Isabel de Farnesio

Isabel de Farnesio por Louis-Michel van Loo

El espíritu imperante en la monarquía española durante gran parte del reinado del primer Borbón fue Isabel de Farnesio. En un siglo en que los intereses del estado se confundían con los del soberano, es lógico que la política de España se realizara de acuerdo con los deseos de la segunda mujer de Felipe V, ya que este, de una voluntad cada vez más débil a medida que avanzaba en años, se dejó dominar por la ambición y férrea voluntad de doña Isabel.

Oriunda de Italia, esta reina preconizó una activa participaciión de la monarquía española en los asuntos de aquella península; pero desgraciadamente, solo hubo en ella motivos personales y dinásticos, de modo que, aun triunfando en los campos de batalla, España no se vio restablecida en una hegemonía que perdiera por las paces de Utrecht y Rastad.

Con todo, no se le puede negar sus dotes políticas, que llevaron a buen puerto, a través de incontables intrigas diplomáticas, la parte más substancial de su programa materno. Hija y heredera de Eduardo II de Parma y de Dorotes Sofía de Neoburgo, doña Isabel vino al mundo en aquella ciudad el 25-X-1692. Fue educada con el mayor esmero, y poseyó una cultura vasta, aunque no profunda, en idiomas, gramática, historia, música y pintura.

Las circunstancias de su persona - heredera de Parma y, así mismo de Toscana -, así como las indicaciones del que había de ser cardenal Alberoni, determinaron a Felipe V a elegirla como esposa en el mismo año en que enviudó de María Luisa de Saboya. Las bodas se celebraron en Parma por procuración, el 16-IX-1714. Poco después la reina partía para su nueva patria, a la que llegó por Génova y Francia. Pamplona fue la primera ciudad española que la recibió. Don Felipe salió a su encuentro en Guadalajara, donde se ratificó el matrimonio, con la bendición del patriarca de las Indias, el 24-XII-1714.

Pocos días después, en Jadraque, Isabel de Farnesio, que había recibido un minucioso informe de Alberoni sobre la situación de la corte, licenció de su servicio a la princesa de los Ursinos. Este hecho no fue un simple cambio de influencias femeninas, sino una verdadera revolución en la monarquía española, que desde el advenimiento de Felipe V parecía ser un instrumento de la política de Luis XIV.

Asociadas las ambiciones de la nueva reina a su extrema fecundidad (de 1716 a 1720 dio a luz a cuatro hijos: Carlos, Francisco, María Ana Victoria y Felipe), motivaron la aplicación de un vasto plan para restaurar el poder de España en Italia, al objeto de asegurar para sus sucesores unos estados que era de presumir se les negarían en el reino de España, ya que el rey tenía dos descendientes varones de su primera esposa. Artífices de estos proyectos fueron Alberoni y Ripperdá, los cuales lanzaron a España en el torbellino de la diplomacia y de los campos de batalla de Europa.

Fracasada las dos tentativas de Alberoni en 1717 y 1718 ante la Triple alianza (tratado concluido en 1717 entre Gran Bretaña, Francia y las Provincias Unidas para mantener el tratado de Utrecht contra España, y que se convirtió en Cuádruple alianza cuando se unió a ella Austria en 1718), y no habiendo obtenido éxito las negociaciones de Cambrai (1721), por lo menos en lo que motivaba su reunión, o sea, las investiduras de los ducados de Parma, Plasencia y Toscana a los hijos de Isabel de Farnesio, los monarcas españoles decidieron abdicar en favor de Luis I, lo que tuvo efecto el 10-I-1724.

La prematura muerte del nuevo soberano (31-VIII-1724) planteó la cuestión sucesoria, que Felipe V, influido por su esposa, resolvió volviéndose a hacer cargo del poder. Desde ese momento puede decirse que España solo conoce una voluntad, la de Isabel de Farnesio.

Ella preconiza la alianza de Felipe V con Carlos VIde Austria - los dos antiguos rivales -, lograda por un aventurero sin escrúpulos, el barón de Ripperdá, en la entrevistas de Viena de 1725; ella induce a Felipe V a participar en las guerras de sucesión de Polonia (1733-1737) y de la Pragmática Sanción (1740-1748); ella negocia, establece y rompe alianzas, intriga, nombra ministros y protege a los que cree han de aumentar su poder al enriquecer y remozar la nación.

Para España, Isabel consigue un indiscutible aumento de prestigio, aunque, a todas luces, desproporcionado al esfuerzo requerido a los españoles y a los resultados prácticos alcanzados. Para ella, la reina, logra establecer a su primogénito Carlos en los ducados de Parma y Toscana (1731); luego, darle la corona real de Nápoles y Sicilia (1737), hasta esperar que, por la paz de Aquisgrán, don Felipe, su tercer hijo varón y el segundo sobreviviente, reciba los ducados de Parma, Plasencia y Guastalla (1748).

En esta fecha, Isabel hacía dos años que había enviudado (9-VII-1746). Al advenir al trono Fernando VI se había retirado al real sitio de San Ildefonso, pues de sobras de constaba que no era bien vista en la corte de su hijastro. Aquí vivió durante trece años, sin intervenir en negocios de Estado. Pero a fines de su vida aún había de tener la alegría de ver a su amado hijo Carlos al frente de los destinos de España.

Muerto don Fernando VI, Isabel se encargó de la regencia del reino desde el día 17 de agosto al 9-XII-1759, en que llegó a Madrid, procedente de Nápoles, el legítimo soberano. Su madre residió en la corte durante varios años. Murió en Aranjuez el 11-VII-1766."

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, pág. 103
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