Los Fenicios
Navegantes, mercaderes y fundadores de Gadir
Imperio marítimo semita que dominó el Mediterráneo durante siglos. Exploramos sus orígenes, expansión comercial, colonias en Iberia y el legado de la legendaria civilización púnica.
Fundación de Gadir
c. 1100 a.C.
Alfabeto fenicio
Base del alfabeto occidental
Colonias en Iberia
Gadir, Malaca, Sexi, Abdera
Industria principal
Metalurgia y púrpura
Orígenes y características de los fenicios
Los fenicios, conocidos como "cananeos" o "sidonios", eran un pueblo semítico que habitaba la costa de Siria, desde el río Eleutero hasta el Monte Carmelo. Eran esencialmente marítimos, a pesar de ser una raza tradicionalmente terrestre. Aunque no desarrollaron una literatura destacada, se les atribuye la invención del alfabeto, que influyó en las lenguas griega, latina y otras occidentales.
La faja litoral de Siria que se extiende desde el Eleutero (Nahr-el-Kebir), por el Norte, hasta el Monte Carmelo por el Sur, fue en la antigüedad domicilio y metrópoli de un pueblo semítico de traza peculiarísima. Esencialmente marítimo, en flagrante violación de los hábitos e inclinaciones de su raza; incapaz de crear una literatura, y sin embargo, autor, en todo o en parte, del alfabeto, cifra y signo primordial de la prodigiosa lengua griega, así como de la latina y demás idiomas de Occidente.
Se llamaba este pueblo a sí mismo -y le llamaban los egipcios- cananeo o sidonio. Los griegos, que también lo conocían por sidonio, le designaron más a menudo con el apodo de Phoinikes, o sea, fenicios, palabra derivada de phoinos, o rojo sanguíneo; y por hombres rojos eran conocidos los navegantes cananeos, a causa del vivo color de su piel, herida por los rayos del sol y la brisa marina.
Correspondían los fenicios a la rama cananea de la raza semítica. Eran, pues, parientes étnicos próximos de los hebreos. Les unía a ellos también el idioma, el cananeo, subdivisión del núcleo semítico septentrional, de donde asimismo procedía el lenguaje de los judíos. No se sabe de cierto de qué latitud eran oriundos los hombres rojos. Creían ellos que habían llegado a Siria de una costa oriental, probablemente de Babilonia. Herodoto asevera que vivieron antes en las márgenes del mar Eritreo, esto es, el Océano Índico.
Expansión marítima y colonización
Los fenicios se expandieron por el Mediterráneo, estableciendo colonias en Sicilia, Cerdeña, el norte de África y la Península Ibérica. En España, fundaron ciudades como Gádir (Cádiz), Malaca (Málaga), Sexi (Almuñécar) y Abdera (Adra). Estas colonias servían como bases comerciales y estratégicas para explotar los recursos locales, especialmente metales como la plata y el cobre.
La historia de Fenicia, como la de Israel, nos familiariza con una raza en absoluto desprovista de las cualidades necesarias para alumbrar una nación. Cada ciudad púnica era un estado independiente, que perseguía su propio y exclusivo fin. Los intereses mercantiles privaban sobre todos los demás. Semejante dispersión de la lealtad y la disciplina civil, con el factor geográfico adverso, decretaban precaria existencia para la libertad del pueblo fenicio.
La expansión tiria debió de ser rápida e ilimitada ya en el s. XII. Es de suponer que primeramente afirmaran su posición en el Egeo. Se cree que muy pronto, atraídos por la riqueza minera de la isla de Chipre, fundaron allí Citium. También se supone que establecieron bases navales en Rodas, Tera, Citerea y las Cícladas. En la Península griega menciona Herodoto un enclavamiento fenicio, el de los "gephyraeans", descendientes de los fenicios que llegaron a Beocia con Cadmo, el que enseñó a los griegos las letras y otras artes.
Actividades económicas en la Península Ibérica
Los fenicios se dedicaron principalmente a la explotación de metales, como la plata de Tartessos, y a la pesca, especialmente de atunes, que salaban y exportaban. También desarrollaron industrias como la fabricación de vidrio y el teñido de telas con púrpura. Su presencia en la Península Ibérica fue fundamental para el desarrollo del comercio y la economía local.
Ante todo, les atraerían los metales, principal finalidad, según los antiguos Diodoro, de la colonización. Explotaron las minas de oro, plata y cobre ya en uso y abrieron otras, entre ellas las de la Sierra de Gádor, cerca de Almería. Estrabón nos informa de que en la antigüedad existían criaderos de oro en las sierras que separan la planicie granadina del litoral malagueño.
Con todo, lo que verdaderamente abundaba era la plata, el metal que confirmó a Andalucía en la imaginación de los griegos como país fabuloso. La tradición, recogida por Diodoro, según la cual los fenicios retornaban de Tarteso con tan descomunales cargamentos de plata que hasta las anclas de los buques estaban fabricadas con este metal, no hacía sino exteriorizar el asombro que causó a tirios y troyanos la riqueza de España en yacimientos argentíferos.
Después de la industria metalúrgica sería la pesquera la que más energías solicitase de los colonos fenicios. La fama de los atunes de las aguas de Cádiz y Huelva no se comprendería sin la previa existencia de una industria exportadora del pescado. Se sabe que en Cartago eran estimadísimos; tanto que monedas púnicas halladas en la región de Huelva presentan en el anverso la efigie del Hércules tirio y en el reverso la inscripción y un par de atunes.
Fundación de Gadir (Cádiz)
Gádir, cuya configuración tanto lo asemejaba a Tiro, debió ser para los fenicios una colonia ideal, la Tiro de Occidente: escalón estratégico, a la vez que fortaleza y centro idóneo desde donde extender el influjo comercial por Andalucía y dominar a los naturales del país. Cuando los fenicios se instalaron en Andalucía debía de hacer mucho tiempo que comerciaban con los indígenas de esos lugares, bien que en viajes tal vez raros.
Las ventajosas transacciones con los tharsitas o tartesios daría a los fenicios el incentivo para una relación más permanente. De ahí, posiblemente, la leyenda de que los tirios intentaron afincar en el litoral andaluz en varias ocasiones. Primero llegaron hasta Sexi (Almuñécar), pero los augurios los descorazonaron. En la segunda expedición pasaron el Estrecho, con idéntico resultado adverso. Al cabo, en el tercer viaje, pudieron fundar Gádir. Aconteció esto, conforme con aseveraciones griegas, en el año 1100 antes de Cristo.
Los fenicios suministraban a los hebreos artículos exóticos y manufacturas propias, que los hebreos pagaban con productos agrícolas: trigo, vino, aceite. Durante mucho tiempo hubo de darse este intercambio regularmente. Las riquezas de Tharsis acendraron las excelentes relaciones que siempre privaron entre judíos y fenicios. En el reinado de Salomón (hacia 980 a.C.) alcanza su máxima expresión el acuerdo económico entre los dos pueblos semíticos.
Relaciones con los pueblos indígenas
Los fenicios mantuvieron relaciones comerciales con los pueblos indígenas, como los tartesios, intercambiando productos manufacturados por metales y otros recursos. Sin embargo, su dominio no estuvo exento de conflictos, como la rebelión de los tartesios contra Gádir, posiblemente instigada por los griegos.
En sus primeros movimientos por el Oriente mediterráneo y las costas griegas, los púnicos se limitaban a presentar sus mercancías a los indígenas, sin perder de vista los barcos, y comerciaban con ellos a trueque; al cabo de cinco o seis días levantaban el mercado y se hacían de nuevo a la mar. Su misión estribaba en dar a conocer y colocar los géneros o productos de Egipto y Asiria. Comerciaban principalmente los artículos de lujo.
El tráfico entre los países del Eufrates y el Tigris y las naciones del Mediterráneo lo monopolizaban ellos, pues controlaban la caravana árabe que aportaba a Grecia y el Occidente los perfumes y las especias. Traficaban también en oro, plata, marfil y ámbar. Abastecían de vinos a los egipcios; y acaso no tuvieran empacho en regalar a los príncipes del Oriente con bellas prisioneras robadas a los griegos.
Fin del poder de Tiro
El poder de los fenicios en el Mediterráneo comenzó a declinar en el siglo VIII a.C., debido a la presión de los asirios y la competencia de los griegos. Las colonias fenicias en la Península Ibérica, como Gádir, perdieron su independencia y quedaron bajo el control de potencias extranjeras, como los cartagineses y, posteriormente, los romanos.
El proceso de liquidación de la thalassocracia tiria había comenzado en el s. VIII, y los agentes que la disolvían eran de dos clases. En primer lugar, las invasiones y asedios asirios, que aislaban a la metrópoli de las colonias, creando condiciones favorables a la separación. Con los Salmanaseres y Esarhaddones colaboraban implícitamente los griegos, decididos desde el s. VIII a expulsar a los fenicios del Egeo y del Mediterráneo.
Tiro aguantó el asedio de Nabucodonosor por trece años (585-573), pero a la postre capitularía. Nabucodonosor designó rey de Tiro a Baal II (574-564), con cuya suerte desaparece por algunos años la monarquía tiria, que cede el paso a la república presidida por un suffete. En la historia de Fenicia este es el fin irrevocable de la nación como ente político. Sidón, rediviva, heredó bajo los persas una pálida hegemonía sobre las decaídas ciudades fenicias.
Legado de los fenicios
A pesar de su declive, los fenicios dejaron un legado significativo en la Península Ibérica, incluyendo avances en la metalurgia, la pesca y el comercio. Su influencia cultural y económica sentó las bases para el desarrollo posterior de la región bajo otras civilizaciones, como los cartagineses y los romanos. Su mayor contribución fue el alfabeto, adaptado por los griegos y posteriormente por los romanos, base de la escritura occidental.
En el instante de su apogeo, el imperio fenicio poseía multitud de colonias y factorías en el Mediterráneo central y occidental. En África tenían Aoza, Hadrumentum, Hippo, Leptis Magna, Lixus, Útica y Cartago. En Sicilia, Panormos, Soloeis y Motia. En Cerdeña, Caralis, Nora, Sulcis y Tarros. En España los púnicos colonizaron intensamente todo el litoral andaluz, desde Huelva a Cartagena. De fundación fenicia segura se consideran Gádir, Malaca, Sexi y Abdera.
Nubeluz — El pasado siempre tiene nuevas capas.
Fuentes: Ramos-Oliveira, Antonio, Historia de España, 1950; Herodoto, Historias; Estrabón, Geografía; Diodoro Sículo.
Edición: Historia Universal / Nubeluz.