle del Guadalquivir, el avance cristiano continuaba imparable, sin que los almohades ni siquiera se plantearan la posibilidad de adoptar alguna acción, fuese ofensiva o meramente defensiva.

Sin embargo, los andalusíes aún confiaban de que pudiese llegarles alguna ayuda desde Marrakech. En el verano de 1247, Fernando III inició el largo cerco de Sevilla, que culminaría diecisiete meses más tarde con la conquista de la ciudad. Los habitantes de la capital andalusí dirigieron desesperadas llamadas de auxilio al califa almohade, sin obtener ninguna respuesta.

El fin de al Said es el testimonio del fracaso de su política reunificadora y se produjo, en parte, como consecuencia de su carácter excesivamente impulsivo. A finales de marzo de 1248, el califa salió en expedición hacia Tremecén, ordenando a su emir Yagmurasen que se uniese a sus contingentes, a lo que no respondió favorablemente, ya que, aunque reconocía la soberanía del califa almohade, sin embargo, la presencia de contingentes benimerines entre sus filas despertaba sus recelos, por lo cual se comprometió a enviar ciertos contingentes, pero no a participar personalmente en la expedición. La respuesta no satisfizo al califa, que se dispuso a dirigirse contra Yagmurasen, el cual buscó refugio en las montañas aledañas. De forma imprudente y a pesar de la advertencia de sus consejeros, el califa decidió ir en persona en su búsqueda, resultando derrotado y muerto por las fuerzas del emir de Tremecén el 23 de junio de 1248.

Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. España.

Al Murtada Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1266-1269Al SaidAbu Dabbus

Abu Hafs Umar ibn Ishaq ibn Yusuf ibn Abd al Mumin fue el duodécimo y penúltimo califa almohade, gobernando durante los dieciocho años que transcurrieron entre 1248 y 1266 bajo el sobrenombre de al Murtada. Su permanencia en el poder fue una de las más continuadas en el tiempo dentro de la línea de sucesión de los almohades, en especial comparando con sus inmediatos antecesores; si bien, su época es ya de plena decadencia del dominio de los "unitarios", preámbulo de su colapso final, que sucedería bajo el gobierno de su sucesor, Abu Dabbus.

La proclamación de al Murtada se produjo en circunstancias excepcionales, ya que la muerte de su predecesor, al Said, sucedió de forma algo inexperada, al verse sorprendido por el emir Yagmurasen de Tremecén el 23 de junio de 1248. El primogénito del califa, Abdallah, era sólo un niño, que, además, fue muerto por los benimerines. De esta forma, una vez más se planteaba un problema sucesorio, que, en esta oportunidad, hubo de ser resuelto recurriendo a una rama nueva de los Banu Abd al Mumin.

En efecto, desde la época del fundador de la dinastía, los califas almohades habían sido siempre elegidos entre los descendientes de Yaqud al Mansur, nieto de Abd al Mumin y tercer califa almohade. La única excepción a esa regla había sido hasta el momento, el caso del anciano Abd al Wahid al Majlu, sexto califa y hermano del propio Yaqub, proclamado en 1224.

Ahora, la prematura muerte de al Said, nieto de Yaqub, suponía el fin de dicho linaje, y una nueva rama de los Banu Abd al Mumin accedía al califato, pues Umar al Murtada era sobrino del citado Yaqub. No obstante, las circunstancias no permitieron la consolidación de esta línea de taifas, ya que el fin del poder almohade lo impidió.

El gobierno de al Murtada está dominado por la creciente presión de los benimerines, que poco a poco fueron convirtiéndose en una amenaza cada vez más real que se cernía sobre los almohades. Desde el mismo momento de su llegada al poder, la situación estuvo marcada por la rivalidad con los benimerines, quienes comenzaron su expansión por el Norte de Marruecos.

En el momento de su proclamación, Abu Hafs Umar era gobernador de Salé, localidad contigua a Rabat, en la costa atlántica marroquí, desde la que marchó hacia Marrakech para hacerse con las riendas del poder. Ya en ese mismo instante inicial de su gobierno, los benimerines mostraron su actitud hostil, pues sólo ocho días después de la muerte de al Said se apoderaron de Taza, primera población relevante que caía en sus manos, pudiendo considerarse este episodio como el inicio de su proceso de expansión.

Seguidamente se hicieron con la ciudad de Fez, en agosto de 1248, donde su emir, Abu Yahya, permaneció durante una año, hasta que fue expulsado de ella en junio de 1249, gracias a una conjura interna, forjada dentro de la propia ciudad, en la que tuvieron un papel protagonista los caídes que comandaban la milicia cristiana al servicio de los almohades, que inicialmente se habían pasado al bando de los benimerines.

Sin embargo, al año siguiente Abu Yahya volvió a hacerse con el control de Fez, que sería la futura capital de la dinastía, ante la total inoperancia de al Murtada, quien sólo reaccionó tras tres años de pasividad, cuando Abu Yahya pidió a los de Salé que le entregasen la ciudad, siendo derrotado en marzo de 1252, primera vez que sucumbía ante los benimerines.

Así pues, los benimerines eran ya, desde esta época, los principales protagonistas de la situación política en el Magreb occidental. Su predominio sólo se vio interrumpido a la muerte del emir Abu Yahya en 1258, cuando su primogénito y legítimo sucesor hubo de enfrentarse a los partidarios de su tío Abu Yusuf Yaqub, siendo finalmente asesinado en Mequínez al año siguiente.

La situación en el seno de la dinastía benimerín se complicó con la defección de un sobrino de Abu Yusuf Yaqub, que se apoderó de Salé y Rabat. Sin embargo, esta situación de enfrentamientos internos entre los benimerines no fue aprovechada por al Murtada para reaccionar, pues siguió inmerso en la misma inoperancia.

En conexión con este episodio tuvo lugar el asalto a Salé en 1260 por la escuadra enviada por Alfonso X. En efecto, el citado Abu Yusuf Yaqub ibn Abdallah escribió al soberano castellano para pedirle el envío de refuerzos a Salé para resistir a su tío o a un posible ataque almohade. El rey sabio vio en ello la ocasión perfecta para extender sus dominios al Norte de África, el resultado final de ello fue el envío de una expedición que saqueó la ciudad durante tres días, hasta que la llegada de las fuerzas del emir benimerín obligó a los asaltantes a huir.

Recobrado su vigor, los benimerines continuaron su proyecto de demolición del dominio almohade y en 1262 el emir Abu Yusuf Yaqub ya se sintió suficientemente fuerte como para dirigir una primera tentativa de conquista sobre Marrakech, lo que suponía una amenaza directa para la dinastía almohade.

En este contexto entra en escena el sayyid Abu al Ula Idris, conocido como Abu Dabbus, biznieto del fundador de la dinastía, Abu al Mumin, al que estaba reservado el papel de último califa almohade. El citado personaje fue el encargado por el califa para organizar la defensa de la ciudad; si bien la retirada de los benimerines sólo fue posible a cambio del pago de un tributo, paso previo a la definitiva sumisión que sólo tardaría algunas años en llegar.

Tras haberse encargado de defender Marrakech, Abu Dabbus huyó a Fez y se unió a los benimerines, hecho que provocó el desquiciamiento de al Murtada, quien viendo enemigos en todas partes, se enajenó el apoyo de sus partidarios. El propio Abu Dabbus logró hacerse con el control de Marrakech, que apenas opuso resistencia, mientras el califa huía de la capital. Detenido poco más tarde, Abu Dabbus pensó inicialmente en conservarle la vida, pero finalmente fue ejecutado el 22 de noviembre de 1266.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003

Abu Dabbus Califa Almohade

Reino Periodo Predecesor Sucesor
Al Ándalus1266-1269Al Murtada Último califa almohade

Abu al Ula Idris, conocido como Abu Dabbus, no pertenecía a la rama principal de los descendientes de Abd al Mumin, de la que formaban parte la mayoría de los califas almohades, conformada a partir de Yusuf I (1163-1184) y que se había extinguido a partir de la muerte de al Said en 1248. Sin embargo, como biznieto del propio fundador de la dinastía, era descendiente directo del mismo, por lo que su legitimidad dinástica estaba acreditada. Abu Dabbus pertenecía al clan de los denominados Baezanos, integrado por los nueve hijos de Abu Abdallah Muhammad, nieto de Abd al Mumin, quien hubo de ejercer durante mucho tiempo algún puesto de responsabilidad en Baeza, donde debieron nacer sus hijos, y de ahí el apodo que recibieron.

Como último califa almohade, Abu Dabbus gobernó durante tres años, pero en realidad el dominio almohade era ya una mera entelequia. De hecho la propia forma de acceder al poder de Abu Dabbus revela a las claras que el dominio de la situación en ese momento correspondía, desde hacía tiempo, a los benimerines. En efecto, éstos habían iniciado décadas atrás su proyecto de demolición del dominio almohade y en 1250 lograron el control de Fez, que desde entonces sería su capital. Ya en 1262, el emir meriní Abu Yusuf Yaqub se sintió suficientemente fuerte como para dirigir una primera tentativa de conquista sobre Marrakech, lo que suponía una amenaza directa a la dinastía almohade. En este contexto entra en escena el sayyid Abu al Ula Idris, al que el califa al Murtada confió la organización de la defensa de la ciudad, sin duda debido a sus cualidades guerreras, de ahí su apelativo Abu Dabbus, que en árabe quiere decir "el de la maza". No obstante, la retirada de los benimerines sólo fue posible al cabo del pago de un tributo, paso previo a la definitiva conquista, que sólo tardaría algunos años en llegar.

Tras haberse encargado de la defensa de Marrakech, Abu Dabbus fue acusado de connivencias con el emir de los benimerines y huyó a Fez en 1264, siendo acogido por Abu Yusuf Yaqub, con quien llegó a un acuerdo, de forma que en agosto de 1265 salió de Fez dispuesto a recabar los apoyos necesarios para hacerse con el control de la capital almohade. La actitud de Abu Dabbus desquició al inoperante califa al Murtada, quien viendo enemigos en todas partes, se enajenó el apoyo de sus partidarios, de tal forma que los Sufyan, los Banu Yabir y los mercenarios cristianos se unieron al rebelde. En octubre de 1266 llegó a Marrakech que tomó sin apenas resistencia, mientras el califa huía de la capital. Detenido poco más tarde, Abu Dabbus pensó inicialmente en conservarle la vida, pero finalmente fue ejecutado el 22 de noviembre de 1266.

A partir de ese momento, Abu Dabbus viloando lo pactado, en lugar de someterse al emir benimerín, se alió al de Tremecén para atacar juntos a Abu Yusuf Yaqub, el cual reaccionó con contundencia. Primero derrotó a Yagmurasen (febrero de 1268) y a continuación se dirigió contra el propio Abu Dabbus, alcanzando Marrakech en julio de 1269: al salir a defender la ciudad fue derrotado y muerto el 1 de septiembre de 1269, y su cabeza fue entregada al emir, quien ordenó mandarla a Fez, donde fue paseada por los focos y colgada de una de las puertas. A partir de ese momento, la dinastía de los Banu Abd al Mumin puede considerarse concluida y liquidado el sistema almohade. Los dignatarios y jeques que quedaron se presuraron a reconocer al emir benimerín, el cual concedió el perdón a la ciudad y sus habitantes, tomando el título del de amir al muslimin, a diferencia del de amir al muminin que llevaron los califas almohades.

A partir de entonces se inicia el periodo de dominación benimerín en el Magreb occidental, que coexistió con el de los Abd al Wadíes de Tremecén en la zona central y el de los hafsíes en Ifriqiya. No obstante, aún hubo un grupo de almohades que se refugiaron en el Atlas y allí proclamaron a Ishaq, un hermano de al Murtada, hasta que finalmente, años después, fueron capturados, conducidos a Fez y ejecutados en 1275. Asimismo, Abd al Wahid, hijo de Abu Dabbus, fue proclamado en Tinmel con el título de al Mutasim bi-llah, pero a los cinco días abandonó y se dirigió a la Península, poniéndose bajo la protección del rey de Aragón.

Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. España.
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